Desciendo del Astrovan y miro hacia arriba. Frente a mí, la máquina voladora más audazmente construida en la historia del hombre se yergue sobre su plataforma de lanzamiento como una bestia encadenada a un altar de concreto. Envuelto en una matriz de cables y tubos vitales, el andamiaje de cohetes de 56 metros de altura me espera siseando de impaciencia y echando vapores. El shuttle Discovery es un adolescente malcriado. Un genio lleno de resabios que me pueden costar la vida en cada segundo. El gran tanque naranja, ese que parece una crayola gigante, está relleno de hidrógeno y oxígeno líquidos. Está flanqueado por dos cohetes colosales blancos rellenos de pólvora. Es un momento dramático, rebosante de anticipación.

Dentro de la cabina, mi tripulación y yo llevamos a cabo chequeos de sonidos con Control. Tras nuestras voces calmadas hay nerviosismo. Sin embargo, mi corazón no registra más de 120 pulsaciones por minuto. Las tripulaciones de tierra se alejan hasta que finalmente no queda un alma tres millas a la redonda, salvo nosotros en lo alto de la cabina. Estamos sentados encima de una bomba, a punto de experimentar una explosión controlada.

Tantas veces he ensayado los más de treinta pasos que tendrán lugar dentro de los próximos ocho minutos, que me los sé de memoria. Pero si no los supiera daría lo mismo: la computadora de abordo se adueñará de los controles desde el momento de la ignición hasta el momento de entrar al espacio. Si algo llegase a suceder con el computador, tendría que hacerlo todo manualmente. Espero que eso no suceda hoy. La ventana de lanzamiento puede tener solo unos cuantos minutos de duración. Está regida por la mecánica orbital y definida por la posición del lugar de destino, en el caso de hoy, la Estación Espacial Internacional. Seis segundos antes del ascenso se encienden los tres motores principales, produciendo un empuje de más de un millón de libras. Sentimos cómo Discovery, aún asido a sus sostenes, se mueve ligeramente hacia adelante y hacia atrás. Cautivo entre velos de hielo, se queja y gruñe. Nunca me podré acostumbrar a esos lamentos. Me erizan el pelo de la nuca.

Si las computadoras determinan que los motores principales están funcionando debidamente, proceden a encender los propulsores de aceleración, es decir, los cohetes blancos. Los propulsores son máquinas feroces. Rellenos con más de 500 toneladas de pólvora, cada uno de ellos produce un empuje de tres millones de libras. Una vez encendidos, no se pueden apagar ni controlar. El orbitador asciende, dejando la torre de lanzamiento a 100 millas por hora. Mi trabajo consiste en chequear mis instrumentos, pero las vibraciones son tales, que todo se me desenfoca. Tengo presente que en caso de emergencia existen varias alternativas, que van desde aterrizar en España o Marruecos, o en el peor de los casos, si estamos muy altos y perdemos motores, de lanzarnos al mar en paracaídas. Muy probablemente no sobreviviríamos.

A los pocos segundos el aparato rota y se orienta en la dirección correcta, colocándose boca arriba. En este momento sentimos una aceleración de solo 2,5 Gs, una moderada sensación de pesadez que nos presiona contra nuestra sillas. Unos 40 segundos después, el shuttle acelera a Mach 1, o 760 millas por hora. Ochenta segundos más tarde los propulsores vacíos se desprenden del ensamblaje, volando como misiles hasta que van a dar al mar. Tras haber ascendido casi verticalmente hasta el aire superdelgado de la atmósfera superior, la computadora nos coloca paralelos a la Tierra, aún volando a pleno poder. Seis minutos después del lanzamiento, a 356.000 pies, el vehículo apenas ha acelerado a 9.200 mph, más o menos la mitad de lo que necesita para sostenerse en órbita. Por eso inicia una ligera inclinación en picada hacia Tierra, ganando 1.000 mph cada 20 segundos. Cuando llegamos a las 15.000 mph, comienza a ascender de nuevo, hasta que, unos segundos después, ya en el espacio, alcanzamos la llamada velocidad orbital, o 17.500 mph. Solo ocho minutos han pasado desde el momento del lanzamiento. Los motores principales se apagan y el depósito externo es descartado y cae hacia la Tierra para ser destruido por la fricción atmosférica. Estamos en órbita, volando en nuestra posición normal boca arriba en relación con el planeta y, finalmente, en microgravedad. Ahora sí tomo los controles.

En el espacio, para acoplarme a la ISS, tengo que actuar en cámara lenta. Aquí no es posible ser impaciente. Debo aproximar al shuttle centímetro a centímetro, mientras la tripulación ayuda a constatar que todo va bien. Esta maniobra para mí es más aterradora que el despegue. Por eso, cuando escucho la palabra ¡capture! siento un gran alivio.

Luego viene el regreso a Tierra. Mi problema ahora es a la inversa: debo deshacerme de toda esa energía acumulada en forma de velocidad, porque la penetración atmosférica consiste en una enorme desaceleración. Es un proceso que no se puede detener una vez iniciado. El primer paso sucede cuando aún volamos sobre el Océano Índico: entonces el piloto automático enciende un motor contra la dirección en que estamos avanzando. El shuttle frena un poco, e inmediatamente inicia un vertiginoso descenso a 400.000 pies de altura, la región donde comienza la atmósfera. Luego el vehículo se coloca en un "ángulo de ataque" con la nariz 40 grados más arriba que el resto del cuerpo para crear resistencia y proteger sus partes más delicadas del intenso calor. De esta manera, son los bordes de ataque de las alas y las 24.305 tejas de sílice, silicio y carbono reforzado las que reciben el mayor impacto.

Al ingresar a la atmósfera tomo los controles de nuevo y comienzo a efectuar una serie de giros en forma de S, inclinándome lateralmente en ángulos de hasta 80 grados. El aterrizaje, que puede ser tan enervante como el despegue, se efectúa a más de 200 mph, y puesto que el transbordador es básicamente un objeto volador sin capacidad de intentar un segundo acercamiento a la pista, ¡solo tengo una oportunidad de hacerlo bien!

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Chris Ferguson, aviador de la marina estadounidense, ha sido piloto del trasbordador espacial en varias ocasiones.

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