Ni los boxeadores se miran con un recelo igual al de los ajedrecistas. Al fin y al cabo esa batalla en un solo cuadro tiene menos argucias y emboscadas que la de los tableros. Con frecuencia, los campeones mundiales han convertido sus encuentros en sesiones de espionaje entre dos neuróticos. Como un intento para que quienes no saben mover un peón se diviertan con sus remilgos de reyes. Spassky hizo examinar el trono de Fischer alegando que los brazos lo adormecían. Luego de los rayos X se encontraron dos moscas muertas en el espaldar. Karpov y Korchnoi se hacían acompañar de hipnotizadores para que libraran una lucha paralela de magia blanca contra magia negra. Y hace poco Kramnik y Topalov redactaron diez páginas de reglamento para jugar sus partidas. El búlgaro se negó a darle la mano a su rival y terminó alegando que el ruso lo resolvía todo luego de las urgencias del baño.

Así que llego con aire detectivesco a mi trabajo como árbitro en el Torneo Panamericano de Ajedrez de la Juventud. Dispuesto a no aburrirme con las artes y las malicias de más de 500 jugadores entre los 6 y los 18 años. Pienso que podré suplir mis deficiencias en el tablero con la perspicacia propia del infiltrado. En la reunión de la Comisión Técnica mis propósitos de jugar a la contrainteligencia parecen confirmarse: el árbitro principal, un militar retirado —según me han dicho— coordina los detalles de logística con acento marcial.

Sin embargo, mi llegada se encarga de romper el ambiente severo de la audiencia. Mis compañeros de misión me reciben entre burlas, me regalan unas palmadas maliciosas y otras condescendientes. Las portadas de la revista que me envía me convierten en un sospechoso de malas movidas. Pregunto por el reglamento y me entregan una camisa blanca y una corbata negra. "Tranquilo que el árbitro prácticamente no interviene en nada, solo si los jugadores se lo piden". Salgo triste con mi disfraz de pastor evangélico debajo del brazo, pasé de espía a celador de ronda sin que se moviera una sola ficha. Jaque pastor. En la despedida, un árbitro barrigón de mirada torva me suelta su juego: "Y qué, solo va a mirar a las jovencitas de 15 o también le interesan los niños que juegan en el coliseo". Una carcajada y hasta mañana, día del paso al frente para los peones.


Ahora estoy sentado en la mesa de los jueces, asumiendo obligaciones mayores: cada media hora, más o menos, debo anotar el resultado de las partidas que van terminando. Los jugadores llegan acompañados de otro árbitro, recibo las hojas de anotación firmadas y le asigno a cada uno el puntaje que le corresponde en la planilla. En los ratos libres me dedico a leer un reglamento de ajedrez. Siempre me inquietó saber qué clase de enredos, más allá de un enroque chueco, podrían sacar el juego de los dominios de las 32 piezas. El catálogo resultó bien amplio: las jugadas ilegales, el acuerdo de las tablas, las manías personales que distraen al contrario, la indecisión que pone una mano sobre la pieza equivocada, las minucias del trato con el reloj y no sé cuántas situaciones más pueden convertir el juego en alegato, en un pequeño pleito de baranda con dos versiones opuestas y un juez que normalmente no ha visto nada. El ajedrez también puede ser una batalla de leguleyos.

Parece que el trabajo tiene que ver más con la objetividad y el tacto de los conciliadores que con el instinto de los fiscales. En 45 minutos he devorado el código de la Fide, mi única lectura disponible. Ahora me dedico a la conversación con mi colega de mesa. Aperturas famosas, Capablanca, la vigencia de la defensa siciliana… No, no doy la talla y terminamos hablando de salarios. Les pagarán 200 dólares por los tres días de torneo y podrán llevarse la camisa y la corbata, que son en parte una insignia ganada con cursos de ascenso: exámenes de reglamento, demostraciones de objetividad, largas caminadas entre las mesas de juego, experiencia en el manejo de los relojes y la enorme capacidad para ver una batalla donde casi todos ven una lenta rutina. Mi compañero de planillas, el más joven de los árbitros, me dice que un tiempo vivió de esta humilde vigilancia, persiguiendo torneítos por pueblos y barrios. "¿Aburrirse? Imposible, mientras haya alguien jugando hay acción, y detrás del ajedrez siempre hay personajes: un escultor de pueblo, un profesor, el mismo alcalde".

Han pasado dos horas y ya logré equivocarme al anotar un resultado en la planilla. Un punto para el perdedor y cero para el ganador. Mi compañero me lo dice con una sonrisa de reproche: "Te ibas cagando en mí. Estás amonestado verbalmente". Bueno, soy un inepto pero al menos espabilé un poco. Muy pronto pasamos a las frivolidades, el comadreo que encierra todo mundillo, porque no solo de jaques vive el hombre. Mi colega me señala con la boca a un peruano de la categoría Sub-16 que juega en una de las mesas principales: "El pelao es un duro, hace poco se ganó un torneo en Brasil y no volvió a la casa, allá se quedó viviendo con una mujer de 33 años, una garota, según dicen". Creo que es hora de abandonar la mesa en busca de las emociones de la cuadrícula.

Presumo de árbitro caminando entre los jugadores, con las manos atrás rogando que a nadie se le ocurra buscar mi sapiencia. Escojo la cara de cinco ajedrecistas para entretenerme con sus partidas: el peruano seductor y cuatro más con alguna particularidad: un niño uruguayo disfrazado de Harry Potter, una colombiana linda que frunce el ceño y mejora cantidades —no será Isolina Majul, pero tiene su estrategia—, un boliviano medio ciego y un antillano que mueve sus piezas y se ríe. Es un trabajo muy parecido al de cuidar el examen final de una materia ajena, vigilando alumnos impecables, concentrados en su hoja. Solo caminar, velar los juegos escogidos, recoger las hojas de anotación firmadas, buscar refugio en un partido de fútbol en una cancha cercana. Cuando estoy embelesado viendo el 11 contra 11 desde mi atril de juez del deporte ciencia, se me arrima un jugador. Nuevo sobresalto. Estoy a punto de llamar a un árbitro de verdad cuando el joven me pregunta si puede ir al baño. Retomo mi compostura y lo autorizo sin mediar palabra, con un movimiento de la mano y la cabeza. Luego de entregar mi solemne autorización, mi más importante gesto de autoridad hasta el momento, me arrimo a un corrillo de cinco árbitros que comentan con entusiasmo una mesa en la que acaba de resultar un ganador. Se ha presentado una anomalía digna de recuerdo, un primer corrillo luego de cuatro horas de torneo. "¿Qué pasó? ¿Qué pasó?", pregunto con un zumbido fisgón. "El mexicano que iba ganando perdió por tiempo, se le olvidó mirar el reloj y quedó con su ventaja pa enmarcar en el tablero", me dice uno de los árbitros con el gozo de autoridad de quien acaba de pitar un penal. No es momento para el famoso soneto de Borges: "…El tablero / los demora hasta el alba en su severo / ámbito en que se odian dos colores".



El avance de los relojes digitales ha ido avivando el ambiente. Ahora hasta, los policías que custodian las entradas al salón de juego parecen mirar con entusiasmo la partida más cercana. La "caída de la aguja" impone zarpazos contra el reloj y pulso fino para situar al perseguido en la guarida correcta. Es el momento para los pleitos y las patadas de ahogado por debajo de la mesa. Durante los últimos cinco minutos los jugadores son presa de un pequeño ataque de autismo: se agitan en la silla, mueven la cabeza de lado a lado, se paralizan, podrían gritar como Ricardo III: "Mi reino por un caballo". Al terminar la partida parece que el mecanismo de la cuerda se les hubiera roto, se entregan la mano con el último aliento, ensimismados después de la pequeña cruzada. A simple vista es imposible saber quién ganó, el final de ese corto sueño los deja sonámbulos por un momento.

El ímpetu de la última estrategia y las defensas agónicas propician el acontecimiento del día. En la mesa uno el peruano con acciones en São Paulo se enfrenta a un joven colombiano que parecía un rival fácil. Ambos tienen menos de dos minutos en sus relojes. El colombiano levanta la mano y llama al árbitro principal, pide que se decreten tablas, alega que una misma posición se ha repetido tres veces. El árbitro para los relojes, pide un tablero y fichas para intentar reconstruir la jugada por triplicado. Los jugadores y el árbitro se agazapan y mueven las fichas rodeados del corrillo de jueces. Todo se resuelve entre susurros. Los espectadores parecen más visitantes de un museo que entusiastas de algún derby. Luego de tres minutos de discusión se descartan las tablas y se reanuda el juego. Dos movidas más y los jugadores acuerdan tablas. Aplausos por el empate y por el final de la jornada. Han pasado más de seis horas, han terminado más de 250 duelos de engaño. Solo un reclamo ha atendido el Comité de Apelaciones, una gresca de alfiles, el ego de los padres detrás del Elo de sus hijos.

No se pueden negar los momentos de tedio del celador que no fuma ni oye radio, que no tiene voz para imponer su arbitrariedad, que sabe que sus rondas son inútiles y su corbata un disfraz y una soga. Pero es difícil aburrirse de largo frente a cientos de duelos entre las huestes que Nabokov movía con suficiencia, Einstein arriaba con más gusto que lujos y Stalin apenas espiaba detrás de las cortinas de los salones. Por algo se dice que Tolstoi usaba el ajedrez para salvarse del vicio fabuloso de la ruleta.



Saliendo de la unidad deportiva, pensando en los oficios aburridos, me llamó la atención un hombre que había visto al llegar en la mañana. Miraba encandilado una fuente entre el salpicón de deportistas de fin de semana. Ahora, al final de la tarde, fumaba delante de los mismos chorros de agua, todavía asombrado. Le pregunté por su trabajo y, entre bocanada y bocanada, me dijo que cuidaba la fuente. La prendía, la apagaba, la miraba todo el día. Un trabajo aburrido. Agua y cuscas. Me despedí pensando en volver a caminar como árbitro en la jornada del día siguiente. Y volví.

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