Natalia tiene el empuje típico de los paisas y gracias a él ha sacado adelante toda una línea de productos cosméticos propia. Además, tiene un corazón grande y apoya a una institución de niños con síndrome de Down llamada Sala Onda. Hoy, adultos, jóvenes, ancianos y niños no nos cansamos de verla en televisión, en los cuadernos o en cuanta publicidad haga. Lo mismo les podrá pasar a los europeos, pues se dice que anda supercotizada en España, en donde se divide su tiempo con Bogotá y Medellín. Natalia es fanática de Mafalda y entre la arepa y el chorizo dice que se queda con los fríjoles. Cuentan, por ahí, que duerme en bóxers y brasier y que los mordiscos en el cuello la enloquecen. No es muy dada a los desnudos, así que cada milímetro de esa piel dorada y tersa que les deja ver a nuestros fotógrafos es un regalo que nos da a quienes suspiramos por ella. Ya se cansó de contar cómo fue esa vez en que hizo lo más osado en su vida: ir a una playa nudista (luego está botarse en paracaídas). Pero es que a todos nos resulta imposible no imaginarla en ese escenario. Si la París detiene el tráfico en la calle, colapsa los centros comerciales cuando entra, y las vallas que instalan por ahí con su figura hacen estrellar a los conductores, imagínese qué debió pasar esa tarde soleada en la que por única vez estuvo ahí, desnuda, frente a los ojos de todos, demostrando que el paisaje con ella es más exuberante que cualquiera de los atardeceres. La buena noticia es que tendremos Natalia para rato y lo más seguro es que su única sucesora sea su propia hija, Mariana, de cinco años, que desde los pocos meses de haber nacido ya ha salido con ella en pasarelas y campañas publicitarias.

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