Me siento cerca del ring junto a mi suegra y mis cuñadas y mientras ellas aguantan hasta el final, yo siempre termino yéndome antes de tiempo porque no soporto verlo pelear a pesar de que sé que es muy buen boxeador. Termino enterándome del resultado de la pelea después de tiempo y por el grito de la gente.

Es que me pueden los nervios, me pongo a sudar, me toca ir al baño. Allí estaba yo la única vez que él cayó a la lona durante su carrera. Antes y durante cada uno de sus combates le rezo a Dios —también con mi suegra y mis cuñadas— para que a él le vaya bien, y hasta ahora me ha cumplido, pero de todas formas no puedo evitar sentir un ahogo, como una angustia, que me impide hablar y que pueda ver el combate completo. Siempre me prometo, antes del primer round, que me voy a quedar en mi puesto, pero no he podido cumplirlo.

Estamos juntos hace cuatro años y cuando lo conocí ya era boxeador, así que nunca le he pedido que deje su profesión a pesar de que yo sufro cuando lo veo montado en el ring. Él, para calmarme, me dice que no me preocupe, que los golpes desde abajo se ven peor de lo que son.

Es tan bueno Likar que solo una vez me ha tocado curarlo luego de una pelea. Fue cuando perdió por decisión ante Wálter Estrada. Después del combate, el médico le bajó la hinchazón y le curó las heridas. Ya en la casa, yo tuve que echarle cremas y aplicarle alcohol para que se mejorara. No solo yo me encargo de eso, el padre de Likar, Carlos, también está muy pendiente de eso.

Él me dice que va a dejar el boxeo pronto. Él quiere ser campeón mundial de su categoría, peso pluma, hacer unas cuantas defensas y dedicarse a otra cosa. Y yo creo que puede hacerlo porque es bueno en lo que hace. Fue campeón en los Juegos Centroamericanos de El Salvador en 2002 y en los Panamericanos en Santo Domingo en 2003. Mientras ese día llega, yo aguanto y rezo mucho para que llegue bien a la casa después de cada pelea.

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