El sol no se oculta en el reino de Rupert Murdoch. Hoy, cuando los países han sido reemplazados por temibles imperios económicos y las naciones han sido acorraladas por gigantescas multinacionales, los presidentes se arrodillan a los pies de Murdoch, las secretarias sienten escalofrío cuando se le acercan, los niños lloran por culpa de su cara, y su empresa, la News Corporation, una langosta que vale 5,3 billones de dólares y se dedica a “producir y distribuir noticias, información y entretenimiento en todos los lugares del globo”, se ha hecho la dueña de 25 periódicos amarillistas, cinco reconocidas editoriales, un inmenso estudio de cine que ha producido tres de las cinco películas más taquilleras de la historia, varias estaciones de televisión, tres sistemas satelitales, once canales especializados, siete revistas técnicas, un buscador de Internet y un renombrado equipo de béisbol1.

Dicen que Rupert Murdoch es un emperador, un monstruo, un señor Scrooge de carne y hueso. Dicen que quiere más, mucho más de lo que tiene. Y que, para ello, está dispuesto a hacer lo que sea, como sea, cuando sea. Mantiene negocios en Australia, Nueva Zelanda, Hong Kong, Suiza, Alemania, Italia, México, Portugal, España, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Francia, Canadá, Grecia, Puerto Rico, Trinidad, Japón, Zambia, Panamá, Malasia, Singapur, Bélgica, Corea, Perú, Filipinas, Estados Unidos, Brasil, Nueva Guinea, Israel, Bermudas, Suecia, Kenya, Inglaterra, Sudáfrica, Austria, Cuba y Argentina, y en cada uno de esos países, como un camaleón frío y sin escrúpulos, asume las políticas, las ideologías y las morales que lo lleven a derrotar a la competencia. Sí, eso dicen2.
Y no, no nació en los Estados Unidos. Nació en Melbourne, Australia, el 11 de marzo de 1931. Su infancia transcurrió en el campo, bajo el sol rosado y junto a las imprentas de The Adelaide News, el periódico de su familia. Su adolescencia, temerosa y solitaria, encontró sosiego en los cubículos de los reporteros y los escritores. Su padre, Sir Keith Murdoch, le enseñó casi todo sobre edición y periodismo o, bueno, por lo menos que había que trabajar todo el día. Cuando llegó a estudiar a Oxford, a los 17 años, ya había entendido que al público hay que darle lo que quiere. Y que más que todo quiere farándula, sexo y sangre. Por eso, por sus intuiciones y su claridad en el oficio, Murdoch no tuvo ningún problema en conseguir un trabajo en el Daily Express de Londres por un par de años.
Y entonces murió su papá. Su madre, Elisabeth, está convencida de que ese fue el accidente que le dio comienzo a su aparatosa búsqueda del poder. Rupert quería sustituir a su padre, quería ponerlo orgulloso y superarlo. Eso era.

Era 1949. Eran tiempos de universidad. Robin Farquharson, su mejor amigo de ese entonces, que era un brillante hombre homosexual en los tiempos en los que Murdoch aún no descalificaba a nadie por sus tendencias sexuales, lo estimulaba para fundar grupos de estudio e inventar buenos negocios y acababa de meterlo en un par de líos durante unas elecciones estudiantiles. Y justo cuando todo iba mal, cuando comenzaba a pelear con las instituciones y a desviarse por el camino de la tolerancia, recibió la noticia de la muerte de su padre.

Era 1952. A petición de su familia, Murdoch regresó a Melbourne y se encargó de la dirección de The Adelaide News. Y fue en las mismas imprentas de su infancia, en las oficinas de su adolescencia, en donde se le ocurrió una gran idea: convertir al periódico de su padre en un tabloide morboso y de mal gusto. Fue, por supuesto, un gran éxito. De un momento para otro, la prensa había cambiado para siempre. Ya no excluía a nadie. Era para todos. Le daba a cada cual lo que le correspondía: celebridades sin ropa en una playa, accidentes de tránsito en las carreteras, casetes con deplorables conversaciones privadas.

Ahí comenzó el imperio
Durante los 60, Rupert Murdoch se dedicó a comprar periódicos en decadencia —uno por uno, año por año: The Mirror de Sydney, News of the World y The Sun de Londres3— y a convertirlos en horrendos diarios vespertinos, y así se transformó, con el paso de los años, en uno de los hombres más ricos del mundo. La revista Forbes, que cada año publica una lista de los 400 hombres más ricos de Norteamérica, confirmó, en su escalafón del año 2000, que Murdoch, con una fortuna de 11 mil millones de dólares, está en el puesto número 16.

En los 70, convirtió a The New York Post, un periódico serio, en una más de sus publicaciones arriesgadas y provocadoras. En los 80, con la compra de The Sunday Times y The Times, de Londres, erradicó por completo el sindicato de periodistas de los ingleses y, aunque con ello se ganó la enemistad de muchas personas, pronto demostró que tenía la razón: la prensa de Inglaterra se liberó del yugo de esos trabajadores perezosos que se resistían a la llegada de los computadores y se deshizo de ese típico redactor esnob que olvida al lector, y entonces se modernizó, y las publicaciones se hicieron mucho más económicas para los lectores. Era, de nuevo, la misma idea: los productos tenían que ser populares o no ser.

Ir, ver y vencer
En los 80 y en los 90, al tiempo que por su competitividad y su cinismo se ganaba el odio eterno de Ted Turner, el dueño de la CNN4, y el de Michael Eisner, el presidente del imperio Disney5, al tiempo que establecía conexiones con la peligrosa derecha del mundo —el dinero lo volvió anticomunista y reaccionario, comenzó a odiar a Bill Clinton, a apoyar con ideas y dinero a la dictadura de China, a los primeros ministros Margaret Tatcher y Tony Blair6 y a la reina de Inglaterra, al energúmeno partido republicano de los Estados Unidos7—, Murdoch contribuía al orden de la economía mundial de dos maneras: con la creación de BSkyB, en Londres, terminaba con el monopolio de 50 años de la BBC; con la compra de la 20th Century Fox y Fox Television, en Hollywood, le arrebataba la taquilla a los otros grandes estudios y ponía en crisis a los tres tradicionales canales de televisión de los Estados Unidos: CBS, NBC y ABC.

Eso es, exactamente, lo que quiere Rupert Murdoch: ir, ver y vencer. Como si se tratara de tomarse otro país, o de enviar tropas a una frontera. Para ello, controla y controla, trata a sus empleados como basura, viaja solo, y no deja que nadie más, aparte de él, sepa cómo van todas las cosas de la empresa. Andrew Neil, en sus dolorosas memorias de los tiempos cuando trabajaba en News Corporation8, asegura que Murdoch es un republicano que, en sus ratos libres, cuando se afloja la corbata y se sienta en su sillón, lamenta que la monarquía y el sistema de clases británico haya detenido el desarrollo del país.

No, no es una contradicción: él sabe que el mundo es injusto, que la gente se muere de hambre y que las élites guardan todo en sus computadoras para que nadie les quite nada, y sabe que la vida en Inglaterra y en Australia sería mejor si los reyes no mandaran sobre todos, pero no, no le preocupa. De hecho, lo tiene sin cuidado, salvo, claro, como teoría: la política y los negocios son sus únicas pasiones9.

Así es, es un hombre tan extraño como cualquiera. Hay mucho más, claro, pero será suficiente con decir que, gracias a sus empresas, y a su propia visión, en los últimos años han visto la luz hechos culturales como Titanic, las fotografías del carro de la princesa Diana estrellado en El puente del Alma, las aventuras de Los Simpsons, el culto a Los expedientes X, la mezquina persecución a Bill Clinton en el caso de Mónica Lewinski, El día de la independencia, el último libro de Ray Bradbury, La amenaza fantasma, las controvertidas compras de Sky, LineOne Service, la liga nacional de rugby y Los Angeles Dodgers.

Sí, se casó tres veces y tuvo cuatro hijos, y lo odiaron, y hubo divorcios devastadores, crisis económicas10 y esposas que, como la última, Wendi Deng, más bien parecían sus nietas11. Y sí, hoy en día, a los 70 años, mientras le gana la batalla a un cáncer de próstata en su apartamento del Soho de Nueva York, está convencido, como cualquier hombre de derecha, de que “la Tierra es un desastre, pero podemos tratar de cambiarla”, asegura que es odiado porque es “un catalizador del cambio” y sabe y entiende que “los monopolios son una cosa terrible, a menos que tengas uno”. Y, como un rey preocupado por su legado, como si los fantasmas de otras Navidades se le hubieran aparecido por la noche, ha comenzado a recibir premios humanitarios, condecoraciones del Papa y aplausos12, muchos aplausos por sus programas para llevar la televisión para niños a todas las partes del planeta13.

El monstruo que no intima con nadie por si algún día debe demandar, el viejo al que le aburren el arte y los deportes, el demonio que ha explotado nuestro morbo, nos ha dado todo lo que hemos querido y ha defendido nuestro derecho a una información directa, sin esnobismos, se ha vuelto noble, respetable. Y ya ha comenzado a hacernos falta.

1. Dice Andrew Neil en sus memorias sobre su paso por News Corporation: “cuando uno trabaja con Murdoch, está en la corte del rey sol y es premiado con dinero y estatus por ese rey agradecido siempre y cuando uno le sirva a sus propósitos. Uno es abandonado o confinado a una esquina del imperio cuando ya no le satisface a él o cuando ha dejado de ser útil”.

2. Murdoch dice que “para bien o para mal, News Corporation es un reflejo de mi pensamiento, mi personalidad y mis valores”.

3. Hace pocos años, The Sun entró en la peor de sus controversias cuando adquirió, por 50 mil libras, las fotos del carro accidentado de la princesa Diana.

4. En 1977, Murdoch envió a un reportero de The New York Post a cubrir un evento en donde Ted Turner recibiría un premio, pero sólo porque sabía que el creador de la CNN estaría borracho. En 1983, Turner le ganó a Murdoch una carrera de yates y, borracho, lanzó un discurso que terminó en lágrimas.

5. En 1997, para no perder con la Fox Sports de Murdoch los derechos de transmisión de los partidos de la NFL, la liga nacional de fútbol americano, la ESPN de Eisner ofreció pagar 1,15 billones de dólares más por año. Eso significaba pagar 658 millones más por mantener lo que ya tenían. “Ganarle a Murdoch —dice Neil Chenoweth, su biógrafo— puede ser más doloroso que perder con él”.

6. Blair ha sido duramente criticado por hacerle favores a Murdoch. Un escándalo se produjo cuando se descubrió que el primer ministro estaba haciéndole lobby al dueño de The Sun para establecer negocios con el primer ministro de Italia, Romano Prodi.

7. Murdoch está de acuerdo con que los estados deberían darle una suma a los ciudadanos más pobres, pero piensa que, en todo caso, debería ser una cifra muy baja.

8. La prensa suele referirse a la empresa como News Corp. –que es una abreviatura, pero al tiempo querría decir el cadáver de las noticias- para insinuar que el imperio de Murdoch ha convertido los periódicos en mediocres revistas de farándula y ha acabado, de paso, con las noticias objetivas y desapasionadas.

9. “Toda la vida —dice Neil— gira alrededor del rey sol: toda la autoridad viene de él. Él es el único que puede tomar decisiones y espera que todo le sea remitido. Su palabra es definitiva. No hay nadie más que él. Todo el que tiene importancia debe hablar con él. Todas las teorías de administración, todas las líneas tradicionales de autoridad, las estructuras gerenciales básicas, las comunicación en un negocio moderno, dejan de existir. El rey sol es todo lo que importa”.

10. Durante la crisis económica de Estados Unidos, a comienzos de los noventa, Murdoch sobrevivió gracias a los préstamos que le hicieron los bancos. En 1993, la compra de Star, un sistema de televisión satelital que en teoría iba a tomarse los mercados de Japón y de India, resultó uno de los peores negocios de su vida.

11. Si puede decirse que ha existido, la vida romántica de Murdoch, en medio de tantos negocios, se ha movido entre dos esposas: Anna Troy, con quien se casó en 1967, era una reportera de Sydney Daily Mirror. El matrimonio duró 31 años. El divorcio se firmó en 1998. Wendy Deng, su actual esposa, trabajaba en Star TV en Hong Kong.

12. Rupert Murdoch fue uno de los tres laicos que recibieron, de manos del Papa, el título de Caballero Comandante de San Gregorio el Grande, el más alto honor que concede la iglesia católica. Fue el 11 de enero de 1998. El premio se le otorga a “los hombres de carácter intachable que hayan contribuido con la causa de la iglesia”. Y no, no es una ironía.

13. El 29 de mayo de 1997, la Unión Judía le concedió el premio al Humanista del Año. Se lo entregó Henry Kissinger, el mismo de siempre, aquel que vio la desgracia de Vietnam frente a sus ojos y a cambio recibió el premio Nobel de la paz. Tom Lehrer, el cantante satírico, dijo que era “como si la Madre Teresa alguna vez se hubiera ganado un premio de una asociación de planificación familiar”.

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