A mí me sacaron... una tenia solitaria

A mí me sacaron... una tenia solitaria


Fue asqueroso. El 31 de diciembre de 1999 estaba en una finca en Apulo celebrando el cambio de milenio con mi esposo, cuando sentí que se me revolvía el estómago. Salí corriendo al baño y ahí sentí un jalón casi hasta las amígdalas. Había un gusano saliendo de mí. Jalé todo lo que pude hasta que salió un pedazo completo y me fui al pueblo a buscar el purgante más fuerte posible. Tuve que celebrar el cambio de milenio sin poderme tomar ni un trago y habiendo cagado una lombriz.

Quince días después de regresar a Bogotá empecé a sentir que algo se me movía adentro, como que caminaba despacio y, cuando iba al baño, en el papel higiénico quedaban pedazos de un gusanito cortico, blanco y plano. El gastroenterólogo me recetó un análisis coprológico, que dio negativo. Yo no lo podía creer. Desde enero hasta mayo me salieron pedazos de gusano y en los exámenes no aparecía nada raro, como si nada estuviera pasando.

Pero nada cambiaba. En la oficina iba al baño y veía pedazos blancos que salían vivos de dentro de mí y caminaban arrastrándose sobre el papel. Seguí yendo donde el médico, y él me seguía recomendando purgantes que no servían para nada. Llegué a purgarme hasta cuatro veces sin resultado.

Un día, adivinando lo que tenía, mi mamá me recomendó sentarme en un platón con leche tibia para que saliera el parásito, pero me daba pánico encontrarme de frente con el gusano. En mayo ya había desarrollado algo así como un timer para saber cuándo iban a salir: sentía una sensación muy profunda en el ano. Ese era el aviso para salir reptando hacia el exterior.

Un día no aguanté más y llamé desesperada a mi gastroenterólogo. "Me siguen saliendo", le dije. Entonces él me aconsejó meter los gusanos dentro de un tarro y llevarlos al laboratorio. Rebusqué por toda la oficina hasta encontrar dónde meterlos, fui al baño y salí con ellos dentro del recipiente. Mis compañeros de trabajo se burlaron, y algunos quisieron ver cómo era ese parásito que salía de mi cuerpo.

Llegué a la Clínica del Country y entregué el frasco en el laboratorio. A los diez minutos me dijeron que lo que tenía era una "Proglótide de Taenia". Mi médico reconoció al fin a mi extraño visitante y aceptó que me había recetado purgantes para amebas y parásitos chiquitos, pues nunca se imaginó que se tratara de algo tan grande. Según él, debía haber convivido mucho tiempo con ese bicho, pues no era normal que llevara cinco meses saliendo a pedazos.

Me tomé un purgante mucho más fuerte y aceite de ricino con jugo de naranja. Tuve diarrea durante un fin de semana entero y creo que los remedios desintegraron a la tenia dentro de mi intestino, porque de un momento a otro dejó de salir.

Es mentira eso de que uno adelgaza si tiene la tenia, pero sí es cierto que el animal ese se chupa la sangre de las personas y las debilita. Después de eso me dio anemia, y unos meses después contraje hepatitis A. No sé si todo esto tuvo que ver con comer carne, pues me gusta casi cruda, o algunos vegetales que pude haberme comido sin lavar. Aunque me recuperé satisfactoriamente, todavía tengo pesadillas con esas lombricitas que desde enero hasta mayo salieron de mí.

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