Las formas alargadas de la pintura de Amadeo Modigliani plasman una deformación aguda, asociable con la linealidad fálica. He ahí la noción del doble: una corporeidad andrógina, una mujer de vitalidad masculina. Dualidad simbólica. Su desnudez, al sugerir el reinado del instinto, nos remite a una sensación aérea. Porque el instinto siempre vuela por mediación del sueño o del clímax. La mujer sentada de Modigliani se ha transformado ahora en ese otro esqueleto llamado Patricia Vásquez. Acaso la muerte envidie esta desnudez, huesuda por fuera, húmeda por dentro, un prodigio para los necrofílicos de vocación. Porque hasta la lengua del mármol la desea. La actitud gestual insinúa la espera. Si ella se levanta, toma la forma de un arcángel con las alas abiertas; sentada, dibuja un ángel caído, pronto a horizontalizarse para abrazar el mundo.

Esta desnudez sentada sugiere el cuerpo que reflexiona. Una noche tácita la envuelve, escenario natural para la piel despojada. Alguien vendrá a contarle los huesos, uno a uno, a tocar el piano de la luz en sus vértebras. Tan delgada que pertenece, casi, a la legión de los fantasmas. Espigadas son sus visiones: buscan el resplandor ascensional del orgasmo angélico. La levedad de su ser hace que las congojas vuelen, que la sonrisa conquiste la estirpe de las mariposas. Puede ocultarse en la cabeza de un hombre sin ser vista. Encadenada, logra esfumarse, arquitectura fugitiva. Su vocación flotante, aire y agua, la convierte en una mujer líquida. Así la dificultad de apresarla.

Ella es una línea paleolítica en la Cueva de Altamira, un obelisco del Egipto, una columna gótica escapada de la Edad Media, una ósea quietud renacentista. Hieronymus Bosch la habría pintado entre una burbuja de semen, atravesada por la erección del basilisco. Shakespeare le hubiera puesto bigote y harapos: metáfora tangible del hambre o espectro amante de la sombra de Hamlet. Goya la habría esfumado en manchas o en la bruja en su escoba voladora. Picasso la hubiera traducido en azul o en un triángulo esbelto y hermético. Giacometti la tendría por su modelo exclusiva; nadie se parece tanto a esas esculturas suyas: agujas apelmazadas por las yemas de una mano delirante. Para Italo Calvino sería escritura hija de la levedad... A ella le está vedado salir cuando sopla la tormenta: volaría hasta quedar suspendida de una nube. Así lograría hospedarse en un cuadro de Chagall. El Diablo la conserva entre una botella, sellada con hechicerías y conjuros, para ejercer sus ritos más perversos.

Modigliani pintó, sin saberlo, a Patricia Vásquez, con la geometría del silencio.

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