Mi mamá siempre supo que iba a tener gemelos. En esa época en que no había ecografías, la intuición era la mejor herramienta de las mamás para saber cómo venía la mano. Diego y yo nacimos el 26 de junio de 1961 en Armenia. Él es el mayor, nació cinco minutos antes.

Mi papá era médico y siempre vivimos con comodidades pero sin grandes lujos. Cuando mis papás salían de viaje nos dejaban en la casa con mi abuelita. Ella muchas veces no nos diferenciaba. Una vez mi abuela le dio a uno el remedio que era para el otro y decidió cortarle el copete a uno de los dos para poder saber quién era quién. Nunca, como suele suceder en muchos casos, nos han vestido igual. Cuando llegaba una visita a nuestra casa nos cambiábamos las camisas para que se confundieran. Mis padres siempre nos supieron diferenciar y la tuvieron clara. Compartimos la misma comida, el gusto de ropa, ambos preferimos el azul y a veces nos vestimos parecido. Nunca hicimos bromas pesadas, ni siquiera con las novias. Es algo que respetamos mucho.

En el colegio estuvimos en el mismo salón hasta noveno grado cuando ingresamos a la Escuela Militar de Cadetes. Allí nos confundían mucho ya que teníamos el mismo uniforme. Tuvieron que cambiarnos de salón pues la situación a veces se ponía tensa.

Nuestra vida siempre ha sido paralela. Ambos estudiamos Medicina en el Rosario, nunca nos retrasamos y nos graduamos al tiempo. Luego tomamos caminos distintos a nivel profesional. Diego empezó a trabajar en el Chocó, y en el sector público con el doctor Juan Luis Londoño en el Ministerio de Salud. Yo me especialicé en pediatría, me fui a vivir a Armenia y él se quedó en Bogotá.

La relación de gemelos es una relación especial desde todo punto de vista. Sin duda existe un vínculo psíquico, a veces siento que él me necesita o viceversa. En el colegio levantábamos la mano al tiempo y decíamos o pensábamos lo mismo. Sin duda puedo decir que entre Diego y yo existe una telepatía paranormal.

Con mis otros hermanos me llevo muy bien, pero es superior lo que siento por Diego. Por ejemplo, en una época él vivía en Nueva York y yo en Boston, nos llamábamos y de inmediato sabíamos que algo le sucedía al otro.

Siempre nos hemos llevado muy bien, a veces no estamos de acuerdo en algo pero hay un profundo respeto. Nunca hemos tenido una pelea.

Calzamos lo mismo, la talla en todo es igual y continuamente nos hemos heredado la ropa. Somos amplios y lo conozco en sus gustos. No puedo decir que lo conozco en su totalidad, pero puedo decir que lo entiendo en muchas de las cosas que vive.

Con su nombramiento como Ministro de Protección Social mi vida cambió. Antes en la calle me saludaban como si fuera Diego y yo no daba explicaciones de que soy Guillermo. Me hacía el loco y luego le decía a él que me había encontrado con un amigo suyo. Igual le pasaba a él conmigo. Ahora me toca dar explicaciones a todo el mundo de que somos gemelos. No tengo escoltas, trabajo tranquilo como cardiólogo pediatra en la CardioInfantil y la Clínica Colsubsidio.

Lo curioso es cuando atiendo a mis pacientes. Llega la mamá con el hijo a consulta y me dicen: "¿Cómo hace el Ministro de Protección Social para tener tiempo para dar consultas?". O por ejemplo, cuando mis pacientes, los niños, ven a mi hermano Diego en televisión y dicen: "Mira, mamá, mi médico es ministro".

Los que siempre nos han confundido son nuestros hijos pequeños. Felipe, el bebé de Diego que tiene cinco años, me dice muchas veces papá y a Diego, tío. Y mi hija Ana María, que tiene catorce años y mi hijo Gabriel que tiene tres también le decían a Diego papá. Nuestros hijos son muy parecidos y la van muy bien. Lo que sí sería grave es que nuestras esposas, Monserrat y María Clara, nos confundieran. Afortunadamente eso nunca ha ocurrido.

Desde pequeños, Diego y yo siempre hemos disfrutado el hecho de ser idénticos. Él es una persona a la que quiero, respeto, admiro y amo. Sé que tiene un compromiso importante con el país y está tratando de hacer las cosas bien. Mi hermano por cinco minutos es más viejo, yo lo respeto más por la persona que es y no por ser el mayor. Soy su clon.

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