La velocidad siempre ha sido para mí el mejor estimulante de la adrenalina. Poder volar desde la silla de un carro es un sueño de muchos y somos pocos los que podemos hacerlo realidad. Más que un lujo o una demostración de virilidad, como dicen los publicistas, poseer un automóvil de estas características  es una necesidad, un placer, además de un efectivo gancho para llamar la atención de las mujeres. Es por esto que desde hace  año y medio tengo un Ferrari Modena amarillo, sin duda, el mejor coche deportivo que existe.

 Les voy a decir por qué manejar este automóvil me genera esa sensación de poder, comodidad y aventura: el Ferrari Modena ofrece varias de las cualidades de un Fórmula Uno de esa marca.  En menos de cinco segundos llega a los 100 kilómetros por hora y alcanza una velocidad máxima  de 300 kilómetros por hora. Desde el timón tiene un mando electrónico conocido como manettino, que permite accionar y controlar con los dedos todos los sistemas y los seis cambios  que desatan la potencia incomparable de esta máquina de la velocidad.

La silla del conductor, hecha en cuero Conolly térmico,  se  ajusta electrónicamente de acuerdo con el peso y la anatomía del piloto. Tiene un sensor satelital que detecta peligros y obstáculos en las vías  para prevenir accidentes. Además, la cabina de este biplaza cuenta con un sistema de aislamiento de la resonancia de su potente motor, que a alta velocidad suena como el grito agudo de una fiera herida.

 Para poder comprar el Ferrari tuve que presentar una solicitud especial al  distribuidor y ser apadrinado por mi amigo Giuseppe Ricci, quien es dueño de un Ferrari desde hace años. Lo que pasa  es que para poder ser uno de los pocos propietarios en el mundo de un Ferrari no basta solo con tener los 150 mil euros (unos 450 millones de pesos). Los distribuidores del cavallo rampante controlan quién va adquirir estos carros y por eso hasta debí comprobar que tenía experiencia en el manejo de carros deportivos. Es que el accidente de un Ferrari le da mala imagen a la marca y de eso se cuidan los fabricantes.

 Controlar un Ferrari Modena no es nada fácil. Su motor, ubicado en la parte trasera, se puede apreciar a través de una cápsula de cristal, tiene 400 caballos de fuerza, ocho cilindros y 3.800 centímetros cúbicos de potencia. A esto hay que sumarle el balance que existe entre peso y potencia. Está construido en aluminio y metales ligeros, lo que hace que apenas pese un poco más de una tonelada, igual que un automóvil pequeño de bajo cilindraje. Por eso, otra de las complejidades es el control del volante. Su dirección es muy sensible y un pequeño giro significa el cambio total de dirección. Es decir, realizar movimientos que en un carro normal puedan ser prudentes, en un Ferrari significan giros bruscos y exagerados que aumentan el peligro.

 Afortunadamente mi Ferrari cuenta con un sistema de frenos y de seguridad muy avanzado. Su forma aerodinámica y su sistema de tracción hacen que el coche mantenga su estabilidad y adherencia a la carretera independiente de la velocidad alcanzada, convirtiendo esta experiencia en una situación relajante y placentera. Por todo esto, y por muchas más ventajas, estoy convencido de que lo único que me hará cambiar este biplaza será el próximo modelo de Ferrari que, según entiendo, ya está listo para salir al mercado.

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