—¿Y usted qué hace aquí? Me preguntó en el camerino El Psicópata, con acento ecuatoriano y cara de asombro.

—También voy a luchar— respondí a secas, mientras me probaba mi indumentaria y veía cómo los otros luchadores hacían lo mismo.

—Pero así no parece luchador. Más bien póngase esto.

Miré sus calzones elásticos negros y entendí que la sobriedad también hace parte de la lucha libre, a pesar de los disfraces carnavalescos que muchos usan. Entonces me quité los de color rosado fluorescente que llevaba puestos encima de una trusa negra —a manera de superhéroe— y me los medí. Al verme en el espejo aprobé el atuendo que también incluía unas botas blancas, una capa negra y una máscara azul brillante con bordes plateados. Mis 100 kilos de peso y 1,86 m de estatura encajaban bien en este "disfraz".

Siempre se ha especulado que la lucha libre es un show montado para entretener y que sus golpes, las llaves y movimientos acrobáticos son simulados. Se dice que todo es un montaje. Y yo me encontraba a escasos minutos de poder confirmarlo o desmentirlo. Afuera, en las graderías del Coliseo Evangelista Mora de Cali, cuatro mil personas vociferaban expectantes, calentando el ambiente del

I Campeonato de Lucha Libre Extrema, para el cual me había preparado durante dos interminables meses.

Entrenamiento para masoquistas

La Arena Policarpa, enclavada en plena calle 3 sur con décima de Bogotá, es un lugar versátil: por la mañana sirve como comedor infantil y de noche se transforma en el espacio donde practican, en promedio, once luchadores profesionales, los martes, jueves y sábados. El gimnasio corre por cuenta de cada quien y el entrenamiento, con un costo mensual de cincuenta mil pesos, suele ser agotador. Un día normal empieza en un cuadrilátero de veintiséis metros cuadrados con todo tipo de ejercicios, saltos mortales, caídas sonoras y muchos golpes. Para un principiante como yo las secuelas son contundentes: dolores de nuca y espalda, espasmos musculares y la frustración de abandonar el entrenamiento apenas a los cuarenta minutos. Si a esto se le agregan los fuertes dolores de cabeza y los mareos, el resultado es desalentador.

Entiendo rápidamente que la clave es acostumbrar el cuerpo al sufrimiento, en tratar de volverlo insensible al dolor. Por eso los entrenamientos son muy fuertes y en ellos se gastan muchas calorías, razón suficiente para consumir proteínas en alimentos como pollo, pescado, frutas y verduras. Y esta fue, precisamente, mi comida mientras intenté ser luchador.

Pasado un mes, cuando pensé que me había habituado al ritmo de los entrenamientos, vino lo más duro. Makoto Morimitsu, un luchador japonés, me hizo arrodillar para patearme el pecho y la espalda diez veces seguidas. El Último Chingón, un mexicano que siempre entrena con su hijo de diez años, decidió ser más exigente: me hizo acostar en el ring y junto con Makoto se lanzaron cinco veces cada uno, desde la cuerda más alta (a 2,15 metros del suelo) contra mi estómago, cayendo con sus pechos y sus cóccix. Algo apenas natural, al haberles dicho desde un principio que me trataran como a un profesional más. Afortunadamente mi contextura ayudó a que no quedara fuera de combate tan rápido.

Aun así, un tirón en la ingle y una leve lesión en mi rodilla izquierda me obligaron a dejar de practicar algunos días. En ese lapso, José Luis, mi entrenador, me explicó que mi identidad dependería del tipo de luchador que encarnaría: técnico (luchadores rápidos y ágiles expertos en llaves y saltos acrobáticos), rudo (luchadores tramposos que no respetan las reglas y quieren ganar como sea), o el que domina los dos estilos, rudo volante (los más completos). Entonces indagué sobre el reglamento:

—¿Se pueden dar puños en la cara?

—Sí, pero con la mano abierta solamente.

—Menos mal —dije aliviado.

—Pero se pueden dar codazos…

Básicamente todo está permitido, a menos de que el árbitro "se dé cuenta" de alguna jugada sucia. En ese caso puede descalificar a un luchador, pero ya cuando el daño está hecho. Con las reglas "claras", era solamente cuestión de tiempo esperar el día de mi debut ante el gran público.

El otro lado del ring

Terry Gene Bollea supo que la lucha libre no era un juego cuando su primer entrenador le quebró una pierna. Tiempo después y con otra actitud, la gente empezó a decir de él que era más grande que Lou Ferrigno, el Hombre Increíble. Gracias a ello el joven Terry no tardó en encontrar su álter ego: Hulk Hogan. La fama alcanzada le sirvió para grabar una escena en Rocky III y establecer en 1984 un récord que nadie ha podido superar: ser campeón absoluto de la WWF, ahora llamada WWE (World Wrestling Entertainment), durante cuatro años y trece días consecutivos. Sus actuaciones le bastaron también para ser elegido por la revista Pro Wrestling Illustrated —la más importante de su género— como el número uno entre los 500 mejores luchadores de la historia y haber sido su portada 81 veces. En la actualidad protagoniza un reality show de su vida diaria llamado Hogan Knows Best y disfruta de un apacible retiro entre cámaras y reflectores.

James George Janos vino al mundo un 15 de julio de 1951 y en cincuenta años hizo lo que quiso. Siendo veterano de guerra de Vietnam, fue actor de reparto en Predator, uno de los luchadores más famosos de los años ochenta, conductor de varios programas de radio y televisión y hasta gobernador del estado de Minnesota (la lógica americana indica que si uno le rinde culto al cuerpo como Arnold Schwarzenegger y actúa en Hollywood, las probabilidades de alcanzar altos cargos públicos se multiplican). Mejor conocido como Jesse The Body Ventura, siempre recomendó "ganar si es posible y perder si es necesario, pero siempre hacer trampa". La fama y el dinero le sirvieron para tocar el cielo con sus músculos, pero fracasó en la política por su afán de protagonismo y su evidente falta de preparación, aspectos que sirvieron para ser visto por los medios como "un chiste surreal".

José Luis Espinoza, La Sombra del Ecuador, es luchador, entrenador, promotor y taxista. En treinta años de dilatada carrera ha sido El Tiburón, Chico Veloz, Hombre Araña y Relámpago Cubano, sobrenombres que sirvieron para acentuar su agilidad en el ring. Eran buenos tiempos los años setenta y ochenta en Colombia, cuando en El Salitre las peleas aún despertaban euforia, existían luchadores como El Tigre Colombiano y Henry London que convocaban público y se podía vivir exclusivamente de este deporte. Se quedó en Colombia por amor: aquí conoció a su esposa y estableció su Academia Mixta Colombian Superstars, lugar donde entrena a jóvenes promesas. La lucha le ha servido para todo, como aquella vez en que un delincuente lo quiso asaltar amenazando su estómago con un cuchillo; las llaves aprendidas le sirvieron para dominarlo y asestarle una paliza inolvidable.



Antesala de una velada tortuosa

La World Wrestling Entertainment fue democratizada en 1999 al poner a la venta diez millones de acciones a diecisiete dólares cada una. Cada luchador que compite en sus peleas lo hace sabiendo que está cumpliendo con un contrato millonario a varios años. La empresa explota su negocio a través de la producción de películas, documentales, libros y souvenirs. Todas sus peleas son televisadas, lo que le permite ganar muy bien por concepto del pay-per-view. Y si a todo esto se le añade que el precio de la boletería para un evento como WrestleMania —el campeonato que define al mejor luchador del mundo y que cada año convoca entre quince y veinte mil espectadores— oscila entre 50 y 2.910 dólares, es inevitable concluir que se trata de un negocio redondo.

Pero en Colombia no existe tal despliegue. La lucha libre no está reconocida por la legislación deportiva, hay escasez de patrocinios y los luchadores no son tratados como deportistas. A raíz de esto, cualquiera de los cuarenta luchadores activos en el país difícilmente gana quinientos mil pesos mensuales (si corre con la suerte de poder pelear). Por ello, la mayoría tienen otros trabajos que suplen el dinero que la lucha no da. Existen casos aislados como la WAT, un grupo de diecisiete deportistas que realizan combates en el Coliseo El Campín todos los jueves a las siete de la noche aunque están muy lejos de alcanzar las ganancias de la WWF o su equivalente mexicano: la entrada más barata cuesta seis mil pesos y la más cara, en el ringside, vale quince mil. De lo producido en taquillas ellos deben pagar el alquiler del coliseo y los honorarios de los organizadores y luchadores.

Por eso eventos como el impulsado por David Murcia, presidente de la Liga de Lucha Olímpica del Valle, son escasos en el país. Su organización costó 120 millones de pesos que sirvieron para cubrir dos días de alquiler del coliseo, pagar toda lo logística del evento, mostrar un show de gran calidad y asumir los viáticos de los protagonistas. Los luchadores europeos normalmente cobran entre cinco y seis mil euros por pelea (dos participaron en Cali y sus mánagers se quedan con el veinte por ciento), cifra inalcanzable en el medio local desde que en 1991 la última gran empresa dedicada a este deporte en el país, Palacio Deportivo, desapareció. Por eso ellos, con la idea de impulsar la lucha en Colombia, "apenas" cobraron mil dólares por dos peleas.

Perdido en el umbral del dolor

Cuando una persona es golpeada continuamente su cerebro no alcanza a registrar la información recibida. En un momento en el que el miedo llegue a niveles extraordinarios su descarga es tan alta que la emoción automáticamente distrae el dolor. La adrenalina empieza a inundar el sistema circulatorio y nervioso, haciendo que la frecuencia cardiaca y la presión arterial suban. La transpiración se incrementa, el color de piel cambia y hasta las pupilas se dilatan para mejorar el campo visual.

Ignorando que todo esto me iba a ocurrir, entre José Luis, Rodrigo López 'el Hispano' (el referee), Psicodélico (mi verdugo) y yo, convenimos que saliera a defender al árbitro cuando el tercero lo fustigara.

—Cuando esté discutiendo con él me atacas por la espalda y empezamos la pelea. Como no eres profesional no te daré tan duro.

Me sentí frustrado pues la identidad que había preparado no se conocería por la naturaleza de mi intervención. Me llamaba Zucarita en homenaje al perro del Fiscal General de la Nación, Mario Iguarán, un noble french poodle muerto en un trágico accidente canino que supuestamente le generó una profunda crisis emocional a su honorable amo.

Como el árbitro descalificó a Afrodita y Psicodélico por conducta antideportiva, este último empezó a recriminarlo. Según lo acordado, entré corriendo al cuadrilátero y le pegué dos puños en su pecho. Lo que no sabía es que lo pactado iba hasta ahí. Él me sujetó y recibí varias patadas de su compañera en mi estómago que me desplomaron inmediatamente. Ignoro si la adrenalina se exhala por las narices, pero estuve seguro de sentir su vapor atrapado entre mi rostro y la máscara. Acto seguido, Psicodélico trató de quitarme la máscara —la del mítico luchador mexicano Blue Demon—, pero recordé que esa es la peor humillación existente y le advertí que no lo hiciera. Entonces metió sus dedos en mi boca y estiró violentamente las comisuras de mis labios, haciéndome el famoso "anzuelo". Con el sabor de la sangre fresca en mi boca como detonante traté de encuellarlo en vano y me tumbaron otra vez. Se bajaron y como pude me escurrí fuera del ring. Los vi alejarse mientras escuchaba los gritos del público, como si vinieran de otro mundo. Justo ahí sentí que todavía faltaba más, que aún quería más de la lucha libre.

Me paré y corrí detrás de Psicodélico. Cuando lo tuve cerca lo embestí con todo el peso de mis 100 kilos y de un golpe certero lo envié contra los espectadores. Al verlo tendido en el suelo canté victoria. Gran equivocación. Afrodita me tumbó contra las frías baldosas del Evangelista Mora, y pasó lo inesperado: Psicodélico tomó una silla Rimax que había entre el público y la partió en tres pedazos contra mi espalda. Con la ayuda de un voluntario de la Cruz Roja caminé hacia la rampa mientras me di cuenta, con sorpresa, de cómo la multitud gritaba enardecida y varios niños agitaban sus sillas de plástico blanco supuestamente irrompibles. El emocionado narrador pidió un saludo para "el luchador incógnito" y la ovación de la gente hizo que mi piel se erizara.

La trasescena

Cruzando la rampa hacia la intimidad de los vestuarios y con una extraña mezcla de emoción y dolor me encontré con El Psicópata, quien me hizo varios comentarios y empezó a aconsejarme sobre mi estilo. Me indicó en qué había fallado, a lo que le respondí:

—Es que yo no soy luchador, soy periodista.

Me acostó en el suelo para examinar mi columna. Aunque yo sabía que estaba perfecta, me esperaban tres días sin poder moverme bien y un par de semanas con moretones por todo el cuerpo.

Psicodélico me envió una crema para mitigar el dolor que no sentí durante el combate. Fue entonces cuando Camilo George, el fotógrafo, me hizo un recuento de la pelea que sirvió para aclarar los baches en mi memoria: supe que un hombre mucho mayor que yo y más pequeño me alzó y me tiró contra el suelo, que antes de quebrarme la silla ya me había pegado con otra dos veces, que me habían pateado los testículos, que no se había imaginado que me fueran a pegar con tanta sevicia. Y que la gente no hizo más que gritar emocionada.

Fui al otro vestuario, donde descansaban mis contrincantes. El espectáculo había terminado. Psicodélico me recibió con una sonrisa maliciosa que, mezclada con sus ojos pardos, fue imposible no corresponder.

—Así es la lucha libre— me dijo.

No hubo necesidad de responderle. Había entendido que, al contrario de lo que la gente piensa, todo es real. Caminé con dificultad hacia ellos, héroes de un deporte a veces menospreciado, y le pedí a Camilo que nos tomara una foto, esa misma que hoy miro con una única certeza: todos los luchadores de Colombia son unos berracos.

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