Durante 26 años estuve asistiendo y conduciendo el automóvil privado de Su Santidad, ese auto blanco que utiliza el Papa para sus apariciones en público. Al principio era un campero descubierto. El primer modelo se hizo en 1979 en Irlanda, durante la visita del Papa a ese país. Luego del atentado en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, se fabricó un modelo con una estructura blindada, pero manteniendo un cristal panorámico que permite ver al máximo jerarca de la Iglesia Católica.

La verdad, es muy difícil definir cómo es manejar un vehículo que lleva al líder espiritual de más de mil millones de personas, pero me atrevo a decir que al hacerlo se siente la mayor fuerza, emoción y responsabilidad. En el Papamóvil solo pueden subirse al lado de Su Santidad, su secretario personal y el prefecto de la Casa Pontificia. Junto al conductor va el jefe de seguridad y, en algunos casos excepcionales, sobre todo en visitas a otros países, se permite que se suba el presidente de la Conferencia Episcopal.

El Papamóvil no tiene un solo conductor. Estos van rotando de acuerdo con la disponibilidad y a los turnos que establece monseñor James Harvey, un obispo norteamericano encargado de estos menesteres. Cuando Su Santidad viaja al exterior se busca un conductor del lugar que conozca bien las vías, sobre todo, las alternas, por si se presenta alguna emergencia.

Como particularidades especiales, el Papamóvil siempre debe estar impecable, se deben llevar las luces encendidas y la temperatura interna se debe mantener igual al ambiente corporal. El conductor debe estar concentrado y con los cinco sentidos despiertos para atender cualquier requerimiento del Papa. En unas oportunidades no quiere que se detengan y en otras ocasiones pide frenar cada veinte metros.

Cuando se hace el recorrido por la plaza de San Pedro está prohibido sobrepasar los 15 kilómetros por hora, pues los diez hombres del primer anillo de seguridad del Papa deben correr siempre al lado del Papamóvil. Pero claro, hay casos extraordinarios en que hay que exceder ese límite, como debía hacerlo el día del lamentable atentado a su santidad Juan Pablo II. Ese día alcancé hasta los 80 kilómetros por hora para poder salir de la Plaza con Juan Pablo II moribundo en la parte trasera del automóvil. Fue un milagro no haber arrollado a nadie en esos momentos, los más dramáticos que haya pasado en mi vida. Recuerdo que el jefe de seguridad gritaba todo el tiempo: "Más rápido, más rápido, que el Papa se muere...". Ya se imaginarán la tensión que sentí.

El Papamóvil de esa ocasión era un Toyota Land Cruiser. Luego de este, ha habido diferentes modelos: desde un Renault Traffic, limusinas Ford, hasta Mercedes Benz y Land Rover. Incluso, el modelo de esta casa automotriz del Reino Unido se encuentra entre las atracciones del Casino Imperial en las Vegas.

La modernidad se ha apoderado de uno de los carros más importantes del mundo y hoy el Papamóvil es un Mercedes Benz clase G 230, color blanco perla, de 8 cilindros en V, 4.2 centímetros cúbicos, avaluado en 400 mil euros (1.200 millones de pesos). Tiene en la parte trasera una burbuja de cristal con tres sillas y una barra en metal para que Su Santidad se pueda sostener si decide viajar de pie. La información sobre el blindaje es secreta aunque puede superar el nivel 7, es decir, resistir ataques con granadas, explosivos y proyectiles de armas cortas y largas. Sin embargo, hay que recordar, y sus enemigos lo saben, que la seguridad de Su Santidad no depende solo de este mundo.

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