Amor, tienes que ser fuerte -dice el aspirante a actor.
-Déjame llorar, déjame llorar -dice la aspirante a actriz.
En teoría no están actuando: son escenas de la vida real captadas por muchas cámaras ocultas que nunca dejan de observarlos, las mismas que los ven llorar porque extrañan a sus papás, porque alguien los miró feo, porque a quien quiero no me quiere, porque a alguna alguien le escondió un brasier o porque también sólo de eso se tratan los realities: de llorar por cualquier estupidez. Alegan que lloran por amor o por odio, cuando el amor allí es falso, cultivado a la brava en pocas semanas para mostrárnoslo como la más grande historia de amor; lloran por odios provocados a través de situaciones montadas en pocas horas: sentimientos libreteados para hacernos creer que lo que vemos es un espejo de la vida real. Sin embargo, cualquiera que se sepa observado por millones de ojos a través de una cámara no puede actuar igual a cuando sabe, verdaderamente, que nadie lo ve. Una cámara es un prisma de la realidad: la tuerce, la desvía y termina revelando lo que la cámara quiere mostrar.
Los realities no son, por suerte, la realidad; ni siquiera son una mala metáfora de ella. Nadie que tenga un centímetro cuadrado de personalidad puede identificarse con las situaciones o con los personajes enjaulados que juegan en ese circo a tener personalidad. Los realities no son un experimento social; lo que pretenden mostrar ya ha sido mil veces demostrado, no vale la pena insistir en que los humanos nos convertimos en animales en el encierro, en el aislamiento y en la ociosidad, aunque sí vale la pena recordar que los animales no caen en el ridículo que transmiten los realities; no causan tanta vergüenza las gallinas encerradas en el corral de Gran Hermano como quienes se comen sus huevos; los huevos de las gallinas, por supuesto.
De nada sirven los medios en los que se apoyan los realities para hacernos creer que presenciamos un espectáculo de gran calidad: sus propias revistas de pacotilla, páginas en internet, televisión por cable, todo lo que ofrece el mundo mediático y moderno para mostrar el primer plano de una lágrima rencorosa, los subtítulos de un complot, tetas en la ducha, cámara lenta y música de final de película para enaltecer la tristeza de un adiós. Sensiblería mal disfrazada; el afán de figuración bajo el rótulo falso del talento. ¿Alguien de verdad cree que de Protagonistas de novela pueda salir algún día algo parecido a un actor? Con el agravante de que quienes salen del reality le están corriendo el butaco a los verdaderos actores, a los que han sudado y sufrido su lugar en el mundo de la actuación.
En su más reciente libro, La loca de la casa, Rosa Montero habla de aquellos escritores que confunden la fama con la gloria; son los que por alcanzar la primera, más fácil e inmediata, recurren al show, al escándalo, a la mentira, a las amistades por conveniencia, al insulto a diestra y siniestra con tal de hacerse ver y oír; la descripción de estos exhibicionistas de la literatura me recuerda el comportamiento de los confinados en los realities, dispuestos a sacar algo más que el premio mayor en su patético cuarto de hora.
Ya lo dijo en francés hace unas semanas la escritora Florence Thomas: "Protagonistas de novela es une merde". Pues ahora hay que proclamarlo en español: Protagonistas de novela es una mierda, y por la misma línea, con el mismo hedor y la misma textura excrementicia está Gran Hermano, que no son otra cosa, además de mierda, que un tributo que se le rinde muy consciente y descaradamente a la imbecilidad.

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