En Catedral, un cuento de Raymond Carver, leí que los ciegos no fumaban porque no podían ver el humo que se desprende del cigarrillo. La visión de la delgada estela desvaneciéndose en el aire, sumada a los 0,7 mg de adictiva nicotina que trae cada cilindro de tabaco, es el motivo que llevaría al fumador a entregarse a una pequeña dosis diaria de muerte.

Me dispongo a comprobar la teoría. Una mesera del Café Pasaje me da fuego y siento estallar el encendedor en mi cara.

Llevo cinco horas con los ojos tapados por unos parches oclusorios, así que mis adormilados oídos parecen haber despertado del largo sueño cotidiano y me transmiten una cantidad de información que usualmente pasa inadvertida. Por ejemplo, el ruido de la piedrecilla del mechero, la chispa y el contacto con el gas que terminan en una explosión. Le doy varias caladas rápidas al cigarrillo para asegurarme de que coja fuerza y no se me apague pronto. Aspiro y boto, pero lo que sale de mi boca es aire, puro aire. Me parece estar soplando una torta de cumpleaños inexistente. Es verdad, si fuera ciego no fumaría, no le vería mucho sentido, como muchos otros, la mayoría, no le encontrarían sustancia a la vida si no pudieran ver las manchas de un tigre, unas largas piernas cruzadas, un siete cueros florecido o a Robert de Niro repleto de opio, sonriendo al final de Érase una vez en América.

Aunque este no es precisamente el caso de Wálter Azula. Él nació con una subluxación en los cristalinos, una especie de catarata a una edad muy temprana que lo dejó invidente a los once años. A pesar de que hace tres décadas sus ojos se convirtieron en dos globos yertos, Wálter conserva cierta memoria visual. Obviamente alterada después de tantas jornadas sin ver. Es probable que si por algún azar del destino recuperara la vista, no podría reconocer a su padre si este guarda silencio, o a su madre, si no siente su mano sobre su mejilla.

Así le pasó a Virgil, un fisioterapeuta que volvió a ver después de cuarenta años. El caso está registrado en el libro Un antropólogo en Marte, del neurólogo Oliver Sacks. Al ver de nuevo, Virgil tuvo serios problemas para comprender lo que se le ofrecía. Captaba detalles pero no podía ensamblar una imagen concreta. Veía la pata, la cola, las orejas de su gato, pero tenía que palparlo para reconocerlo. Con las imágenes en dos dimensiones tenía muchas más complicaciones. La idea de representación no estaba en él. En las fotos o cuadros veía manchas coloridas. Quizás ahí estaría la genialidad de ciertos pintores contemporáneos. Ser capaces de desmontar la realidad y verterla en forma pura y color, o incluso pintar un objeto bajo dos haces diferentes de luz a la vez.

Sacks transcribe otro caso, el de S.B., tratado por su colega Richard Gregory: "Encontraba feas algunas cosas que antes adoraba (incluyendo a su esposa y a sí mismo) y frecuentemente le enojaban los defectos e imperfecciones del mundo visible".

Antes de encontrarnos en el INCI (Instituto Nacional para Ciegos), donde Wálter trabaja desde 1992, recorrí a pie las escasas quince cuadras que separan mi casa de su lugar de trabajo. Haciendo uso de mis ojos habría tardado a lo sumo veinte minutos. Del brazo de mi lazarillo gasté el doble y las calles que transito con frecuencia se me hicieron extrañas y peligrosas. La ciudad está llena de trampas para los ciegos bogotanos. Los 4.400 invidentes registrados —en todo el país son 38.000, aproximadamente—, lidian con andenes destrozados o reformados caprichosamente, bolardos cada dos metros, señales de tránsito dobladas, losas sueltas y restos de cemento que al secarse se han convertido en zonas rugosas, verdaderos policías acostados para sus pies.

Al adentrarnos en avenidas más concurridas mi cerebro se congestionó. Toda la información visual, que a diario proceso sin darme cuenta, se repartió en los desniveles leídos por la suela de mis zapatos, en los sobresaltos producidos por la estridencia de los carros —me pareció estar caminando en medio del tráfico. Al llegar a la Caracas sentí rugir algo así como un tren que resultó ser un bus de TransMilenio—, en jirones de conversaciones a las que jamás les habría puesto atención —"…tenemos que usar varillas de media pulgada. Marica, le juro que yo no estaba mirando a su novia. Ahí te llevo una caja de Loratadina"—, versos de vallenatos antiguos susurrados —"…oye, soledad, amiga del silencio, por qué no vienes y calmas mis penas que mi alma está llena de horribles tormentos"— y una infinidad de vapores provenientes de las ventas callejeras y los propios transeúntes. Vientos con olor a manzanilla, ráfagas de chicharrón requemado con arepa, rastros del perfume que usaba mi madre en los años ochenta. Esa bomba sensorial que tuve que registrar por partes me agotó a las pocas cuadras. En el INCI encontré descanso. El fuerte olor a hipoclorito con que desinfectan los pisos de las entidades públicas me hizo pensar en un espacio higiénico y por extensión sin irregularidades, lejano al caos de las aceras. Me anuncié al celador y solo al oírlo hablar por el citófono supe que estaba dándole la espalda. Tomé el ascensor hasta el cuarto piso, donde me esperaba Wálter. Mi lazarillo me contó que el cableado del ascensor estaba al aire, cosa que lo llenaba de temor. Como no podía ver no me asusté en lo más mínimo. La sensación de peligro proviene en buena parte de la información visual. Así me había pasado diez minutos antes, cuando un jeep casi nos atropella a la vuelta de una esquina. Sentí el jalón de mi amigo y un hijueputazo largo. Solo por el temblor de su voz supe que habíamos estado cerca de un funesto accidente. Él vio la muerte, yo ni la sentí.

Extiendo mi mano y Wálter hace lo propio. Por un momento son dos extremidades que no se encuentran, pero su pericia para hallar lo que desea entre la niebla disipa mi embarazo. Nos saludamos desde las sombras. Solo sabemos de nuestras voces y de la textura de nuestras manos. La oscuridad que ahora me acompaña dejó de ser angustiante para él hace mucho tiempo. Me dice que ponga mi palma izquierda sobre su hombro derecho y que lo siga. Estoy siendo guiado por un hombre que dejó de ver hace treinta años. Me entrego, no tengo otra opción, pero lo hago sin miedo. Llegamos hasta su escritorio y nos sentamos. Esto es lo primero que me dice:

—No creas que por tener los ojos tapados vas a vivir como un ciego. Apenas si te vas a asomar.

Más tarde, al leer el artículo de Sacks sobre el caso de Virgil, comprendí el verdadero sentido de lo que me dijo.

El neurólogo se ha interesado en describir el pulso creativo que se esconde detrás de cada enfermedad, la manera en que el cerebro se ve catapultado a reordenar el mundo a partir del autismo, la amnesia o el síndrome de Tourette. En un párrafo encontré la causa de mi repentino cansancio después de una caminata que no superó la hora. "Nosotros, con toda una serie de sentidos, vivimos en el espacio y en el tiempo; los ciegos solo viven en el tiempo, pues construyen sus mundos a partir de secuencias de impresiones (táctiles, auditivas, olfativas) y no son capaces, como sí lo es la gente que ve, de tener una percepción visual simultánea. De hecho si uno ya no puede ver en el espacio, entonces la idea de espacio se vuelve incomprensible". Mi agotamiento se debía a que el mundo no se me entregaba a partir del espacio y por lo tanto tuve que reconstruirlo a partir del tiempo. Para ilustrar aún más esta condición temporal por encima de la espacial en los invidentes, Sacks transcribe el testimonio de John Hull, un ciego que, como Wálter, perdió la vista siendo niño: "El espacio se reduce al propio cuerpo, y la posición del cuerpo se conoce no mediante los objetos que han pasado sino por cuánto tiempo han estado en movimiento". Por eso, para los ciegos las personas no están presentes a menos que hablen. Para los ciegos los individuos llegan de la nada y así mismo desaparecen. En la medida en que las compañeras de Wálter guardan silencio no existen para ninguno de los dos. Pero apenas Sandra suelta la primera frase sobre el software que el INCI ha desarrollado a partir de otro creado por Microsoft llamado Jaws, para que los invidentes puedan usar computadores y navegar en Internet, su presencia se magnifica. Me explica que el programa se puede bajar a través de su página y no tiene ningún costo, un alivio si se tiene en cuenta que el 92 por ciento de la población de invidentes en Colombia pertenece a los estratos 1, 2 y 3 (el Jaws vale casi cinco millones de pesos). Después calla y se desvanece.

Wálter me propone que vayamos a la biblioteca del primer piso. Le sugiero que realicemos nuestra excursión por las escaleras. Descendemos, yo a tientas, él seguro del camino. Tiene mapeada toda la oficina. Me avisa con tiempo si nos vamos a encontrar con una puerta o una matera. Saluda por su nombre a todas las personas que se cruza. En el salón de lectura me presenta a la bibliotecaria. Le hablo a una cara que nunca podré identificar y eso me hace sentir un poco incómodo. Pone en mis manos libros en Braille, el método de lecto-escritura basado en seis puntos en relieve que permiten 63 combinaciones diferentes, una para cada letra, número y signo de puntuación.

Después de hacer el bachillerato llevando sus cuadernos en Braille, Wálter quedó un poco hastiado. De hecho utilizó muy poco el método en la universidad. Es sociólogo de la Nacional. Prefería grabar algunas clases o armar un grupo de estudio a llevar un mamotreto en la maleta. Comprensible. Por cada hoja en tinta salen tres o cuatro en Braille. Hoy, Wálter prefiere los audiolibros o los libros en formato digital. Tiene pensado llevarse a su casa el Llano en llamas, de Juan Rulfo, para leerlo —oírlo— el fin de semana. Así pasa el tiempo, pendiente de las carreras de Fórmula Uno y leyendo, aunque a veces se sienta frente al televisor para acompañar a sus dos hijos a ver Animal Planet.

Antes de irnos, la bibliotecaria nos pone Lolita en el lector digital. Leído en voz alta adquiere una turbia fuerza, una poderosa resonancia. "Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita".

Son las doce, la hora del almuerzo. Vamos hasta un restaurante ubicado en la calle 35. El tráfico ha cambiado. Siento las busetas encima de mí, los pitos taladran en mi oído y aún así distingo el trino de uno que otro pájaro. La gente pasa apurada. Alguien choca contra mi hombro, pide perdón y sigue su camino hacia la nada. Llegamos al sitio. Wálter va con Marcela, una amiga del trabajo. El primer piso está repleto. El bullicio es infernal, parece un estadio. Subimos a la segunda planta. Esta vez las escaleras, en forma de caracol, me dan bastante trabajo. Nos sentamos y ordenamos. Wálter pide un plato mixto de carne y pollo. Yo me arriesgo con una comida difícil. Pido fríjoles. Le rogamos al mesero que nos saque la orden con las carnes ya cortadas. Se le olvida. Marcela nos ayuda con la trinchada. La mesa es bastante estrecha. Debo recordar dónde está cada cosa para no hacer un reguero. La supervivencia de un ciego depende en alto porcentaje de su memoria. Wálter sabe exactamente dónde está cada par de medias y camisa en su clóset. Marcela me explica la disposición de cada alimento según las manecillas del reloj. Aguacate a las doce, carne a las tres, arroz a la seis, plátano a las nueve. Los fríjoles humeantes están en un tazón aparte. Ubico la cuchara y me lanzo. Mi mano tiembla hasta la boca. Es curioso pero no la encuentra tan fácil. Hay que concentrarse. Mi lazarillo me pregunta qué tal están. Se ven bien buenos, dice. La verdad, no me parece. Sin embargo, es posible que me falte observarlos nadando en el espeso caldo para que los pueda disfrutar por entero. Al verlos mis papilas segregarían más saliva de lo normal. Por primera vez extraño seriamente poder ver. Tanta tensión —casi me trago un pedazo de aguacate con cáscara y varias veces creí tener un pedazo de carne y en su lugar me llevé un trozo de maduro, confundiendo mi cerebro por un segundo— me impide disfrutar de la comida. Me aferro a la limonada. Solo al terminar me doy cuenta a través del tacto que la mitad del plato con el arroz y lo demás ha estado por fuera de la diminuta mesa. Otro peligro no percibido.

Acuerdo con Wálter encontrarnos antes de las cinco para acompañarlo a La Calera, donde vive hace cinco años con su familia. Todos los días baja desde el pueblo a la ciudad. Está a las siete de la mañana en su escritorio. Decido ir al centro. Bajo del codo de mi lazarillo hasta la Caracas para coger TransMilenio. Ha empezado a lloviznar. Entramos en la estación. Pasan dos, tres buses repletos hasta que nos decidimos entrar en uno que tiene algo de espacio. Mi nariz cambia del olor de la lluvia sobre el pavimento y el smog a una mezcla fuerte comandada por una ruana mojada y el aroma a aceite Johnson y Johnson de algún bebé. Dos estaciones más adelante alguien me cede el puesto. Me siento y no sé por qué pienso que el asiento está paralelo a la ventana. Por varias cuadras viajo en una posición extraña. De repente dos niños hablan en español e inglés. Trato de averiguar su vida pero tenemos que bajarnos. La gente me abre paso. Al salir del bus la luz y el sonido de la ciudad viviente irrumpen. En un semáforo de la séptima le pido a mi lazarillo que me deje solo y hago la prueba de fuego. Le pido a un total extraño que me ayude a pasar. El que lo hace es un cojo. Los diez pasos son eternos, como en cámara lenta, con todo el tráfico expectante. Una vez alcanzo la otra orilla me relajo. Doy las gracias y me despido. Otra cara que jamás reconoceré. Recorremos las callejuelas del centro hasta refugiarnos de la lluvia en el Café Pasaje.

La mesera me enciende un segundo cigarrillo. Al aspirarlo ya no estoy tan seguro de no ser un fumador en caso de quedar ciego. Es verdad, no veo el humo pero siento un sabor más pronunciado en el tabaco que me agrada. Todo es cuestión de costumbre. La plasticidad del cerebro es asombrosa. Otro de los casos consignados en el libro de Sacks habla de un pintor que después de un accidente se quedó ciego al color. Veía en blanco y negro, situación que le causó una depresión suicida los primeros meses, pero al tiempo empezó a darse cuenta de que veía "sin la confusión que aportan los colores. Ahora el señor I. ve cómo destacan ante sus ojos ciertas texturas y estructuras sutiles que, al estar rodeadas de color, normalmente quedan oscurecidas para la gente con visión normal". Un día vio el sol salir sobre la carretera y le pareció la cosa más impresionante del mundo. Reprodujo la sensación en un cuadro que tituló Amanecer nuclear.

Pagamos, pero antes debo ir al baño. Me da lo mismo prender la luz o no. Cierro la puerta. Con los pies tanteo el retrete y me hago una idea de qué tan lejos está. Al principio mi chorro tibio no se oye. Qué desastre. Corrijo rápidamente y salgo apurado. En caso de quedar ciego, situación que se presenta cada cinco segundos en el mundo entre la población adulta, me gustaría vivir en el campo, poder orinar contra los troncos de los árboles.

Wálter nos espera en la recepción. Tomamos un taxi hasta la calle 72. Tiene que entrar a Cafam antes de tomar el colectivo que lo lleva a La Calera. Me habla de la ceguera a través de los siglos, de Esparta, la ciudad guerrera de los griegos, donde los invidentes eran arrojados por una colina; de cómo en el cristianismo los limitados cumplen una función muy importante: son los que permiten a los creyentes cumplir con la caridad y la misericordia; cómo en la edad moderna se les empezó a dar asistencia especial, pero a la vez se les aisló con el estigma de anormales y cómo finalmente todo cambió gracias a las dos guerras mundiales. El estado tuvo que diseñar programas de rehabilitación para ocuparse de los miles que quedaron con alguna discapacidad. Me lo menciona mientras le ordena al taxista bajar por la calle 65. Sabe exactamente dónde estamos. Tiene registrado cada bache o imperfecto del trayecto en su cuerpo. En Cafam hace sus compras con la ayuda de un empleado del supermercado que lo conoce y luego subimos por toda la 72. La calle hierve de vendedores ambulantes que debemos esquivar con cuidado. Por primera vez mi lazarillo me dice que está usando el bastón. Wálter me explicó que duró mucho tiempo en aceptarlo, que de hecho no le tiene mucho aprecio, no en vano es el símbolo público de una discapacidad con la que conviven 48 millones de personas en todo el planeta, casi el total de la población de Colombia.

En la once nos espera el colectivo. Entramos y nos ubicamos al fondo. El viaje de 40 minutos me marea. Después de sentir cada curva en los riñones llegamos a nuestro destino. Son las seis y media de la tarde, más de ocho horas con los ojos tapados. He decidido que al bajarme me quitaré los parches y veré al que ha sido mi guía. Me los saco. La luz me hiere. Parpadeo, mantengo los ojos cerrados, abro de nuevo y transcribo la información. Esta mañana salí de mi casa y ahora estoy en un pueblo rodeado de montañas. Otra vez la vista eclipsará mis otros sentidos. Wálter, dónde está, necesito verlo.

Es grande y parece más joven de lo que imaginé. Guarda algo de Oso Grizzly. Tiene jeans, un saco de montañista y unas gafas de sol azules. Veo su cara, su bastón de aluminio importado de ochenta mil pesos —los nacionales valen la mitad— y a su hijo, que lo ha estado esperando en el paradero, prendido de su mano. Quiero agradecerle por algo que todavía no he relatado.

En el cuento de Carver un ciego visita a una pareja de esposos. Es amigo de la mujer y el hombre, que no lo conoce, está incómodo. Cenan y de repente ella se siente muy cansada, así que los deja solos. Ven televisión, un programa sobre catedrales. El ciego pide que se las describa pero el hombre no logra hacerse comprender. Le propone que la dibuje. Traen papel y ambos se aferran al lápiz. El esposo comienza a trazar líneas hasta que el ciego le sugiere que cierre los ojos. Dibujan por largo tiempo. "Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero ya no tenía la impresión de estar dentro de nada. —Es verdaderamente extraordinario —dije". En la biblioteca, Wálter tomó mi mano y me hizo recorrer un mapamundi. Estuve en Rusia y después en el Japón. Después me guió por un diagrama del sistema solar. Pasamos por Mercurio, Venus, Marte, hasta llegar a Saturno. Por primera vez en mucho tiempo me sentí lejos de todo, me abandoné. Fue algo verdaderamente extraordinario.

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