A Helmut Newton no lo convence la ley de la gravedad. Le divierte pensar que todavía haya quienes creamos que todo lo que sube tiene que bajar, porque no siempre es así. Newton lo sabe. Su propia ley —la que ha regido su vida desde que comenzó a tomar fotografías— dice que la física, a veces, se equivoca. La ley de Helmut desafía la gravedad, revelando que una vez arriba no hace falta volver a descender.
Después del éxito que tuvo al publicar su primera historia en la versión francesa de la revista Vogue, Helmut nunca pudo regresar al anonimato. Subió y se quedó para siempre. Au revoir famosas leyes de la física. Bienvenida la gloria.
La historia de Helmut comienza después de la Primera Guerra Mundial. Hijo de un empresario exitoso de la industria de los botones, Newton nació en Berlín en 1920, compró su primera cámara a los 12 años y a los 16 ya sabía que quería convertirse en reportero gráfico.
Tras conseguir que lo expulsaran del colegio, Helmut hizo caso omiso de la inconformidad de su padre y, sumergiéndose en el espíritu bohemio y cosmopolita que se respiraba en la Alemania de los 30, se convirtió en aprendiz de la famosa fotógrafa de moda Elese Simon —mejor conocida como Yva—.
Dos años más tarde, la deportación de Yva a Aushwitz —debido a su origen judío— llevó a Newton a Singapur, pues estaba visto que el régimen nazi lo tenía en la mira de sus campos de concentración. Esta nueva ciudad, alejada de la belicosa Berlín, le brindó a Helmut la posibilidad de ejercer su trabajo de ensueño en el Singapur Straits Times. Sin embargo, la incapacidad de Newton para tomar fotos rápidamente, fotos que requerían agilidad periodística para no perder el instante, le significó un deshonroso despido apenas dos semanas después de su contrato. “Fui despedido por inútil: era demasiado lento y las situaciones habían desaparecido antes de que yo terminara de armar mis cámaras”, confiesa hoy en día Newton.


En cámara
No desistió. El impulso de no caer, de desafiar a la física, de burlarse de la ‘gravedad’ de la vida, lo impulsó para que su siguiente parada fuera Australia. Allá se nacionalizó y conoció a la mujer de su vida, June, mientras ella posaba para él como modelo. “Él nunca me pagó. Sólo se casó conmigo”,
recuerda June con una sonrisa, 50 años más tarde.
Fascinado con el paisaje australiano, Newton se sometió al servicio militar obligatorio para obtener la ciudadanía y luego abrió un estudio fotográfico en la ciudad de Melbourne. Eran tiempos en los que todo parecía ir bien para Helmut: estaba lejos de los nazis, había encontrado el amor de su vida y el negocio de fotografiar matrimonios y bautizos florecía en Australia. Sin embargo, algo faltaba. Sabiendo que los estudios familiares no hacían parte de sus proyectos profesionales, un día Newton miró a su socio a los ojos y, tras explicarle que él quería ser un fotógrafo y no un hombre de negocios, empacó y se marchó con June rumbo a Londres.
En 1956, Newton abandonó Melbourne con un contrato para la edición británica de Vogue en su bolsillo, pero una vez en Inglaterra el fotógrafo tuvo que pasar los años más difíciles de su vida. Todo —menos June— parecía indicar que las profecías de fracaso y desgracia hechas por su padre iban a cumplirse al pie de la letra. Helmut, sin embargo, jamás bajó la cabeza.
“Antes de llegar a la legendaria y lujosa Max Vogue tuve que golpear muchas puertas. Vivíamos en pocilgas, fumábamos como chimeneas y nos la pasábamos en los bares por la noche bebiendo el desagradable Vin de Postillon, que costaba un dólar el litro. De cualquier forma, nos divertíamos mucho, siempre tuve muy claro que el glamour no tiene absolutamente nada que ver con el dinero”.
De cualquier forma Newton se las ingenió para combinar las dos. Tras descubrir que lo que le faltaba a la fotografía de moda era sexo, Helmut se hizo rico revolucionando el mundo de la moda.
En un comienzo, las águilas humanas del paraíso de la moda pensaron que el cambio de Newton consistía solamente en sacar a sus modelos del estudio para ponerlos en escenarios completamente cotidianos, pero luego el mundo entero descubrió una nueva estética fotográfica en la cual las mujeres más hermosas e imponentes del momento aparecían en situaciones sadomasoquistas. Con trabajos que mezclaban lo vampiresco con lo inocente, lo desnudo con lo poderoso y lo denigrante con lo imponente, el mundo de la moda encontró en Helmut Newton un nuevo epicentro. Un foco de controversia. Lo que para revistas como Vogue, Elle, Nova, Marie Claire y Queen and Stern marcaba la pauta de la moda en el mundo, para algunas mujeres de tendencias feministas resultaba pornográfico, misógino y casi fascista.
“¡Mis mujeres siempre triunfan! Tal vez sea peligroso estar con ellas, pero a mí me gusta fotografiar mujeres poderosas”, se defendió Newton en más de una ocasión. Creía que la gracia de un fotógrafo era adelantarse a la historia y lo logró: a pesar de sus detractores, Helmut fue quizás el primero en atreverse a fotografiar una mujer poderosa y desafiante que prefiere dominar a ser dominada, una mujer que ama y desea cuando a ella le da la gana, una mujer que en lugar de temerle a su cuerpo lo aprovecha.


¿Se busca?
Si algo atrajo a Helmut al mundo de la moda fue la posibilidad de diseñar hasta el más minucioso detalle de sus fotos. “Cada fotografía debe lucir como un cuadro de un filme”, sostiene.
Aunque podría ser una opinión más publicada en una entrevista cualquiera, Newton hizo de esa frase su filosofía.
Trabajos suyos como ‘Desnudas y vestidas’ —editorial de moda de una Vogue, en 1981— lo confirman. Tras plantear el interrogante de si la mujer lucía mejor con ropa o sin ella, Newton gastó horas enteras buscando la exactitud en las poses de una modelo que se mostraba primero vestida y después desnuda, corrigiendo cualquier desfase. Gracias a la meticulosidad de este ‘ejercicio de relojero’, Helmut consiguió que las dos fotos fueran prácticamente una.
A pesar de trabajar por encargo, Newton sólo aceptaba los proyectos que, a su juicio, presentaban una mayor posibilidad de explorar su propia inspiración. Sin embargo, la inspiración newtonesca solía hacerse presente bajo las circunstancias menos normales. La idea de los Big Nudes, por ejemplo, llegó a Helmut en 1980, mientras observaba unos avisos que, debajo de un “Se busca”, llevaban la foto de un terrorista perteneciente al movimiento alemán Baader–Meinhof. Como las fotos habían sido tomadas en formato de cuerpo entero, y puestas sobre un fondo blanco, eso dio a Newton la sensación de estar frente a un desnudo. ¿Cómo prever que una campaña antiterrorista sería el punto de partida para una nueva manera de ver el cuerpo humano? De cualquier modo, unos meses más tarde, varios desnudos femeninos en formato de cuerpo entero recorrían las revistas y exposiciones del mundo con la firma del legendario fotógrafo, causando a su vez la controversia que siempre ha rodeado el trabajo de Helmut Newton.


La inmortalidad
Cuando el mundo de la moda parecía estar regido por su toque mágico, Helmut volvió a aburrirse. Cansado de las modelos caras y las estrellitas holliwoodenses, Newton decidió concentrarse en la modalidad del retrato.
“Me interesan las personalidades poderosas, da igual si son políticos o actores”, dijo Helmut alguna vez y, con eso en la cabeza, se dedicó a buscar la manera de capturar con su lente los seres que lo impresionaban. Desde Margaret Thatcher hasta Phillipe Starck, y desde Helmut Köhl hasta Anthony Hopkins las modelos ‘víctimas’ de Newton entendieron —a las malas— que el precio a pagar por la inmortalidad de un retrato suyo era acceder a todas y cada una de sus instrucciones. Aunque no logró despeinar a la Dama de hierro, Newton convenció a Jean Marie le Pen —reconocido líder de extrema derecha— de posar con sus dos doberman en actitud amenazante.
“Recuerdo que él no quería y la verdad no debió haber confiado en mí”.
Pero, ¿cómo confiar en alguien que manipula, revuelve todo y luego borra los rastros? Aunque podría pensarse que el trabajo de Newton es divisible en las categorías de moda, desnudo y retrato, basta estar frente a una sola de sus fotografías para ver cómo las categorías se sobreponen entre sí. Los desnudos se disfrazan de autos último modelo mientras que despampanantes mujeres teutónicas personifican un fantasioso enemigo de los hombres.
A pesar de llevar una vida burguesa de buenos hoteles y viajes en primera clase, Newton sabe que su trabajo ha esbozado un nuevo estilo de belleza. La satisfacción en sus ojos va más allá de su autodenominación como fotógrafo comercial. Así él insista en que expresiones como “arte y buen gusto” no existen en el mundo de los daguerrotipos, es consciente de la revolución que causó dentro del mundo de la moda. Lo sabe hasta el punto de desafiar las leyes de la física, mantenerse en la cresta de la fama y, claro, poder decir en una de sus entrevistas más recientes: “si viviera como mis fotografías, habría muerto hace rato”.

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