En el 2004, fui la mujer más joven que salió elegida por votación popular en el país. Con 19 años estaba estrenando mi curul como edil de Usaquén. Por eso, un día me llamó un asistente de César Escola, ese famoso presentador, actor y hasta músico argentino de la Banda de Francotiradores que por esa época conducía un programa que se llamaba Esta tarde y que se emitía en vivo y en directo a las cinco de la tarde por el canal Caracol. Me invitaron para celebrar el Día de la Mujer junto a otro grupo de mujeres que se destacaban en diversos campos. Salir en televisión estrenando curul a esa edad era algo muy importante para mí. Mi mamá me llenó de recomendaciones y consejos de lo que debía y no debía decir, de cómo peinarme, sentarme, moverme y, al final, me dio mil bendiciones que poco sirvieron por el tremendo oso que pasé.

Llegué a los estudios de Caracol y de reojo pude ver que tenían acondicionada una pequeña cancha de fútbol. Me acordé que antes me habían llamado para preguntarme cosas de mi vida y yo les había contado que jugaba fútbol en el colegio. Ahí supe que la cancha era para mí. El programa iba muy bien y Escola me llamó y me hizo tres preguntas, charlamos y de un momento a otro me dijo que yo le tenía que hacer un gol. Él se paró en el arco, yo acomodé el balón, tomé impulso y le pegué con toda mi fuerza a la pelota. Un silencio se apoderó del estudio. No se escuchó el grito de: ¡Gol! Nada, solo el gemido que César Escola emitió, un lamento que se quedó entre sus dientes y que no pudo expulsar de su garganta con la fuerza que el dolor le exigía. Yo me quedé estupefacta, en lugar de inflar la red, había inflado de un balonazo las partes íntimas del conductor del programa. No sabía si gritar, salir corriendo o hacerme la que nada había pasado. Opté por la última opción y lo mismo hizo Escola, que disimulando el dolor trataba de seguir con la transmisión en vivo y en directo. Supongo que por dentro me estaba insultando y suplicando que fuéramos a comerciales. El programa terminó, fue tanto el oso que sentí que no me despedí de nadie, me monté al carro y en el primer semáforo solté la carcajada.

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