Yo estaba convencido de que los recolectores de peajes eran invisibles. Nunca les había visto una cara ni mucho menos un gesto, y jamás pensé que la monótona tarea de recolectar los 4.600 pesos que tiene que pagar cada carro que pasa podría generar algún tipo de sentimiento. ¿Hombres? ¿Mujeres? ¿Robots? No tenía ninguna imagen sobre los peajistas, con excepción de una repulsión preconcebida por la inevitable asociación entre su tarea y las molestias que ella crea: detener el carro, bajarle el volumen a la música, preparar el billete, contar las monedas y hacer cola.

La aversión inconsciente hacia los operarios de retenes se alimentaba por el enorme placer que me produce conducir en carretera. La ruta, adelante, invita a soñar. Por algo, los poetas y los cantautores convirtieron los senderos en un lugar común: "Se hace camino al andar", "prefiero los caminos a las fronteras…", "caminito que el tiempo ha borrado"… Las vías abiertas significan esperanza, acercan los horizontes y acercan las aventuras. Generan la sensación de que los límites son superables.

Pero los recolectores de peajes atentan contra la ilusión de los caminos. Eso pensaba cuando me preparaba para hacer su trabajo durante una mañana de martes que seguía a un puente. Mi misión, que ya había aceptado, era recolectar el pago de peajes en Caiquero, después de La Vega, Cundinamarca, en el kilómetro 77.

Me paré en la caseta central de la carretera, mirando una curva sin destino predecible, pero que por la información disponible acercaba a los viajeros a la templada y pintoresca Villeta. Los carros que me pagarían el peaje, en otras palabras, estaban a una hora y media de llegar a su destino: Bogotá. Me vestí como lo hacen los recolectores: uniforme de tela delgada, zapatos de suela de caucho y cachucha que identifica la compañía a la que el Estado le delega la vital tarea de cobrar ese impuesto de viajeros. El objetivo del vestido no es que los peajistas hagan el oso, como podrían sugerir las fotos que acompañan este artículo, ni cumplir los requisitos que obligan a los empresarios a dotar a los trabajadores con uniformes adecuados para explotarlos sin que se den mucha cuenta. El objetivo es mayor: impedir que los recolectores se queden con parte de la plata que les reciben a los choferes. Los atuendos carecen de bolsillos para que sea imposible 'embolsillarse' el dinero.

Y no solo los trajes: el entrenamiento que recibí, la división del trabajo entre quienes intervenimos en la misión, las requisas intempestivas, el contrato sin término fijo de los peajistas, las cámaras de control que se sienten como un ojo abierto en la espalda y los mecanismos de recolección, todo, tiene como objetivo impedir que alguien se tumbe la plata. Al fin y al cabo miles de pesos, en billetes de baja denominación circulan por el pequeño equipo de personas involucradas en la cruzada de cobrar los peajes con los que se construyen y se mantienen las carreteras.

Hay otras estrategias planeadas para evitar que se esfumen los recursos: solo contratan mujeres porque son más honestas que los hombres; jóvenes, porque son menos mañosas que las viejas; de la región, porque son menos confiadas que las de afuera. No duran mucho tiempo en sus cargos, con excepción de las que baten registros de cifras recolectadas. Laboran jornadas largas, de 8 horas o de 12, con breves descansos de 15 ó 20 minutos para almorzar o para ir al baño. Pues una vez se instala uno en el peaje, con sus instrucciones, su uniforme y su cachucha, no se permite nada: ni música, ni radio, ni un paquete de papas con gaseosa. Nada que distraiga la concentración que requiere el oficio.

Porque la función es más compleja de lo que parece. Tiene sus truquitos. No todos los carros tienen que pagar lo mismo y yo, que poco distingo en materia automotriz, tuve que hacer un esfuerzo para captar, durante los breves segundos que tenía para identificar, cobrar, verificar el pago, dar vueltas, registrar el ingreso, entregar el recibo, etc., …a qué categoría pertenecía el carro: para el normalito, se marca 1; si tiene dos llantas atrás, se presiona el 3; si tiene cuatro ejes, se espicha el 4 y si tiene cinco, se presiona el 5. ¡Joder! Cada una de las anteriores, por supuesto, implica una tarifa diferente. Muuuuyyy difícil.

Hace un calor pegajoso bajo un cielo que es más nublado que azul. No tengo dónde sentarme, porque si tuviera me entraría la modorrota típica de los climitas templados y aquí hay que estar muy despierto. No soporto la bendita cachucha del Invías, la entidad gubernamental que no maneja, sino delega, la recolección de peajes, pero cuyo inspector puede aparecer en cualquier momento para ver si la operación se cumple sin problemas ni trampas. Me paro en la puerta del 'peaje', que está localizado en la mitad de la vía y que tiene dos puertas: a mi izquierda recibiré los desembolsos de quienes van a Bogotá. A mis espaldas, con puerta hacia la derecha de la vía, una colega recoge el dinero de los que salen de la capital.

Estoy confundido por la cantidad de pensamientos que se me cruzan: ¿cuántas categorías son? ¿Los carros rojos cuánto pagan? ¿Qué hago con la plata? ¿Cómo es el poema de Antonio Machado sobre los caminos? ¿Por qué no para de mirarme mi compañera de cabina, Deisy, y cómo hace para trabajar con semejante tranquilidad, habilidad y desenvoltura? ¿Viene un carro? Y otras más: ¿la jefa del peaje —la que no recibe plata sino se sienta en la oficina del lado de la carretera para mandar, supervisar y controlar— es aliada o me la quiere montar?

Viene un carro. Respiro profundo. Desparecen por arte de magia mis cavilaciones atropelladas sobre los poetas que caen en el lugar común de asociar los caminos con las esperanzas, sobre las instrucciones del botón que tengo que espichar, sobre el buen trato que debe recibir el conductor… ¿Dos ejes? ¿Cuánto le cobro? ¿Qué hago con las vueltas? ¿Hay vueltas? Parece un Renault vinotinto normal de padre de familia de clase media, pero después me parece un Mercedes ministerial y en un momento se convierte en un Porshe rojo de traquetos. Ni importa: papá clase media, ministro o traqueto tienen que pagar igual, porque es claro que no tienen más de cuatro llantas y dos ejes: presiono el dos, el tablero dice que la tarifa son 4.600 pesos, del carro sale un brazo que me entrega un billete de 5.000, el cambio está a la mano, el recibo sale automáticamente porque ya presioné el dos, el cliente se va. ¡Ufff! La atractiva inspectora que se instaló a mi lado con cara de vengo-a-ayudarte, pero que genera sospecha de que lo que piensa es vengo-a controlarte-porque-tienes-cara-de-que-te-vas-a-embolatar, sonríe. Prueba superada.

De ahí en adelante, la cosa se facilita. Casi todos los carros son categoría dos. Cuando viene un 'tres', y lo marco como dos, la mano protectora de mi compañera-solidaria-controladora me agarra el brazo con brusquedad y con sonrisas lo conduce al botón adecuado. Pasan los carros y cada vez me embolato menos en el rápido trajín de mirar, seleccionar la categoría, cobrar, contar, dar las vueltas, entregar el recibo y decir una frase que puedo escoger de un menú ("buen viaje", "que tenga un buen día", "felicidades, señor"). Como que le estoy cogiendo el tirito a la vaina.

Entonces me siento confiado. Creo recordar que hasta se me salió un silbidito mientras apoyé las dos manos cogidas atrás y apoyadas en la puerta, pies igualmente cruzados, cachucha que me doy el lujo de dejar en la mesa porque siento calor, y mirada que se vuelve a tropezar con la curva que conduce a ninguna parte pero que, según los datos, lleva a Villeta. De pronto, mi compañera de cabina, que no ha parado de mirarme, le agrega a su actitud fiscalizadora una frase intimidante para decir que le gustan mis ojos. Carraspeo, vuelvo a mirar la curva sin destino evidente y le recibo el peaje al siguiente vehículo —buseta categoría tres porque tenía dos ruedas atrás— y siento que metí los billetes de dos mil que me dieron en la casilla equivocada, y que ese desliz me puede complicar las cuentas que tendré que hacer al entregar el puesto, o antes si para evitar problemas decido hacer un corte de cuentas para entregar plata y no asumir los riesgos de manejarla durante mucho tiempo.

Pero decido, más bien, no dejarme intimidar. Le acepté el diálogo a Deisy, mi compañera de la caseta localizada en el centro de la vía. Y me gané la confianza, pero para lograrlo tuve que pasar otra prueba. Se dio cuenta de que, por mi falta de experiencia, estaba entregando demasiado menudo y que me podría quedar sin vueltas. Me hizo caer en la cuenta de que podía llegar a tener un problema, pero me ofreció ayuda con un consejo y con una trampa. El consejo: hablarle al conductor y pedirle sencillo. Otra cosa para recordar. Y la trampa: me ofrece menudo a cambio de un billete de 50.000 pesos. Lo acepto, viene un carro categoría tres, lo hago bien, pero solo después me queda la sensación de que Deisy no me dio los 50.000 completos: faltan 5.000. Su risotada me corrobora que era cáscara que, por fortuna, no pisé.

Deisy se las sabe todas y ha pasado por más de una experiencia simpática. Hace poco un conductor, después de recibirle el cambio, se puso a vociferar acusándola de que no se lo había entregado completo. Ella hizo cuentas, revisó, y miró a los ojos de la mujer sentada en el puesto del copiloto en busca de solidaridad femenina. Nada funcionó. El macho se bajó furioso del carro, fue a donde la inspectora y gritó tanto que esta no tuvo más remedio que ordenarle a mi colega que se desvistiera para demostrar que no se había guardado plata debajo del uniforme sin bolsillos y diseñado para que nadie puede embolsillarse nada. El exaltado conductor tuvo que aceptar la evidencia, regresó a su carro y retomó el volante, y cuando mi compañera de caseta volvió a buscar los ojos de la señora del energúmeno, ya no en busca de solidaridad sino de alguna explicación, se encontró con una frase que la curó para siempre del miedo a los clientes:

—Es que está borracho y quería ver una vieja en bola— aclaró.

La anécdota me hizo pensar que los recolectores de peajes no necesariamente son invisibles para los conductores. Hasta ese momento jamás había visto una recolectora con cara memorable o grabada. Deisy me cuenta que ella y sus colegas reciben piropos y a veces la mano que alarga para entregar la plata y recibir las vueltas trata de agarrar también una mano. Los recolectores no somos invisibles.

A los pocos minutos apareció un Chevy viejo y maltratado, azul celeste descolorido, con un chofer manteco acompañado de una esposa aburrida e hijos dormidos en el asiento de atrás. El tipo me miró: le pareció que mi cara era conocida. Y sin vacilar ni pensar me preguntó que si yo había sido Contralor, yo se lo negué entre perplejo y ofendido, él hizo un gesto indescifrable cuando le di el cambio y luego, mientras metía primera para arrancar a toda, se volvió a mirar a la esposa aburrida y le depositó una rabia cuyo destinatario, probablemente, tendría que haber sido yo.

— Este hijueputa fue Contralor— le dijo.

El ambiente se calienta. Ya casi es mediodía, el asfalto de la vía se impregna del olor a combustible de los carros que pasan. El ruido de los motores es más fuerte que el de la mañana, no sé si porque hay más vehículos o porque se va volviendo insoportable, y los periodos entre carro y carro se sienten cada vez más largos. A medio día me presento en la caseta donde se supervigila toda la operación y hago el reporte del conteo: en dos horas atendí 98 vehículos, 77 de categoría 1 y 21 de categoría 2, para un recaudo total de 446.600 pesos. Las cuentas no cuadran: me faltan 1.200 que tengo que poner de mi plata, porque en estos balances opera la ley del embudo: si falta, uno pone, y si sobra, va para la empresa.

Un rayo de nostalgia inexplicable se me atraviesa cuando firmo la planilla para terminar la tarea. Tal vez por dejar a mis simpáticas compañeras. Sobre todo a Deisy, quien me despide con un piropo más: "Yo me pido hacerle el arqueo", dice entre risas y simula que ella, y no su superiora, me va a hacer la requisa de rigor que siempre les hacen a los peajistas para revisar si han logrado esconder algo. Me pregunto si el oficio es tan aburrido como parece y tengo que concluir que no: que esa mañana de martes en el retén de Caiquero fue divertida. Claro: estuve apenas dos horas y media. Pero eso mismo durante 8 horas, o 12, y seis días a la semana, se vuelve monótono y hasta estresante. Me dicen que, incluso, los recolectores normalmente no duran mucho tiempo en sus trabajos.

Me estoy subiendo al carro que me llevará de regreso a Bogotá y que pasará por uno que otro retén. ¿Quién lo atenderá? ¿Tendrá las vueltas listas? Desde aquel martes, cada vez que pago un peaje miro quién me cobra, me fijo en su destreza para manipular los billetes y las monedas y me pregunto si espichó bien el botón correspondiente a la categoría de mi carro. Esas dos horas de trabajo en el carril número tres del peaje a Villeta me enseñaron que las peajistas, a diferencia de lo que siempre pensé, no son invisibles.

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