Dice no tener idea de fútbol, pero cuando intentamos golearla a punta de preguntas corchadoras sobre seis reglas de fútbol activó ese instinto felino que reflejan sus profundos ojos rasgados, el mismo con el que atajaba cuanto tiro le hacían en los partidos del colegio. De nosotros, pocos goles se dejó meter. El partido en conocimiento futbolístico quedó 4-2 a su favor. Solo se rajó cuando le preguntamos por las situaciones en que se pita un tiro libre directo o uno indirecto ("ni idea, ¿cuando hay barrera?") y por la función del cuarto árbitro. "No sabía ni que existía", dijo con esa gracia que combina de maravilla con la suavidad de su piel. Fuera de lugar, gol de oro y plata, expulsión por roja directa y "gol visitante vale doble" fueron tiros que supo desviar. Por nombres de jugadores ni le pregunte. Sacará su álbum del Mundial a medio llenar como copialina, mientras dice que lo tiene para reconocer a los "papacitos del Mundial". De los de acá, Rodallega y Ángel le parecen "simpáticos".
Natalia es la número uno de nuestro equipo, la que bajo el arco rechazará cuanto tiro le hagan vestida con ese uniforme que en las fotos no se le ve y esas medias de fútbol, las únicas que en ella hacen fantasear a cualquiera con una noche apasionada de calcetines en vez de ligueros. Para defendernos, Natalia está dispuesta a comprometer cada centímetro de sus 172 de belleza perturbadora. A los nueve le metía ojos y boca al balón bajo los tres palos y llegó al punto de literalmente pelearse por defender el arco: se ganó el puño de otra niña que también quería tapar y un ojo morado, la prueba de que aunque no haya ido una sola vez al estadio, no tenga equipo favorito y al mes le deje de parecer sexy un hombre que no se despegue un segundo de la transmisión de un partido, lleva el fútbol en el corazón. Cójala a taponazos que seguro le responde.

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