Estamos hablando de un tipo que filmó sus primeros cortometrajes cuando sólo tenía 15 años. De un artista que asegura que le tiene miedo a todo, salvo a hacer cine. De un director que se ha puesto como meta filmar una película pornográfica. De un hombre obsesivo que todos los años, desde 1991, ha filmado, en diferentes locaciones de Europa, tres minutos de una película, Dimensión, cuya producción durará 33 años y cuyo estreno está previsto para junio del año 2024. No es un tipo cualquiera: le teme a las cámaras y a la prensa, pero es, también, un exhibicionista; es uno de los autores del Dogma 951, ese manifiesto artístico que reclama un cine más directo, transparente y humano, pero ha filmado algunas de las películas más meditadas y artificiosas que puedan conseguirse en las cinematecas.

Von Trier nació en Copenhagen, Dinamarca, el 13 de abril de 1956. Y, aunque todos creemos que se llama Lars von Trier, la verdad es que el ‘von’ es una especie de apodo, de los tiempos de la escuela de cine, que decidió dejarse con el tiempo. Su mamá, una trabajadora social llamada Inger Høst, se casó con un misionero, Ulf Trier, que, tal como ella le confesó a Von Trier unas horas antes de morir, no fue su verdadero padre, porque ella tomó la decisión de que su hijo, el pobre Lars, tuviera genes artísticos, y Fritz Michael Hartmann, su jefe, descendiente de una importante familia de compositores daneses, parecía ser el donante perfecto.

Su madre le regaló su primera cámara, una Super 8, en 1970, y, a partir de ese momento, toda su vida fue filmar. En 1974, entró a estudiar en la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca, y aunque ahí fue casi feliz, e hizo buenos amigos, y conoció a algunos compañeros de trabajo, aún recuerda que uno de sus profesores, que por razones de seguridad conserva su anonimato, vaticinó que “un tipo de ese estilo nunca llegará lejos en la industria del cine”. Diez años y 40 comerciales después, no obstante las envidiosas profecías, El elemento del crimen, su primer largometraje, una especie de homenaje visual al expresionismo alemán, al cine negro y a las obras de Tarkovsky y Orson Welles, recibió premios en los festivales de Cannes, Chicago y Mannheim, dejó a los críticos sin habla —su atmósfera, de luz azul y fotografía amarillenta, se quedó en la memoria de todos— y fue elegida, por la Academia Danesa de Cine, como la mejor película del año. Eso para comenzar.

Epidemic, en 1987, fue muy bien recibida en Cannes y le presentó a su primera esposa, una actriz llamada Cæcilia Holbek, y Medea, en 1989, una miniserie para televisión basada en un guión de Carl Theodor Dreyer, el gran maestro del cine danés, no sólo le dio el premio Jean d’Arcy sino que, en 1991, lo condujo a filmar y a estrenar Europa o, como muchos la conocen, Zentropa, que fue aclamada por los críticos y le dio el premio especial del jurado de Cannes. Su fama internacional —es decir: su llegada a la prensa no especializada— llegó un año antes de la muerte de su madre: se encargó de la dirección de una serie de televisión, El reino, que resultó ser un gran éxito. Y la verdad es que no era cualquier serie. Un crítico la llamó ‘ER, pero con ácidos’ porque mezclaba melodrama de hospital con brillantes escenas de terror y cierto surrealismo robado de Twin Peaks, la serie creada por David Lynch, y una serie de experiencias, fobias y recuerdos de la vida de Von Trier.

En cualquier caso, El reino fue tan bien recibida que ganó varios premios europeos, se editó, para cine, una versión de cuatro horas y media, y se filmó, en 1997, una segunda parte. Con esas series se hizo evidente que Lars von Trier estaba dispuesto a convertirse en otro en cada película: ya había parodiado al cine negro, al expresionismo alemán, a las series de hospitales, a las películas de horror y a las de guerra, y anunciaba su intención, para ese momento, de firmar un acuerdo que lo alejaría temporalmente del cine de grúas, travelings y encuadres perfectamente planificados.

No era su mejor época. Su madre le había confesado, en su lecho de muerte, que su papá no era en estricto sentido su papá, y él, como cualquier hijo devastado, se había dedicado, después del entierro, a buscar y a encontrar a su padre biológico, el descendiente de compositores, el hombre ilustre, un anciano de 90 años que al cuarto encuentro no soportó la presión y le advirtió a Von Trier, en medio de un ataque de nervios, que si quería hablar con él lo hiciera a través de sus abogados. Su relación con su primera esposa, Cæcilia Holbek Trier, que pronto se convertiría en directora, estaba a punto de fracasar. Al siguiente año, 1996, dejó a Cæcilia, una mujer tres años más vieja que él, cuando estaba embarazada de su segundo hijo, y, como si no bastara, se mudó con Bente Frøge, la muy joven niñera del primero.

Dogma de fe

Pero volvamos a 1995. A la primavera de 1995. Al lunes 13 de marzo de 1995. Se reúne con Thomas Vinterberg2, un joven director de Copenhagen, y escriben una broma —tiene que ser una broma: se burlan, ellos, él, el mismo que dijo “sí, siempre le he dado importancia a conseguir que una película que yo haya hecho parezca hecha por mí”, de los mediocres esfuerzos de la nueva ola francesa y se ríen, con rabia fingida, del concepto de ‘autor’ como algo que pertenece al ‘romanticismo burgués’—, un manifiesto que titulan Dogma 95: el cine no es individual. ¿Qué quieren decir? Que hoy en día, con los avances de la técnica, cualquiera puede hacer una película. Y que entonces, todos, todos aquellos que tengan una cámara digital y quieran hacer cine lejos de los grandes estudios y la maquinaria comercial, tienen que imponerse una disciplina, un voto de castidad.

“El cometido ‘más noble’ del creador de cine decadente”, dice el Dogma 95, “consiste en engañar: ¿es de eso, de lo que estamos tan orgullosos?, ¿es lo que 100 años nos han traído: ilusiones?” El cine no es un engaño y está detrás de las ilusiones. Esa es la idea del manifiesto. Y aún cuando uno de los que lo firman acababa de terminar una miniserie de terror, ya se han hecho, en diferentes países, 24 películas que siguen, al pie de la letra, sus postulados. Lo que significa que, broma o no, y la hayan captado o no, el Dogma 95 ha logrado demostrar, básicamente, que ya no hay excusas para no hacer cine, que ese arte también se ha democratizado y que es posible cuando se piensan historias pequeñas, como las de la vida, y no aventuras monumentales, explosivas y arriesgadas, como las del cine de Hollywood.

Antes de intentar Los idiotas, una película que simula funcionar bajo las rígidas normas del Dogma, Von Trier filmó, como para confirmar su broma, la más personal de sus películas: Contra viento y marea3. El esfuerzo de atarse totalmente al drama del personaje principal, Bess McNeill4, y la experiencia con la inmediatez y la agilidad de la televisión, fueron el origen de algunas de las escenas más brillantes de su carrera. Contra viento y marea, un melodrama cuya estructura podría definirse bajo el dicho “echarle sal a la herida”, le valió el premio especial del jurado del Festival de Cannes y, más que todo, el reconocimiento de esos críticos que lo acusaban de estar obsesionado con la técnica y poco interesado en los personajes5.

En Los idiotas6, célebre por la orgía del final, y por su apasionante idea central, Von Trier no siguió, punto por punto, las normas del Dogma y tuvo que confesar que el manifiesto, como la película, sólo trataban de hacerle caer en la cuenta a quien le correspondiera de una verdad innegable: “asumimos unas normas que jamás cuestionamos y todo, hasta el cine, sería más sencillo, más posible si no nos educáramos en ellas. El Dogma no debe entenderse ni seguirse al pie de la letra: debe liberar e invitar a integrar al azar y a los imprevistos en el proceso de filmación”.

Después de Los idiotas, y de una película para televisión, El día D, que dirigió con otros tres cineastas del Dogma 95, y que con una pantalla dividida en cuatro partes sigue las peripecias de cuatro hombres durante el último día del siglo pasado, Lars Von Trier filmó, con la brillante actuación de Björk7, Bailarina en la oscuridad y, aunque dividió a un público que no sabía si recibirla como un chantaje o como, la película, una tragedia que se escapa de sí misma gracias a las convenciones de los musicales de Hollywood8, recibió, entre muchos otros premios, la Palma de Oro del Festival de Cannes.

Mientras termina de filmar su próxima película, Dogville, Von Trier sigue reclutando amigos y enemigos de su cine, pero todos, sus seguidores y sus detractores, tendrán que reconocerle que si como él mismo dice “una película debe ser como una piedra en el zapato”, entonces él ha logrado las mejores, porque la tragedia de Selma en Bailarina en la oscuridad es tan incómoda como la de Bess en Contra viento y marea o la de la secta de burgueses despreciables que, en Los idiotas, creen que en verdad están derribando las reglas. Sus películas son verdaderos dolores de espalda, marcas de las que uno trata de deshacerse, pero no puede.

1 Dogma 95

El manifiesto firmado por Von Trier, “está en contra del cine ilusorio, mediante la redacción de un conjunto indiscutible de normas llamado ‘voto de castidad’ ”, que es el que sigue: “me comprometo a someterme al siguiente conjunto de normas redactadas y confirmadas por Dogma 95:

1. Las grabaciones se realizarán en el lugar. No se puede aportar accesorios ni escenografía. (Si un accesorio es necesario para una historia, hay que elegir el lugar dónde se encuentre).

2. Nunca se puede producir el sonido separado de la imagen o al revés. (Por tanto, no debe haber música a no ser que se encuentre en el lugar de la grabación).

3. Hay que llevar la cámara al hombro. Todo movimiento o paralización obtenido así, estará permitido. (La película no se desarrollará allí donde se encuentre la cámara, sino que hay que grabar donde tiene lugar la película).

4. La película tendrá que ser en color. No se acepta luminotecnia. (Si no hay suficiente luz para la exposición, hay que suprimir la escena o montar una lámpara en la cámara).

5. Los trabajos ópticos, así como composiciones filtradas de la película están prohibidos.

6. La película no puede contener acción superficial. (Asesinatos, armas, etc., no deben aparecer).

7. Se prohibe el enajenamiento cronológico y geográfico. (Lo que quiere decir que la película tiene lugar aquí y ahora).

8. No se aceptarán películas de género.

9. El formato tendrá que ser Academy 35 mm.

10. No habrá que acreditarle al director. Además prometo, en mi calidad de director, renunciar a tener un gusto personal. Ya no soy artista. Prometo desistir de crear una ‘obra’, ya que doy prioridad al segundo antes que a la totalidad. Mi objetivo principal es arrancarles la verdad a mis personajes y a mis escenas. Prometo que eso se hará con todos los medios y en detrimento de todo buen gusto y estética. De este modo hago mi ‘voto de castidad’ ”.

2 Thomas Vinerberg dirigió la primera película de Dogma, Celebración, que es, hasta el momento, la más lograda. Después participó, como director, en una de las historias de El día D.

3 Contra viento y marea cuenta la historia de una mujer muy religiosa, una mártir que, para complacer a su marido parapléjico, y como un sacrificio para él, y para Dios, se acuesta con una serie de hombres.

4 Emily Watson fue elegida para el papel porque fue la única que fue a la entrevista sin zapatos y sin maquillaje: recibió una nominación al premio Óscar.

5 “Quise hacer una película sobre la bondad: cuando era chiquito, tenía un libro llamado Corazón de oro, del que tengo el mejor de los recuerdos. Es un libro lleno de dibujos sobre una niñita que va al bosque con pedazos de pan y otras cosas en sus bolsillos, pero al final del libro, cuando cruza el bosque, se queda desnuda y sin nada. La última frase del libro es ‘en todo caso estaré bien’ y siempre he sentido que expresa completamente al mártir”.

6 En Los idiotas, un grupo de jóvenes burgueses decide formar, en sus ratos de ocio, una comuna en donde se viva por instintos, como un idiota, y se rechacen las leyes de comportamiento establecidas, a saber: la monogamia, las reglas de educación, la familia.

7 Björk, la actriz islandesa, juró no volver a actuar después de la experiencia en Bailarina en la oscuridad: se tomó el papel tan en serio que cayó en una depresión crónica. “Mis amigos me dicen que no fui la misma de siempre durante ese período de mi vida”.

8 Las canciones de Bailarina en la oscuridad fueron compuestas por Björk, pero la letra es de Lars von Trier.

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