¿Aburrido un ascensorista?

¿Qué tal —me dije— un parlamentario que debe escuchar el mismo circunloquio eterno ("...como decía el honorable senador que me antecedió en la palabra..."), salvo por quienes sabiamente se duermen? Además, ¿algo más letárgico que ser sepulturero, carcelero, monja de clausura, ordeñador, juez de ajedrez?

Había conocido a un sepulturero. Era el ser más feliz y simpático.

—¿Cómo puede ser? —le había preguntado.

—Solo cumplo con mis funciones —me dijo—.

Los parteros hacen las suyas, las mías son las del fin.

—¿Y por qué vive tan contento? —lo volví a indagar.

—Porque nadie más que yo sabe el significado de estar vivo —replicó.

Los demás —recapitulé— podían contestar algo similar sobre la libertad, el éxtasis con Dios, los méritos de levantarse con la naturaleza. ¿Y un juez de ajedrez? Tal vez la obsesión de dividir la vida en cuadros, como muchos lo hacen sin saberlo.

¿Que tal —insistí— la aburrición de esas estrellas pornográficas que forzadamente gimen en do, en si, en re, hacen gala de un maquillaje imprescriptible y no se despelucan, mientras, en medio del frío y frente a un compañero anónimo con la piel —toda la piel— entumecida, el director corta una y otra vez hasta lograr un Kamasutra de plástico? Un ascensorista, en cambio, desempeñaba una actividad real.

Churchill, recordé, decía algo así como que los humanos se clasifican en tres: los que se aburren, se preocupan o se confunden. Una percepción británica, inútil para el trópico. ¿No somos, acaso, los colombianos, según los "felizómetros", los seres más contentos del orbe? Lo tomé como cierto, pese a mi constante desaprensión por reducir la existencia a estadísticas.

Llegué a una primera conclusión: no eran los oficios los aburridos, sino las personas. Un ascensorista podía gozar de tanta felicidad como cualquier otra persona permanecer deprimida en la mejor actividad del mundo. La verdadera inteligencia, dice el psiquiatra Jung, está en la capacidad de ser feliz y adaptarse a las circunstancias. En efecto, me reafirmé, no importaban los oficios, sino los individuos.

Como tengo una manía por las definiciones exactas recurrí al diccionario de la Real Academia para ver el significado de ascensorista. Me topé con lo evidente: persona que tiene a su cargo el manejo del ascensor. Me pareció débil y profundicé en el tema. Después de encontrar canciones, películas, poemas, obras de teatro, tipos de uniforme y hasta gremios mundiales, logré una mejor aproximación. Corresponde a los ascensoristas el piloteo y el servicio interno del habitáculo. El empleo, pues, comprometía dos funciones: una con el público y otra con el aparato.

Las tareas, entonces, resultaban de mayor envergadura: abrir y cerrar las puertas, cumplirles a los usuarios, preguntar los pisos de destino, marcar las peticiones, ayudar con las maletas, bolsos, portafolios o paquetes, manejar las sillas de ruedas, sopesar el balance de kilos, conocer la mecánica, saber actuar bajo emergencia, adecuar la respiración de los pasajeros en caso de fallas, incendios o terremotos, y auxiliarlos, así como impedir los manotones sobre las escotillas y reclamar compostura en casos necesarios, como apagar el cigarrillo o impedir excesos de romanticismo (menos en ascensores de hotel, advertía uno de tantos documentos).

Ciertamente, el trabajo dependía del tipo de ascensorista: de conjunto habitacional, rascacielos, hospital, reducto castrense, pozo petrolero en alta mar, mina, o tantas posibilidades adicionales desde que el mundo, hace 50 años, decidió de modo arrollador que era mejor vivir en colmenas perpendiculares. Ser ascensorista era una actividad contemporánea que, acorde con la índole de construcción, requería entre quinto de primaria y sexto de bachillerato.

Para el logro del empleo se advertían dos condiciones: tener buen trato y no padecer claustrofobia. Y las posibilidades de mejora laboral eran claras: coordinador de ascensores, recepcionista, ordenanza del edificio o director de equipajes.

No se veía mal. Al fin y al cabo debía conducir una máquina, como cualquier automóvil, taxi o buseta, pero sin el abrumador tráfico bogotano. De otro lado, más cornadas da el hambre, como decía Rafael Gómez 'el Gallo', aquel torero magistral de hace un siglo. Solo quedaba pendiente el salario y sin saberlo, reabrí la internet, cuando al azar encontré una bolsa de empleos en La Coruña que me permitió una perspectiva de cuánto podía ganar: 703 euros, es decir, poco más de dos millones de pesos colombianos al cambio del día.

Apresuré, entonces, la marcha al lugar indicado, el edificio de oficinas de Seguros Tequendama, al frente del parque de San Diego, en pleno centro capitalino, donde 'Quique', un experto en la materia, debía asesorarme. El hombre de unos cincuenta y pico años, radiante, chaparro, con un bigotillo incipiente, no podía ser sino eso: ascensorista. Ya había escalado a coordinador de ascensores (en el edificio hay cuatro y uno de carga) y en sus labores no solo mantenía una nómina considerable, sino que debía revisar los viajes desde el controlador automático que, tras la recepción, mostraba cada una de las paradas, no más de dos minutos, y estar presto a cualquier alarma.

La primera sorpresa fue, desde luego, que el salario no era el europeo, sino el colombiano, solo una cuarta parte.

—Esto me sirvió para educar a mis hijos y sacar avante a mi familia —afirmó sonriente. Sin duda, era un hombre feliz, pese a que mi interés era el asunto del tedio.

—¿Y no es un trabajo aburrido? —le indagué.

—Claro, aburrido —contestó con una cara de evidencia inexorable. Había tenido la inteligencia para adaptarse y hacía tiempo había superado esas preguntas tan vacuas. Me desinflé, pues quería descubrir la aburrición plasmada en su rostro, como en los óleos de Rafael Sanzio.

Mientras 'Quique' conversaba, hice el cálculo de sus labores. En ocho años, antes de su ascenso a coordinador, había piloteado diariamente unos 200 viajes que conducían alrededor de 1.500 personas. Es decir, unos 6.200 viajes al año, descontando los domingos, y más de 450.000 pasajeros. Todos los días sacaba su asiento (cada ascensorista tiene su propia silla para evitar susceptibilidades) y se disponía a obturar botones y atender al público. Si se hacía el promedio de ochenta metros por viaje, significaba que 'Quique' había recorrido 16 kilómetros diarios en el ascensor, o 4.976 kilómetros anuales, de lunes a sábado.

Ante la avalancha matemática en mi mente exploré sobre la hipertensión que suponía ese ajetreo sobre el corazón. Y le pregunté si tenía chequeos médicos como los pilotos de aviación después de determinadas horas de vuelo. —No —contestó. A veces daban mareos, incluso trasbocaban, pero no pensaba que los constantes cambios de presiones llegaran a afectar la salud. A lo sumo, oídos tapados y cierto peso sanguíneo sobre los pies, pero no creía que hubiera una enfermedad particular en los pilotos de ascensor. Tampoco en su oficio le había pasado nada en particular, salvo por emergencias comunes, fricciones normales entre empleados o parejas, o un robo de un piso, donde se habían llevado veinte ordenadores por un ascensor, de lo que aún se condolía. Nunca había tenido que recurrir a los primeros auxilios, ni había participado de anomalías estridentes.

De inmediato, como reflejo de tantas horas de 'vuelo', recordé la definición de un campesino sobre el Metro de Medellín, el día de su inauguración: "Esto parece un ascensor acostado". No había duda: 'Quique', a la viceversa, había piloteado un vagón de Metro hacia arriba, en medio del tedio de los minutos infinitos. Frente a ello no pude más que dispararle otra pregunta. Así como Borges percibía el cielo como una biblioteca inmensa, me parecía que el oficio de ascensorista tenía ese agregado especialísimo: podía representar el cielo para dedicarse a la lectura.

—Aquí está prohibido leer —afirmó enfático. Quedé pálido, pues aquello era lo que más me atraía de aquella actividad singular. Me confesó, sin embargo, que se había dedicado a los crucigramas y me pareció que en su intimidad se consideraba uno de los mejores crucigramistas del país. Era tan hábil que los llenaba con bolígrafo, y no con lápiz y borrador, sin una sola mácula, y en competencia con jefes y oficinistas. Lástima que no le pregunté por el término que más problemas le había causado. En cuanto a mí, un crucigramista mediocre y, de paso, me había devanado los sesos con un vocablo costeño de cuatro letras que indica estupefacción superlativa. El caso de 'Quique', que era el de un profesional, tenía que ser uno de otro impacto, tal vez 'supercaligrafilístico'. El mío solo era... '¡erda!'.

Pasé, entonces, a la cantidad de pasajeros. Saramago había dado en el clavo al decir que la humanidad se podía definir como un conjunto de mamíferos que, en cada periodo, inventan formulaciones asociadas con sus sitios de encuentro, que no son más que cuevas donde despliegan sus reflejos primitivos de protección. Algo así como la caverna primaria, la de las iglesias, la de los congresos, la de colegios y universidades, la de los clubes, y así paulatinamente hasta las actuales cavernas de los centros comerciales y los bodytech. En ese listado, sin duda, podía caber otra caverna: la de los ascensores. Y en el transcurso de la conversación confirmé lo que tenía pensado: que los ascensoristas son psicólogos en ellas.

Así lo ratifiqué, claro, cuando me contó sobre tantas mujeres y hombres que había conocido en un diálogo intermitente, nunca a fondo, exento de confianza, que señalaba la eficacia de las pocas palabras y los gestos reducidos, y demostraba la virtud exacta del ascensorista: la capacidad de percepción y síntesis, como en ningún otro oficio.

'Quique' me entregó el uniforme, sobre el que tenía una expectativa mayúscula después de las decenas de imágenes de internet. Era pulcro y bien cortado. Al ponérmelo, me sentí satisfecho, incluso con la gorra que no ajustaba bien. Solo tenía dos aprensiones: una, que al entrar al ascensor las personas suelen mirar al espejo y luego al piso o al techo, menos a los ojos, y otra que nunca saben si saludar o no. Por mi experiencia sabía que siempre existe una pequeña tensión que refleja una incómoda distancia, un cierto hielo entre los pasajeros.

Al llegar a la máquina, me encontré con que no tenía espejo. Ante ello, decidí que saludaría de primero y trataría de entablar conversación, ya que no se podía leer, escuchar música, o desconcentrarse de las labores mecánicas.

"Quique", siempre con su sonrisa amable, entró a explicarme el funcionamiento de cada uno de los comandos. Nadie nace aprendido y me alcancé a equivocar con un comando de cierre y apertura, pero pronto mi maestro creyó que estaba listo para cumplir la tarea de subir y bajar los 40 pisos. Y de nuevo me advirtió que en esta actividad lo principal era olvidarse del reloj.

Como era sábado, no eran muchas las oficinas abiertas. Esperé un buen tiempo, hasta que, rauda, subió una mujer que no indagó el espejo inexistente, saludó primero y de inmediato me dio el número de uno de los últimos pisos. Sabía montar en ascensor. Le dije que era mi primer día como ascensorista, a lo que nada me contestó, y regresé al lobby sin entablar diálogo. Entonces, el ascensor fue pedido en el mismo piso donde había dejado a la mujer y me prometí iniciarle conversación.

—¿Por qué anda tan afanada? —le pregunté apenas reabordó.

—No se lo puedo decir —afirmó con énfasis.

—Dígame, que hablar no cuesta nada —le insistí.

—Es que estoy muy urgida de cambiar de trabajo y ojalá me acepten la hoja de vida que acabo de presentar —agregó.

—¿Y por qué está urgida de cambiar de trabajo? ¿Acaso es usted sepulturera, carcelera, monja de clausura, ordeñadora o jueza de ajedrez? — la interrogué.

—No se lo puedo decir— reiteró.

—¿De pronto el salario, los jefes, el horario? —inquirí al aproximarnos al primer piso.

—No, nada de eso —sostuvo al salir.

—¿Y entonces? —le exclamé mientras tomaba el corredor.

—¡Es que soy ascensorista y ya no aguantó aburrirme más!— se despidió de lejos. Nunca la volví a ver.
 
VEA AQUÍ CÓMO SE HIZO ESTA CRÓNICA

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.