"¡Quieto! ¡Quédese quieto, mijo! ¡Ya no más, quieto! Usted parece que tuviera mal de sambito".

Mis recuerdos de la infancia no son muy variados, de hecho no fue esa la etapa de mi vida con mayor movimiento como suele suceder en muchas personas. No recuerdo grandes castigos, ni grandes desastres. Pero no había que ser un terremoto o un pequeño incontrolable para recibir este tipo de reconvenciones de la mamá.

"¡Quieto! ¡Quédese quieto, mijo! ¡Ya no más, quieto! Usted parece que tuviera mal de sambito".

Debo reconocer que era inquieto, no estoy posando de niño índigo o cualquier definición vanidosa de estas que están tan de moda. No, me refiero a la inquietud normal, la del cuerpo, la del movimiento, la de la palabra.

A ver si soy más claro:

1. Me daba sed generalmente en lugares donde no había cómo solucionarlo, en los recorridos entre un lugar y otro, apenas salía de la casa, cuando me subían al carro, sobre todo en los taxis, siempre me atacaba una maldita sed insoportable como si tuviera una empanada de arena en la boca. Solo me quedaba una opción: comunicarlo. Muchas veces y en voz alta, a ver si alguien se compadecía de mí: tengo sed… tengo sed… tengo sed… tengo sed… tengo sed…

2. Me daban ganas de hacer pipí en la calle o en los carros, o en la mitad de la popular caminada por el Castillo de San Felipe, sí, adentro, donde más claustrofobia da. ¿Qué hacía? Decirlo… quiero ir al baño… quiero ir al baño… quiero ir al baño… quiero ir al baño…

3. En las visitas, realmente, era como si un espíritu se apoderara de mí, el espíritu de la rasquiña, de repente sentía unas ganas incontenibles de moverme y moverme sin parar, de estornudar, de toser, de voltear los ojos, de rascarme la cabeza y la espalda, ah, y a ratos de gritar… puta… puta… puta… puta… puta…

No me quedaba otra opción… puta… puta… puta… salía de mi boca sin parar.

4. Para terminar, la hora de dormir era para mí el momento perfecto para recordarlo todo y, claro, acompañarlo con un par de brincos en la cama. Ahí, aparecía entonces la frase de mi madre:

"¡Quieto! ¡Quédese quieto, mijo! ¡Ya no más, quieto! Usted parece que tuviera mal de sambito".

No tenía cómo explicarle a mi mamá que era algo que me controlaba, que era más fuerte que mi naturaleza y mis buenas intenciones, simplemente aparecía, maldita sea, y aparecía en los momentos más inorpotunos, yo mismo sufría.

El problema fue que el tiempo siguió su curso y la cosa no cambió, consecuencia: tres o cuatro colegios, varios psicólogos y hasta pepas para dormir, en fin...

Cómo es la vida, mamá, quién se iba imaginar que 30 años después, la revista SoHo lograría lo que juntos no pudimos: me propusieron ser estatua humana, a mí, que no me puedo quedar quieto.

El maquillaje y el vestuario, en la calle, como se hace en la realidad. Un gran pedazo de tela de satín blanco, con muchos ganchos de nodriza para que pudiera adquirir la forma de túnica blanca, cubría mi cuerpo. Una mascarilla que se asemeja más al betún o al desaparecido griffin que a otra cosa, cubría toda mi piel.

Hora pico, la esquina esperaba.

José Gustavo, el hombre que me maquilló y me prestó su ropa de trabajo, con quien hablé de su vida por espacio de 30 minutos, me acercó un cubo de unos 60 cm de alto y más o menos de 40 x 40 cm de ancho, y me dijo: "Párese ahí, yo le voy a poner el tarro de las monedas en frente, cada vez que alguien le dé dinero usted se mueve de manera particular, lo mira con alegría y extiende la mano, luego vuelve a la posición".

Antes de subirme vi la cara de José Gustavo y pensé: es un homenaje a la gente que hace esto todos los días. Cuando me subí, vi la cara y oí la voz de mi madre diciendo: "¡Quieto! ¡Quédese quieto, mijo! ¡Ya no más, quieto! Usted parece que tuviera mal de sambito".

Y arrancó la cosa… no parpadear, no mover los ojos, no estornudar, no toser, no mover nada, no pensar o pensar mucho para distraer la necesidad de movimiento. Es una lucha interna y esa lucha interna empieza a agitar la respiración, primer error. Entonces, a corregirlo, no respirar muy fuerte.

Jamás vi una confrontación más directa entre la mente y el cuerpo. Dura en tiempo real algo así como un minuto y diez segundos, y uno piensa que es una eternidad.

¿Quieren saber cómo supe la duración? Al frente, cruzando la calle a la altura de mi mirada, en la vitrina de un almacén, algo así como una miscelánea donde se ofrecía hasta trabajo, un HP reloj digital, grande, con números rojos, con segundero y un eslogan que decía "no pierda más tiempo, pregunte ya".

Cuando vi el reloj, dije, no han pasado más de minuto diez, esto va a ser difícil. Automáticamente mi mente se fue al pasado, vi al espíritu de la rasquiña, cruzó la calle, se apoderó de mí como antes, de pronto me empezó a picar la frente, la mejilla izquierda, la oreja, la garganta y, claro, la nariz, el maldito espíritu con una pequeña agujita recorría cada rincón de mi cara y de mi cuerpo, la espalda, los brazos, las nalgas, las … todo…. me picaba todo, hasta lo que nunca pica.

Gracias a Dios apareció un pequeño con su mamá, debía tener como cuatro años, se acercó y me dio la primera moneda de la jornada. Me acordé de las instrucciones de José Gustavo, me moví le tendí la mano, lo quería abrazar, me había dado la posibilidad de moverme y parpadear. A pesar de que se puso a llorar cuando me incliné y le sonreí, me devolvió la vida por un segundo.

Al recobrar la posición, me acordé del castillo de San Felipe, la orinada venía, punto, venía. Esta vez con una diferencia, no podía cogerme el pipí como hacía cuando niño para contener las gotas. Me oriné, sentí que me oriné. Afortunadamente se pararon en frente de mí un par de adolescentes a mirarme o, mejor, a burlarse, a hacerme muecas, roscas y pistola, me dio tanta putería que se me olvidaron las ganas de ir al baño. Si supieran que tengo medio cuerpo encalambrado, que la mano izquierda no la siento, que se han parado moscos en mi cara…

Traté de recomponerme, de respirar profundo sin que se notara y seguir adelante, hice un esfuerzo por enfocar los números del reloj que tenía en el otro costado para saber cuánto tiempo había pasado, pero fue imposible, no pude verlo con claridad, pensé que era el humo de las busetas, pero nada, veía un mancha roja, entonces se me ocurrió que podía ser el sol que estaba pegando sobre el vidrio y no me dejaba ver. ¿Sol? Solo fue pensar en el sol para que sintiera sobre mi mano derecha una gota de lluvia, ahora sí me jodí, pensé. Si había sido difícil sobrellevar el sol, el viento, el humo, cómo sería la cosa con lluvia. Por fortuna, no fueron más que gotas pasajeras, pero el cansancio ya hacía de las suyas, los ojos, la espalda, los pies, el ruido, el momento no era nada fácil, ya había entrado en la realidad del ejercicio, pensé en bajarme y tirar la túnica.

Pero definitivamente no hay mal que por bien no venga, apareció otro ángel. Una señora de unos sesenta y tantos se acercó, me miró con compasión y depositó su dinero en el tarro. Unos segundos después un soldado repitió la acción, enseguida otro niño, después una mujer de unos 36 años, fue una racha fabulosa, desaparecieron las gotas y yo sentí como un tanque de oxígeno que motivó mi mente, que dejó que mi cuerpo se moviera por instantes y, sobre todo, me hizo olvidar al espíritu de la rasquiña, al señor Resorte, al castillo de San Felipe y las ganas de hacer pipí.

Después pasó el tiempo, mi mente se fue en blanco y pensé en José Gustavo, el hombre que se levanta todos los días de su vida a hacer lo que yo estaba haciendo solo por minutos, y así ha levantado a su familia, a su esposa y a dos hijos, lleva seis años en el oficio y no se queja, conserva su vestido y lo cuida como nadie, su materia prima es la fortaleza, el aguante, la convicción y un poco de crema para cubrir su rostro, que a su vez está cubierto de emociones encontradas mientras trabaja: rabia, dolor, angustia, desilusión, esperanza, fe, alegría. Su oficio es eso, un viaje a través de las emociones, pero un viaje interior sin derecho a la expresión, un viaje silencioso, como el de muchas más estatuas callejeras, que luchan contra todo por conquistar la mirada cálida de alguien, que al final son el gran aplauso de su vida.

Estuve allí como una hora, no sé si fue mucho o poco, recogí 3.700 pesos, no sé si fue mucho o poco, pero cada vez que alguien se inclinó, sentí el reconocimiento más grande que he tenido en la vida. José Gustavo me confesó después de que me rendí ante el cansancio que en un mes puede hacerse hasta 600.000 pesos, mientras no sea un mes lluvioso. Casi siempre trabaja por las tardes y prefiere irse hacia la séptima, por los lados de la Plaza de Bolívar. Ese es un buen sector para trabajar. Como sea, gracias a él, hoy veo las estatuas con otros ojos.

A José Gustavo gracias por prestarme su vida, a mi madre: ¡lo logré mamá, me quedé quieto!

Eso sí, vieja, solo me queda una pregunta: ¿qué es mal de sambito?
 
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