-Buenas, vengo a cambiarme el nombre.
-Claro, cómo no, ¿por cuál?
-Por Deportivo Indepen- diente Medellín.
-¿Por qué no se va a molestar a otro lado señor? Respete.

Esa misma conversación la sostuve durante cuatro años en cada una de las notarías de Medellín. Ninguna acataba mi petición legítima de llamarme como mi equipo. Un deseo que era respaldado hasta por el presidente del DIM.

Cansado de dar tanta brega, conté mi historia en un programa de radio y ¡tome!, un abogado que lo escuchó, hincha de Millos pero conocedor de ese sentimiento que mueve al hombre a alentar a su equipo por encima de cualquier otra cosa, me contactó y me dijo que su amigo, el notario de Amagá, me haría el milagro. Don John Freddy Giraldo resultó hincha del DIM y apenas le conté mi caso me arregló todo para poder presentarme orgulloso con el nombre soñado en lugar del que llevé por muchos años: Julián Gustavo.

Mi nueva cédula diría entonces Deportivo Independiente Medellín Giraldo Zuluaga. Pero no fue tan fácil. En la Notaría 13, donde tenía que hacer el cambio de registro, volvieron con la cantaleta: usted se enloqueció o qué, eso no se puede hacer.

Me tocó ir a pleito. En el juzgado 20 me dijeron que iba a ser el hazmerreír de la gente. Ellos querían guardar mi buen nombre, imagínese, buen nombre si me dejan el del DIM, les dije yo. Francamente no sé de qué equipo eran, tal vez de uno verde, pero también se opusieron. Apelé entonces a un juzgado superior que me dio la razón: estaban violando mis derechos. Dieron la orden y ahí no se pudo hacer nada. Tenía una nueva identidad.

Hace poco me entregaron la cédula y hasta no tenerla en la mano no creí en mi buena suerte. En la contraseña no cabía completo Deportivo Independiente Medellín, llegaba hasta Med. Me metí un susto ni el berraco, pero el registrador, que ya había escuchado de mí, me calmó. Es que con tanta pelea me volví famoso. Cuando fui a sacar el pasaporte, por si se me da acompañar a mi Poderoso en un partido internacional, las niñas que atienden sacaron cámara y todo y me pidieron que posara con ellas. Me decían "don Deportivo, don Deportivo", venga.

Mi afición es tan grande por el DIM que mi perro se llama Medallo Campeón, y si fuera por mí le cambiaba el nombre a mi mujer por Medellina. Mi casa es mitad roja y mitad azul y mi motico la misma cosa. Los policías de tránsito cuando la ven me paran pero es para que les muestre la cédula. Esa sí es mucha gozadera. Además toda la gente se me pone a la orden. Hasta causo alboroto en almacenes, como si yo fuera una reina. Igual he tenido mis problemas: cuando pido referencias para un trabajo dudan en dármelas con mi nuevo nombre. Y, bueno, están los del Nacional, que no es que se pongan muy contentos cuando me presento.

Lo que sigue para mí son pendejadas al lado de todo lo que padecí para cumplir mi sueño. Revalidar el pase, ir al Banco Ganadero a que pongan el crédito de la casita a nombre de Deportivo, a la telefónica para que aparezca en el directorio del otro año como debe ser, bobadas que no aplacan la dicha de ser hasta ahora el único hombre conocido que lleva el nombre de su equipo de fútbol. Por ahí estoy ayudándole con mi caso a un hincha inglés que se quiere llamar no me acuerdo cómo, uno de esos nombres raros de por allá, Manchester yo no se qué, Aston ni sé cuántas. Ojalá lo logre porque no hay felicidad más grande que esta.

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