Así como el mundo se divide entre católicos y musulmanes, entre cachacos y costeños, entre partidarios de Millonarios y de Santa Fe, también se divide entre quienes usan corbata y quienes la detestan. Y estos últimos siempre tienen el argumento de que, además de ser incómoda y clasista, no sirve para nada.
Pero no, la corbata no es cuestión de credo ni raza, ni de clase social. Ni siquiera es moda. Ni trata de enviar mensajes subliminales del tipo “yo estoy bien, tú estás mal”, porque uno use o no corbata. Nada de eso. La corbata es un artículo de primera necesidad. Casi de la canasta familiar.
Por ejemplo, sirve para diferenciar a los solteros de los casados, ya que según se dice cuando a un soltero le cogen la corbata es como si le cogieran lo que sabemos, y cuando a un casado le cogen la cosa, es como si le cogieran la corbata.

Pero vayamos a funciones más prácticas. A quién no le ha sucedido encontrarse en una carretera oscura, subiendo a Fusa, por ejemplo, y suaz, la correa del ventilador saca la mano. Entonces hay dos alternativas: la media velada de la señora, que en caso de venir de tierra caliente no existe, o utilizar la corbata. Y, claro, la corbata es la elección, y le puede salvar a uno la vida.
Y díganme si en una cita a ciegas una corbata no es un elemento indispensable para el reconocimiento de la contraparte, cuando la dama dice: “yo voy con una fucsia en el ojal” y el galán responde “yo voy con una corbata en la cual se lee un poema de Keats, o una cita de Martín Barbero”. Ahí la corbata como sistema de identificación es infalible. Mucho más eficiente que los sistemas modernos de identificación que leen un chip o el iris del ojo.
En el caso de la investigación policial, se sabe que la corbata ha sido elemento vital en el reconocimiento de la víctima o del victimario. En uno de sus más sonados casos, Sherlock Holmes descubrió al asesino del Castillo Wharton al darse cuenta de que el Conde Marlborough siempre se chorreaba la corbata cuando comía, y junto al cadáver de la condesa encontraron una corbata con huellas de espagueti, y luego al Conde en una orgía amorosa con una joven sobrina de la víctima y, claro, sin corbata. De no haber sido por nuestra amada prenda, el crimen jamás habría sido descubierto.

Y en el mundo del espionaje moderno la corbata ha jugado un papel principalísimo. En el caso Profumo, el célebre estadista británico, se sabe que le gustaba hacer el amor desnudo, pero con corbata. De esa manera podía dar gusto a sus apetitos sin perder la dignidad. El asunto es que a su amante favorita –esa sí resultó ser la espía–, en el portafolio de secretos de estado encontraron una de las exclusivas corbatas del ministro inglés, y así pescaron la evidencia para condenar al descuidado Profumo. Las corbatas nunca se pueden dejar por ahí... porque se dañan. Pero también, gracias a este sonado caso, Scotland Yard y Napoleón Higgins iniciaron una muy juiciosa investigación en la cual se encontró que hacer el amor con corbata produce 5,28 veces más placer que realizarlo sin ella. Es decir, sin la corbata, no sin la amante.

La película The Full Monty, ganadora de varios Óscares de la Academia, y que puso de moda el strip-tease masculino, convirtió igualmente a la corbata en la última y la más sexy de las prendas que un caballero se debe quitar.Pero también la corbata puede ser un elemento que defienda el pudor y la virginidad cuando se convierte en cinturón de castidad. El único problema es que deben seguirse muy al pie de la letra las instrucciones que se encuentran en el Manual práctico de la castidad, publicado por Calleja Editores a mediados del siglo XIX, y que recomienda usar una corbata suficientemente ancha (un metro con cincuenta, por lo menos), con ilustraciones votivas, que se haya dejado al sereno por tres noches consecutivas y hacerle por lo menos siete nudos de los que llamaban en
Bogotá, hace muchos años, nudo de tranviario.

Y explorando otros terrenos, ya vimos el caso de la corbata con espagueti. Pues bien, existe una relación íntima entre la corbata y la comida. Tenga usted al frente un plato exquisito, un momento gastronómico maravilloso y no existe salsa que se resista a probar la corbata. O la corbata a meterse en la salsa. Es una atracción fatal, sin duda alguna. Incluso se han producido piezas artísticas y fotográficas en las cuales se muestra a la corbata en forma de platos de comida. De manera que la corbata también es un motivo artístico muy utilizado por grandes pintores y fotógrafos.
Y del arte pasemos al mundo de la aventura, el campo y la naturaleza. En un rodeo resulta más emocionante enlazar un toro con una corbata que con un rejo de la finca. Vale la pena experimentarlo. Dicen que el famoso nudo utilizado en estos menesteres está inspirado en el nudo corredizo de las corbatas. Igualmente en los deportes extremos que están tan de moda, la corbata puede ser una nueva herramienta de riesgo, cuando en lugar de usar esas bandas de caucho para hacer caída libre desde el puente de Girardot, se utilicen las corbatas. Ahí sí el deporte es de extremo cuidado, porque si el extremo de la corbata falla, bueno, ya sabemos lo que pasa en estos deportes.

También al escalar, la corbata ha comprobado sus virtudes. No necesariamente haciendo montañismo, para lo cual también sirve en caso de que el lazo se pierda y entonces lo más fácil es aflojarse el nudo y agarrarse de la corbata. Pero funciona aún más para evadirse de una cárcel como hizo el Conde de Montecristo, o también para conquistar a una dama como lo hizo Romeo al subir al balcón de Julieta.
Por otra parte, la corbata es un elemento indispensable para acompañar las penas del amor. Ya sea para llorar sobre ella y hacerla confidente de la desgracia, o para, en el momento más adecuado de una relación fallida, tomar la decisión de colgarse con ella y salir del mundo cruel. La corbata se recomienda en estos casos sobre el conocido lazo, porque trata al cuello más delicadamente. En situaciones de este tipo el famoso genio del suspenso
Alfred Hitchcock especificaba claramente en sus scripts cinematográficos, que toda escena de ahorcamiento se debía llevar a cabo con corbatas inglesas de comprobada fortaleza y durabilidad.

Y la nostalgia no podría dejarse de lado al recordar que en mi niñez, la corbata estuvo presente en momentos inolvidables. No porque la tuviera puesta, sino porque era elemento indispensable de uno de los entretenimientos en aquel entonces más queridos: echar cometa. Claro está que la vaciada de mi papá cuando vio la cola de las cometas, y dijo “ah, carajo, allá van mis corbatas”, fue bastante severa.
Cuando dije que la corbata debería ser parte de la canasta familiar no era una burla. La corbata sirve para el diario vivir de muchos. Porque cuando se vive de una buena corbata, hay que tratar de conservarla por todos los
medios imaginables.
Como fácilmente puede apreciarse, aquí nos podríamos quedar horas hablando de las inmensas aplicaciones prácticas de la corbata, porque como ven, sirve para todo. La corbata es de lavar y planchar. Claro que también las hay muy delicadas. Pero como lo sostengo desde el comienzo, no tienen que ver con moda ni con clase ni nada de esas pendejadas. Tienen que ver con el buen gusto, porque la lleva... a quien le gusta. Y usarla como prenda de vestir es apenas una de las aplicaciones de la corbata. Tanto así que la ASCO, Asociación de Amigos Solidarios de la Corbata, en su Capítulo de Indonesia, ha celebrado por los últimos setenta años la famosa Bienal Internacional de la Corbata que incluye un concurso sobre nuevos usos de la corbata, con el fin de seguirla proyectando hacia el futuro. Ya existen proyectos muy avanzados de corbatas que son a la vez computadores de gran capacidad y corbatas voladoras. Cualquier información al respecto se puede conseguir en www.corbata.com. Como se ve, la corbata es un asunto de mucho respeto.

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