Norma Nivia
No es rubia natural, pero puede parecerlo si se le antoja. Lo que está adentro se mantiene: un hermetismo extremo que solo presta lo que necesitan los fotógrafos, ya sea erotismo o melancolía. Lo demás es de ella y para ella, como lo fue la cirugía de busto que se hizo con mesura, para no caer en la repetición de Yayitas. Le gustaría ser vj de MTV y quiere agotar lo del modelaje en cinco años, para después sentarse frente a un teleprompter a leer noticias. No. No es de las modelos que aseguran que eran retraídas y horribles cuando chiquitas. Cuenta que daba lora desde los cinco años y que, aunque genere una rabia desquiciada en todas las gordas a la redonda, siempre ha comido lo que le da la gana. No solo su nombre es como de diva hollywoodense de los años treinta. También su elegancia, su porte, los huesos que se le salen de la cadera mientras pone su boca en forma de corazón y mira fijamente al que se le enfrente, desafiante, como una chica Bond. ¿Qué hay detrás de esos ojos acuosos de gato? Seguro algo medianamente malo, porque Norma se las trae. Imaginarse esa piernas laaaargas laaargas envolviéndolo todo es como para morirse.

Adriana Riascos
En la Isla de los Famos.o.s. descubrimos que es extrovertida; echaba chistes, decía groserías sin tapujos y mantenía buenas relaciones con el resto de los participantes. Pero esa no es la única Adriana: "Tengo el genio Riascos de mis ancestros", dice entre risas. El reality fue una experiencia inolvidable, que le cambió la vida pero, para otro, que no la llamen. Cuando se fue para la isla tenía pavor de que la relación con su novio italiano peligrara. Tristemente, para nosotros, volvió más enamorada que nunca y el italiano, ahí.
Nació en Yotoco, cerca de Cali, a donde se fue a vivir desde niña, y más tarde fue Señorita Valle. Hoy vive en Bogotá, aunque va mucho a Cali, porque, con todo lo bien que la pasa viajando, no hay como su gente. Le tocó empezar desde cero a conocer nuevos amigos pero ya le gusta la ciudad, incluso el clima frío. Lo único que odia, y a lo que nunca se va a poder acostumbrar, es a los trancones. Nosotros ya nos acostumbramos a ella, con ese cuerpo de hierro que nos tienta a pasar estas páginas con algo más que curiosidad en la cabeza.

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