Son las 9:45 a.m. del lunes, y estoy despierto desde las 6:00, como si fuera el primer día de colegio, con unos nervios que no había sentido nunca.
 
¿Por qué, si me he acostumbrado a presentarme ante miles de personas y ante cientos de colegas que siempre he admirado? Porque hoy regreso a una actividad que marcó mi vida y que, de alguna manera, define mi condición como músico. Una labor para nada fácil, muy meritoria, y que al contrario de mi trabajo actual —o mas bien pasión—, que es componer, hacer conciertos y grabar, dejó en mí una inquietud y una desazón tan grande que me llevó rápidamente a buscar otros rumbos. Hoy vuelvo a tocar piano en un hotel.
 
Mejor dicho: hoy, después de ocho años, vuelvo a tocar para que nadie me escuche. Vuelvo a interpretar para oídos que no quieren detenerse a escuchar, que no permiten sino música de fondo, nada que interrumpa su concentración mientras pagan la cuenta del hotel o disfrutan del almuerzo. Me siento de nuevo al piano para oídos concentrados en su reunión de negocios o su conversación por celular.
 
Y música de fondo no significa que llegue hondo, al fondo; más bien es música que ni siquiera toca la superficie. Fue por eso que cuando fui pianista de hotel, hace mucho tiempo, salí despedido a los seis meses: porque soy incapaz de hacer "música de fondo". Además, era chocante ver que un botones del mismo hotel hiciera propinas más jugosas. Y eso que también fui botones, pero eso es otra historia.
 
Una de las razones por las cuales acepté hacer esta crónica fue el grado de dificultad que me imponía, ya que mis más recientes recitales de piano fueron sesiones de mucha importancia para mí a nivel emocional, espiritual y familiar. El primero fue hace un par de semanas en la ciudad de Tokio, en una gala ante la princesa del Japón, donde también estuvo presente la banda Café Tacuba y mi favorita, la española Concha Buika. El otro fue en mi casa, dedicado a mi querida y respetada Shakira; y el siguiente fue en una galería de arte para celebrar mi amor por Mi bonita. Todos mágicos, todos especiales y, lo más importante, la gente alrededor escuchó, cantó conmigo, se dejó emocionar y aplaudió con respeto al final de cada canción. Hoy estaba preparado para todo lo contrario.
 
Los pianistas de hotel no dejan espacio ni silencio entre canciones, las empalman como un eterno popurrí que no respeta reglas de tempo ni de armonía porque saben que no van a recibir un aplauso. Saben que en el momento de parar, escucharán de nuevo el murmullo de la gente, los pasos, las maletas, los meseros, los cubiertos, los celulares y todo seguirá su curso como si nada. Y aunque nunca nos deberíamos acostumbrar a eso, el pianista termina acostumbrado. Solo recibe un aplauso cuando le hacen una petición específica y, créanme, en materia de repertorio son unos genios: en un hotel puede haber huéspedes de las más variadas nacionalidades pidiendo todo tipo de canciones hasta de hace 100 años, y lo increíble es que todas se las saben.
 
Después de hablar con don Eugenio Andrade, el pianista del hotel Tequendama, supe que no hay tanta diferencia entre lo que él hace y lo que yo hago, porque en ambas funciones hay que medir el público o, como dice, "acomodarse a la situación de la gente", conocer sus preferencias y darles gusto. Varias veces, especialmente en el comienzo de mi carrera, me tocó hacer lo mismo. Si el público era rockero, había que empezar por las rockeras, si era tarde en la noche y la gente estaba prendida, empezar por la sabrosura, si pedían Tu boca y no la teníamos esa noche en el repertorio, pues un-dos-tres y tocamos Tu boca. "Acomodarse a la situación de la gente".
 
De lo primero que me percaté cuando llegué al piano del lobby del Tequendama, fue de su estado deplorable, su absoluto deterioro. Muchas de las teclas estaban desnudas en su madera, desprovistas del marfil que alguna vez elegante y orgulloso las vistió. Los dos pedales estaban tirados, inservibles, contra el piso, no había lugar para poner las partituras y la maquinaria estaba absolutamente corroída y espesa de gris por el polvo.
 
Parecía que no lo hubieran tocado en años o que lo acabaran de rescatar de un naufragio. Pero no, este piano es tocado todos los días por don Eugenio. A pesar de ser un piano de cola de una de las mejores casas fabricantes del mundo, Steinway and Sons —una verdadera joya, una máquina sublime y perfecta—, ahora parece una anciana de esas que salen en las madrugadas madrileñas a los piano bares con todas sus joyas encima, por si acaso se mueren, para que puedan ser enterradas con ellas esa misma noche. Eso era este piano, una anciana majestuosa, alguna vez amada, olvidada, pero siempre orgullosa.
 
Empecé a teclear feliz, pero con la dificultad de la falta de pedales, fundamentales para tocar en un hotel porque, primero, necesitas sonar muy suave para no molestar a la gente y, segundo, necesitas endulzar lo que tocas con el pedal de sustain, ya que en un lobby todo tiene que tener aire de balada: cumbia-balada, jazz-balada, bolero-balada. Lo que no suene así puede llegar a inmiscuirse en la conversación de la pareja sentada al lado tuyo, y decirles aquí estoy, o sea interrumpirlos. Y el pianista del hotel no debe llamar la atención. Mejor dicho, cualquier canción que toques aquí, así sea un tema de Kiss, tiene que tocarse en versión Melodía Estéreo.
 
Comencé con una pieza de Antonio Carlos Jobim, Insensatez, que como es un tema que habla de la insensibilidad, funcionó muy bien como homenaje para el público del lobby. Cada vez que levantaba con pánico la mirada encontraba gente ocupada en sus quehaceres, ausente a la música, aunque ya había muchas mesas en la dinámica del "¿será que ese es?", "¿Cabas?", "sí, sí es" , "no, qué va a ser", "cómo va a ser", "no puede ser", y empezaban los primeros celulares a tomar fotos. Destruyeron este hermoso momento de anonimato, amenazando mi crónica y mi experiencia.
 
Cuando terminé la primera canción, padecí el terror que ya había comentado por dejar un espacio de silencio entre canción y canción, pero era necesario para la crónica ya que debía anotar la experiencia en una libreta. Seguí con un blues en fa mayor, a pura improvisación, dándole un aire de cabaret de los 40 al hotel que no rimaba con el olor a tinto y las escarapelas amarradas en los cuellos con los nombres de los asistentes a algún evento. Porque al final, eso es lo que los pianistas de hotel padecemos con mayor frecuencia: los famosos eventos. Y los hoteles viven de los eventos y cada uno es un mundo diferente. Ahí que hay que saber medir el público, porque, ¿qué interpretar cuando se está en medio de una convención de petroleros de Texas? ¿O en una conferencia de técnicas de hipnosis?

Continué interpretando Increíble, una canción de mi autoría, obviamente en versión ambiental. Fue un momento lindo, porque entró en acción lo que se llama "el poder de las canciones": aunque la gente no esté realmente escuchando, cuando por el aire flota una canción que ha tocado la vida de alguien, ese alguien puede cambiar de postura, ausentarse de la conversación por un instante, empezar a cantar por dentro e incluso transportarse hasta ese momento de la vida en que esa canción tuvo significado.
 
Definitivamente es muy diferente interpretar canciones de otros autores a tocar una propia, pues se genera una complicidad entre el autor y el oyente aunque no se conozcan. Cuando iba por la mitad de Increíble se empezó a alborotar un poco más la cosa, empezaron a pasar con disimulo las niñas de recepción, uno que otro curioso de escarapela y la pandilla de los celulares; y los papeles se alistaron para los respectivos autógrafos. El que más me impactó y hasta me intimidó fue el guardia militar que se acercó a escuchar en su uniforme de camuflado, con un perro furioso y enorme a su lado. Era una imagen salida de contexto, pero muy nuestra. Desde ese momento sentí que ya no me podía equivocar. Era como si el perro estuviera listo para saltarme a la yugular en cualquier nota mal puesta, y el guardia, deslizando el agarre de la correa con cada tecla que yo tocaba, estaba tan anonadado de verme ahí que se olvidó del perro. Un poco de adrenalina imaginaria, el riesgo a una muerte muy gráfica.
 
Llegó el momento en que nuestra coartada se había expuesto. La situación ya no era anónima. Me despedí con una última canción y me dispuse a conocer al gran maestro que toca tres sesiones diarias de dos horas, en tres lugares distintos del hotel. Nos citamos con él, Eugenio Andrade, en el café Vienesse, uno de sus escenarios ocasionales, y después de hablar de todo, sus estudios, sus viajes, su disco, sus sueños, el buen trato que le daban en el hotel, nos dirigimos a uno de los restaurantes donde solo había gente en una mesa, y empezó a tocar como automáticamente.

Andrade tiene un libro con 800 canciones y un repertorio en su cabeza de mas de 3.000. Tocaba con mucha clase y, para mi sorpresa, con mucho feeling. Interpretó Satin Doll, de Duke Ellington; Gracias a la vida, de Violeta Parra, y una que otra pieza de Mozart. En un momento nos sentamos a cuatro manos y tocamos una pieza de jazz juntos, él acompañando y yo, improvisando. Definitivamente es un gran músico, todo un caballero, una de esas personas que te llenan de ternura. Yo creo que a los músicos con cierto reconocimiento nos hace falta mucho de esa actitud. Simplemente hay que tocar, hacerlo bien, con respeto al instrumento y a las canciones, y olvidarse de tanta parafernalia.
 
Acto seguido, fuimos a otro restaurante del hotel, ese sí lleno por cuenta de otro "evento". Allí, prácticamente fue imposible que se escuchara el piano entre tanta bulla. Todo este tiempo nos estuvimos moviendo por la cocina del hotel. Recordé las palabras de mi maestro en la universidad, Toño Arnedo, que nos decía que nunca dejáramos que como músicos nos hicieran entrar por la cocina. Eso es lo que les pasa a los músicos anónimos, que no reciben el respeto que merecen a pesar de haber estudiado la misma cantidad de horas que un médico y de tener un don y una habilidad que no todo el mundo posee. Esa humildad y paciencia infinita de la que hacen gala es suficiente para que se me antojen unos verdaderos héroes. La sociedad actúa como si no los necesitara, y los necesita más que nunca.
 
Si algo me dejó claro esta experiencia es que ahora, al tocar el piano en mi casa, así esté solo me siento más acompañado que en un lobby lleno de empresarios y turistas. Porque en mi casa, por lo menos, estoy conmigo mismo y tengo la responsabilidad de dejarme llevar y emocionarme con mi música. En el hotel ni siquiera disfruto de mi propia compañía: estoy ausente porque estoy para no molestar, para no dejarme llevar por la emoción.
 
Concluyo con dos recomendaciones: al hotel Tequendama, parte de la historia viva de este país, que por favor invierta un poco de dinero en la restauración de los pianos, especialmente el del lobby Don Eugenio se lo merece. Y a toda la gente que va a esos "eventos", "almuerzos", "recepciones", y en general a todos los que transitan o se reúnen en el lobby de un hotel, que de vez en cuando paren oreja, porque pueden aprender quién es Duke Ellington, Violeta Parra, John Coltrane, Miles Davis, Antonio Carlos Jobim o Mozart. Y un descubrimiento de esos puede hacer, seguro que sí, más agradables sus vidas.
 
Por lo demás, va el agradecimiento y mis respetos a esas personas que acompañan y hacen la banda sonora de nuestras conversaciones y comidas porque, créanlo o no, es un oficio en vías de extinción. Ya me he encontrado en otros hoteles y en otros países con pianos-máquinas computarizados que se tocan solos, y he sentido un escalofrío al ver las teclas moverse sin que nadie las pulse, como si un fantasma me estuviera diciendo: "Mi querido músico, ya no te necesitamos".
 
 

 

 

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