Bueno, pero ya vamos llegando al final de esto, afortunadamente. El séptimo pecado capital: la pereza. Muy sabio fue san Gregorio al dejarlo para el final de la lista, porque si lo hubiera puesto al principio nunca hubiéramos pasado a los siguientes. Según la mitología de los griegos, la pereza era hija del Sueño y de la Noche. Y sí: la pereza es esa suave necesidad voluptuosa que sentimos de no levantarnos nunca de la cama; de prolongar la noche, de continuar el sueño.
La verdad es que yo personalmente no entiendo por qué figura entre los pecados capitales, si no hay nada más inocente que ella: la pereza, que nos invita a la inacción. A que no "aremos en el mar y edifiquemos en el viento", como definió la acción ese gran hombre de la acción inútil (y muchas veces dañina) que fue Simón Bolívar. La pereza: dormir, soñar tal vez., como esperaba Hamlet. No hacer nada. Pascal sostenía que el problema fundamental del hombre es que es incapaz de quedarse en su cuarto sin molestar a nadie, durmiendo, tal vez soñando, entregado a la pereza. Paul Lafargue, yerno nada menos que de Marx, ese campeón de los trabajadores, escribió un libro -un librito, claro- titulado El derecho a la pereza. Un libro -un librito- verdaderamente revolucionario. Por eso no lo quiso leer ni siquiera su suegro.
Y hoy, nadie. Pues si es verdad que nuestra época, como decía al comienzo de estas notas, ha santificado los pecados capitales tradicionales y los ha convertido en virtudes laicas y cívicas, con la pereza no ha hecho lo mismo. Por el contrario. En la globalización capitalista-democrática y norteamericanizadora que arrasa como un huracán el mundo entero, descrita por un funcionario norteamericano como El fin de la Historia, la pereza es el único pecado que no tiene cupo. El capitalismo sigue reposando sobre esa "ética del trabajo" calvinista que describió Max Weber. Y en la medida en que más riqueza produce, a más trabajo obliga. Así, para satisfacer las ansias naturales de pereza de las clases trabajadoras, en muchos países ricos se había llegado a establecer un "Estado del Bienestar" que les permitía a sus ciudadanos tener vacaciones, recibir pensiones de retiro, etc. En resumen: trabajar menos. Pues todo eso está siendo ahora abolido, siguiendo el ejemplo del capitalismo salvaje de los Estados Unidos: ahora -otra vez, como siempre desde la maldición bíblica del sudor de la frente- todos
tenemos que trabajar sin descanso hasta la hora de la muerte.
Capitalismo calvinista, acabo de decir. Pero no es solo eso. Por sus propias razones, también la Iglesia católica es enemiga de la pereza. Porque, según ella, engendra otros pecados. Cito un ejemplo tomado de un devocionario:
"Uno de los cinco pecados cuya raíz está en la pereza (.) es la flojedad en los ejercicios espirituales. Y el vagar de la mente acerca de cosas vedadas con el fin de librarse del tedio que se siente en los ejercicios espirituales".
No me parece que la flojedad en los ejercicios espirituales sea un pecado muy grave, la verdad sea dicha. Pero sí sé por experiencia que esa flojedad existe. Cuando yo tenía once o doce años, en Bogotá, me llevaron del colegio a hacer ejercicios espirituales en una casa de curas que entonces existía por los lados de la Quebrada de la Vieja. Y recuerdo perfectamente el tedio que sentía en tales ejercicios; y, gracias a ese tedio, el vagar voluptuoso de la mente por las cosas vedadas.
Lo malo de la pereza es que no siempre se puede ceder a ella: también hay que comer. También hay que vivir. Y eso cuesta. Por ejemplo: si yo hubiera cedido a la pereza, como me lo dictaban tanto el corazón
como el paleocórtex de reptil, no hubiera terminado nunca este interminable artículo que ahora estoy terminando. Probablemente ni siquiera lo hubiera comenzado a escribir. Pero me lo dictó la codicia, necesaria para tener con qué poder pagar el costo de la gula, de la lujuria, de la soberbia.
Porque pecar -y tal vez sea esto lo peor de todo- no sale gratis.

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