Somos miles de millones y con tendencia a aumentar. Somos tantos que apenas cabemos en este mundo, y ya nos ha tocado pensar en la construcción de ciudades en el mar o en el espacio cósmico; pero la verdad es que no tenemos ni conocemos otro lugar para estar que no sea este planeta. Los más optimistas cuentan con una vida extra que les será proporcionada en el momento en que dejen ésta. Los hombres de poca fe sabemos que la que vivimos es nuestra única oportunidad de vida, que después no seremos sino alimento para los gusanos y, si nos ponemos escatológicos y hasta románticos, seremos, sobre todo, caca de gusano y abono para la tierra.

Hemos llegado a ser lo que somos después de un proceso de evolución depurado y selectivo de tantos y tantos años que es imposible contarlos. Eso como género humano, porque como individuos cada quien tiene su historia, tan depurada y exclusiva como la de cualquier raza; y con mucho esfuerzo, a punta de sudor, de suerte, de amor, de inercia, por azar o por voluntad para mantenernos vivos, a punta de milagros es que hemos llegado adonde estamos, así el recorrido sea de un metro o de kilómetros, de segundos o de años en el tiempo.

Hemos desarrollado una personalidad y un intelecto tan únicos como las huellas de los dedos; hemos aprendido a costa de levantarnos y caernos; cada día nos despierta un impulso para ser mejores, y con obstinación nos la pasamos buscando la mejor manera de ser felices. Y de pronto un día amanecemos con la noticia de que alguien, o algunos, tan pocos que se cuentan con las manos, deciden que no, que las cosas no son como queremos, sino como quieren ellos: los que mandan.

Han llegado arriba porque ese ha sido su único desvelo, pero, sobre todo, porque se lo hemos permitido. A muchos de ellos los elegimos convencidos de que interpretan nuestro pensamiento, que son nuestra voz en lo más alto; y hasta el momento no han traicionado a sus electores: antes de llegar al poder han dejado ver muy bien lo que son y lo que harán en nuestro nombre. Bush no engañó a sus votantes, ellos sabían que elegían a un fanático con ínfulas de dios menor; los que se decidieron por Sharon sabían que elegían a un criminal; los que votan en Gran Bretaña saben que quien los gobierne tiene que arrodillarse ante su hijo poderoso y arrogante: los Estados Unidos. Los que subieron a Aznar sabían que era de la derecha más radical; los que en aquel entonces votaron aquí por Pastrana sabían de su frivolidad, su patanería y su ineptitud; y lo que pase con nuestro actual gobierno es seguro que no nos sorprenderá: ya se sabía desde antes.

Hay otros más infames que ni siquiera se toman el trabajo de acudir a nuestra ingenuidad y rigen a la fuerza con el único poder que les dan las armas; seres mezquinos como Hussein y otros tantos dictadores que abusan de la pobreza y de la ignorancia de sus gentes; líderes que involucran a Dios en sus crímenes; terroristas que se hacen llamar guerrilleros y que se escampan en ideologías caducas.

Todos los que nos gobiernan, nos amedrentan y nos acobardan han sido siempre consecuentes con su comportamiento; no han sido seres buenos convertidos repentinamente en malos, siempre han sido malintencionados; a veces se disfrazan de corderos pero su disfraz es tan notorio como la peluca en un calvo. En ellos proyectamos nuestro instinto reptil y asesino, los buscamos de acuerdo con nuestros principios para subirlos y adularlos. Pero los humanos somos contradictorios y luego de que hemos permitido que dispongan de nuestros destinos, nos lamentamos y lloramos cuando los que mandan optan por las guerras. Todo parece indicar que tanto a ellos como a nosotros nos manda la misma y muy democrática imbecilidad.

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