La fragilidad es del partido de los ángeles, por lo menos es de la misma materia que se hermana con la levedad. Pero la fragilidad es algo que no implica para nada un carácter débil, un sinónimo precario, como algunos podrían creer. Cuando recordamos con el viejo poeta que "todo ángel es terrible", no está de más pensar que hay algo envuelto en lo frágil, un poderoso y terrible misterio que nos desarma desde una oculta belleza.

Una bailarina de Edgar Degas siempre parece caminar como una Pavlova de luz, o como si fuera la luz misma: nos recuerda la levedad de una pluma, el paso de una sombra, la cuerda de un funámbulo. Pero donde lo frágil se vuelve un despojo mayor, donde la piel suprime el pequeño peso del revestimiento, es cuando el pintor nos muestra una mujer en el baño, en su gabinete secreto, allí donde la fragilidad de su cuerpo es visitada por el agua.

Se podría pensar que Degas pinta primero a una mujer vestida y que va desnudándola poco a poco con el pincel, hasta reducirla a su soledad. Pues la verdadera soledad de la mujer es la del despojo de los atavíos, la de la desnudez.

El pintor, aún en una etapa en que iba entrando en la ceguera, veía el oro de sus tardes, su boceto al carbón. Y entonces volvía a la tarea en que el dibujo se nutre del desdibujo: pintaba otra mujer vestida e iba desnudándola con el pincel hasta reducirla a su soledad.

La fragilidad de esa mujer en el baño, que Degas pinta con algo de espía de sus cerrojos, vuelve cómplice la mirada del espectador hacia una Venus casera, una Afrodita doméstica y frágil que desdeña la voluptuosidad o la carnosidad de Rubens y las manzanas. Hay algo de suplicio de Tántalo en la célebre pintura de Degas: tener en cercanías la belleza y solo poder poseerla con la mirada, lejos de las sensaciones táctiles y olfativas.

Nunca sabremos el nombre de esa mujer, que por los pases hipnóticos de la pintura ya no es una simple modelo. Bien pudo llamarse Manuela y vivir en un vecindario imaginado o real, no importa, lo que cuesta es la realidad fundada en el lienzo.

No es un filtro amoroso el que utilizó el pintor para atrapar a su doncella en los cuatro muros cardinales de su baño. A lo mejor siguió los consejos de Ovidio: "Rechaza en tus deseos todo lo artificial", pues artificial no quiere decir imaginario, más bien, lo que sobra. Como sobra el ropaje de su musa pintada y como sobra, también, en la recreación fotográfica que conserva la atmósfera sutil que rodea a la belleza.

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