La muerte de él, al igual que la de nuestros padres, fue un duro golpe para la familia. Los Uribe Vélez somos la típica familia de tradición antioqueña: nos queremos, aunque somos un poco fríos. Mi relación con Álvaro no ha sido la excepción. Entre nosotros siempre ha primado el respeto. Eso fue algo que nuestros padres siempre nos inculcaron y entre él y yo lo aplicamos a la perfección. Ambos estudiamos en el colegio Benedictinos y luego en el Jorge Robledo de Medellín. Álvaro se graduó en 1969 y yo en 1974. Organizaba paseos con los amigos y me llevaban casi por obligación. Mientras ellos se dedicaban a conquistar mujeres y parrandear, yo jugaba. Cuando yo tenía diez años a él le dio por iniciarse en el mundo de la tauromaquia, una herencia que siempre ha pasado de generación en generación en nuestra familia. Él siempre me pedía el favor de que yo hiciera el papel de toro y por ese "trabajito" algo me pagaba.

Mi hermano era parrandero, coqueto y le iba muy bien con las mujeres. Eso sí, nunca me utilizó para que le hiciera "cuartos" con las viejas, de pronto me veía muy pequeño y por eso creo que mejor me usó como su toro de ensayo, mientras que él practicaba con el capote y la muleta.

Como toda relación entre hermanos, hemos tenido nuestras peleas. No han pasado de una o dos y siempre se dieron porque a él, como buen hermano mayor, no le gustó el tonito en que le contestó su hermano menor. Él se quedaba indiferente diciendo: "¡Este culicagao qué se está creyendo!".

El Presidente ha sido muy frío, no somos hermanos muy cariñosos pero siempre anteponemos el respeto por encima de cualquier cosa. Defino a mi hermano como un hombre disciplinado, estricto, riguroso y cálido. En momentos de tranquilidad Álvaro es muy afable. A diferencia de otros hermanos, entre él y yo nunca nos hemos heredado ropa y menos sombreros. Él es más cabezón que yo, más inteligente y por eso no compartimos sombreros por nada del mundo.

Álvaro es mi padrino de confirmación. Casi le tocó por descarte, ya que el elegido no apareció y entonces él se ofreció. Con él como padrino me ha ido muy regular. No me ha dado casi nada.

Yo empecé a estudiar Veterinaria en la Universidad de Antioquia y estudié Tecnología Agrícola en los Estados Unidos, para luego dedicarme a trabajar con mi padre en las fincas desde 1980. Mi hermano empezó su carrera política y cuando lo nombraron gobernador de Antioquia dejé de ser Santiago para convertirme en el hermano del gobernador. Fue la época en que más nos vimos. Hoy tengo que decir que lo veo menos. Es decir, ahora casi ni nos vemos. Cada vez que voy a Bogotá me quedo en la casa privada del Palacio de Nariño. Ahí el ritmo es muy bravo, a veces cuando me levanto, a las seis de la mañana, ya no hay nadie y me toca desayunar solo.

El Presidente nunca me ha llamado a consultarme sus decisiones, muy rara vez me pide una opinión. Ante todo hablamos de temas de ganado, del campo y de la familia. En las reuniones familiares a veces toca temas de su trabajo. Antes de que Álvaro fuera Presidente yo tenía una vida normal, ahora trato de llevarla. Mi vida ha cambiado mucho. Tengo un esquema de seguridad con escoltas permanentes que me asignó el gobierno. Ellos van conmigo a todo lado, son testigos de todas mis acciones y literalmente no me les puedo volar para nada. Ahora casi no frecuento sitios públicos ya que se vuelve maluco. De igual forma soy muy respetuoso con las cosas del Estado. Detesto que piensen por ahí que por ser hermano del Presidente tengo privilegios. Cuando hay que hacer filas las hago y siempre trato de comportarme sin ínfulas de poder y como un ciudadano común y corriente.

La exitosa carrera política de mi hermano la he asumido bajo un concepto de tranquilidad ante todas las críticas. En este aspecto siempre se manejan pasiones y ya me acostumbré a dejar que la gente critique tranquila. No me mortifica que hablen de él frente a mí sin saber quién soy. Yo me hago el bobo. Cuando muestro mi cédula, a diario me preguntan si soy hermano del Presidente, yo contesto: ¿Qué creen? Y agrego que mi mamá me aseguraba que sí. Y la cosa se distensiona.

Momentos de crisis han existido muchos, pero no me amilano. Amilanarse es síntoma de derrota. Soy casado hace cuatro años y tengo dos hijastros, uno de 26 y una de 22 años que se la llevan muy bien con los hijos del Presidente. Hoy, en medio de tanto problema, los momentos que más disfruto al lado de Álvaro es cuando salimos juntos a cabalgar en la finca. Es el espacio preferido de los dos. Soy juez nacional de caballos y puedo decir que él los adiestra y monta muy bien, algo que aprendió de nuestro padre.

El anhelo más grande que tengo para él es que logre la paz y la reconciliación de los colombianos. Amo a mi hermano y me siento muy, pero muy orgulloso. Para mí, él es un berraco…

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