Se le echa la culpa al pie izquierdo, el que uno tuvo el desatino de poner primero en tierra. O a una mala noche, a lo que uno pudo haber soñado, o a lo que pensó despierto peleando contra el insomnio. La regla parece ser que el día que comienza mal no se arregla; tal vez sólo una buena noticia lo saque a uno del estupor pero seguirá quedando el sabor oxidado en la boca que no lo quita ni la más potente crema dental. Por lo general es una cadena de sucesos la que nos va inoculando ese sentimiento de malestar, de irritación y de jartera que define lo que se dice de uno, casi siempre con la boca torcida y en un susurro: amaneció con la malpa. Lo dicen bajito como para que uno no oiga, pero no tan bajito como para que no oiga. La idea es que uno se entere de lo que ya sabe: que se levantó con la malpa en todo su furor.
La malpa es la abreviatura de la malparidez, ese estado del alma tan difícil de definir pero tan común en los mortales, en todos, hasta en los animales, porque se da el caso del perrito que nunca mordía y de repente, una mañana, ¡zuaz!, le arrancó un pedazo de cara al niño de la casa. O al caballo favorito para la carrera no le dio la gana de salir del partidor. O el gatico inofensivo y decorativo se convirtió en un león que le marcó la cara a su dueño con cinco líneas ensangrentadas para que recordara que a los animales, al igual que a los hombres, también les cae la malpa.
Por supuesto, hay personas más propensas que otras. Hay gente alegre, triste por naturaleza, los hay vulnerables a las gripas, y hay otros que somos propensos a que con mucha frecuencia nos caiga la malpa desgraciada. Como nada es gratis ella tampoco lo es; tiene, como todo en la vida, su razón de ser: alguien, por ejemplo, se gastó toda el agua caliente justo cuando uno se iba a bañar; alguien se tomó el último cunchito de leche que quedaba antes de que uno se sentara a desayunar. No alguien, sino muchos, te echaron encima el carro, te cerraron el paso, muchos tuvieron el descaro de parquear en la vía principal ocasionando un trancón desesperante, alguien en la oficina olvidó hacer lo que tenía que hacer, llegaron las cuentas sincronizadamente: tarjetas de crédito, servicios públicos, colegios, administración. Todo llegará al tiempo, la cadena seguirá trabándose eslabón tras eslabón para que ya en la noche uno comience a esbozar opciones: o me tomo un trago o varios, o un lexotan, un rivotril, o me como un hongo que me hipnotice o me encierro en el baño y me cuelgo de la ducha.
Por suerte, la malpa es pasajera. Va y viene, se puede quedar unos días pero uno confía, al menos guarda la esperanza, de que también el día menos pensado se irá. Pero ojo, si alguien lleva toda la vida con ella, si la padece todos los días, a cada hora, si no puede deshacerse de ella siquiera dormido, si ya nadie comenta que ese alguien tiene la malpa porque se le convirtió en su manera de ser, ojo, porque ese alguien ya no padece de la malparidez sino que él mismo se ha convertido en un malparido, y esa es gente de poco fiar.
Las víctimas de la malpa necesitamos más comprensión que broncas; ya quedó comprobado y siempre se puede demostrar que ella no aparece así porque sí. La mayoría de las veces uno amanece bien, logra levantarse y dejar que la malpa siga dormida; con mucho esfuerzo uno consigue aplacarla por días y hasta por meses, pero siempre aparecerá alguien, de esos 'alguien' que nunca faltan para atizarla y, sobre todo, para comprobar algo parecido a lo que dijo Sartre cuando se refirió a que el infierno son los otros: que la malparidez también son los demás.

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