Siempre tuve una fijación: hacer cosas extremas al volante. Desde que era pequeño construía mis propias rampas y carros de juguete con todo lo que encontraba y me imaginaba conduciéndolos en dos ruedas o chocándolos escandalosamente. En vista de que el campo de acción del automovilismo nacional es muy limitado, es necesario arriesgarse a hacer cosas osadas, distintas, que no hayan hecho otros acá. Un día me dio por hacer algo raro en mi barrio y en un parque me puse a practicar trompos. Durante seis años los seguí haciendo hasta que, a bordo de un Chevrolet Camaro de 1976, gané un campeonato nacional y establecí un nuevo récord para el país: 27 trompos seguidos, suficientes para marear a cualquiera. Como todo tiene su final, me olvidé de los trompos y quise hacer algo mucho más radical. Se me metió en la cabeza que tenía que saltar por encima de veinte carros ordenados a lo ancho, sumando entre ellos 36 metros de distancia. Antes de ponerme en esas me puse a investigar quién había hecho algo parecido en el mundo y supe que en Estados Unidos un hombre logró saltar sobre 35 automóviles, estableció una marca mundial. En Latinoamérica nadie se ha atrevido a hacerlo, ni siquiera en Argentina y Brasil, donde la afición por este deporte es mucho mayor.

Para cumplir con esta descabellada idea se necesita de pura física (tener en cuenta la velocidad del carro, su peso, su centro de gravedad y el grado de inclinación de la pendiente) y del valor suficiente para hacerla realidad. Por un lado tuve que desbaratar completamente el carro elegido para acondicionarlo a mis necesidades. Me deshice de sus vidrios y sus tapetes y reforcé su suspensión original. También le instalé una caja de cambios cerrada Mopar de cuatro velocidades y le construí el habitáculo, poniéndole tubería estructural de acero ASTN 500 que me protegiera en un eventual accidente. Intentar este salto toma un año de preparación física y logística, pero lo que se siente es sorprendente y difícil de describir.

Estoy sentado en mi muscle car americano —un Dodge Demon modelo 71 de ocho cilindros en "v" con 5.700 c.c. y motor de 360 pulgadas y 450 caballos de fuerza— minutos antes de empezar el desafío. Mis asistentes me sujetan el cinturón de seguridad, me pongo el casco y siento miedo. La adrenalina sube a límites insospechados y mi cabeza a punto de estallar. Prendo el carro, suena el motor y rugen los exhostos. A pesar de ver a una multitud expectante el silencio se apodera de mi mente y busco con la mirada la rampa que me elevará por el aire. Mi carro, capaz de alcanzar 230 kilómetros por hora —los necesarios para cumplir el reto— empieza a moverse por la curva de acceso a 60 km/h. Ya en la recta, acelero a fondo y sujeto firmemente la dirección hidráulica para mantenerla lo más recta posible. Volando, mi cuerpo siente la ambigüedad del calor y el frío al mismo tiempo; mis pulsaciones se aceleran, la piel hierve y los escalofríos me estremecen. Suelto el timón —por ahora no lo necesito— y siento un suave vacío interminable. Por fin logro pasar al otro lado, después de sentir la eternidad. Caigo en las cuatro ruedas y me siento feliz, a pesar de que luego tendré que repararlo por completo, incluyendo los amortiguadores y el chasís: lo único que se salva es el habitáculo. Es una caída muy dura, pero perfecta y empiezo a disfrutar de la euforia colectiva; la del público que aplaude y la mía. Salgo ileso.

Nunca he sufrido ningún accidente, ni en la pista ni en la calle; los pocos choques que he tenido han sido intencionales, participando en carreras de demolición donde todo está permitido, circuitos en ocho en los que uno puede chocar al rival para sacarlo de la pista sin que lo sancionen. Ahora vendrá una serie de 25 acrobacias que quiero cumplir para poder realizarme. Entre ellas, están el salto al vacío (tirarme por un precipicio y salirme del carro por la ventana para aterrizar en paracaídas), imponer un récord nacional de velocidad pura y hacer un giro mortal: saltar por una rampa especial, dar un giro de 360 grados en el aire sobre el propio eje longitudinal del carro y caer en las cuatro ruedas, mirando de frente. ¡Es que en la vida hay que asumir riesgos y aceptar desafíos!

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