Si bien él es considerado un Dios del deporte en todo el mundo, su imagen como hombre no es muy positiva y muchos entrenadores y dirigentes italianos piensan que su hijo es igual. Creen que no me gusta entrenar y que salgo todas las noches a divertirme, pero esa no es la verdad. Soy un joven de veinte años muy tranquilo, responsable y dedicado a la gran pasión de mi vida: el fútbol.

Hasta los dieciocho años vestí con orgullo la camisa Nº 10 del Napoli en las categorías juveniles, pese al pavor de mi madre, Cristiana Sinagra, por las inevitables comparaciones de las que siempre fui objeto. Un tema al que nunca le di importancia ya que no es inteligente parangonarme con alguien que fue único. Creo que no nacerá ningún jugador que siquiera se acerque al talento y la capacidad que mi padre mostraba dentro del campo.

Los tifosi napolitanos siempre me brindaron su afecto, a veces en exceso. Recuerdo que en los primeros entrenamientos con el equipo me asignaron una custodia personal para protegerme del entusiasmo de toda una ciudad que quería saber cómo jugaba al fútbol el hijo de Maradona. Para los que no me conocen soy un mediocampista ofensivo diestro (capricho del destino), hábil y con buena pegada en los tiros libres. Pero estas virtudes pocas veces fueron valoradas y después de ocho años, cuando estaba preparado para debutar en la primera división, los nuevos dueños del club prefirieron dejarme por fuera, quizás temerosos de que un Maradona volviera a tener protagonismo en Nápoles. Fui enviado al Génova de la serie B, pero una lesión en la rodilla derecha resultó fatal para mi carrera. El año pasado me contrató una sociedad muy pequeña y semiprofesional del sur de Italia que prefiero no mencionar porque me trataron muy mal. Usaron mi nombre para promocionarse ante la prensa y luego no me dejaron jugar. Ahora estoy integrando un equipo de la división Eccellenza (serie D) en donde me consideran por lo que soy y no por el apellido Maradona.

De mi padre solo puedo decir que se cumplieron cuatro años desde aquella única vez en la que hablé con él en persona. Fue en un campo de golf de Fiuggi, cercano a Roma, cuando decidí enfrentarlo y, pese a su enfado inicial, pudimos conversar durante cuarenta minutos. Fue un encuentro emotivo en el que conversamos sobre cuestiones íntimas. Hubo promesas que lamentablemente nunca se cumplieron pero eso ya forma parte del pasado. En Argentina y en Italia todos saben que lo amo, pero en estos momentos Diego tiene cosas más importantes que resolver que verme a mí. No es agradable ver su salud tan deteriorada. Cuando se recupere, estaré disponible aunque primero tendrá que explicarme algo que dijo en su programa de televisión hace dos años cuando presentó a su sobrino como: "El hijo varón que nunca tuve". Esas palabras aún lastiman mi corazón.

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