Mis papás se habían conocido en un instituto para sordos y ciegos en Cali y el 90 por ciento de sus actuales amigos eran sordomudos como ellos. Yo tenía nueve años, salí de mi cuarto, me asomé a la sala y vi que ponían el parlante mirando hacia el piso y que bailaban. Luego supe que hacían eso para sentir mejor las vibraciones de la música, identificar un ritmo de otro y no perder el paso. Juro que se veían bailando con ritmo.

Ser sordos no les ha impedido llevar una vida normal. Se casaron por la Iglesia con corte nupcial y orquesta y como sabían leer los labios de la gente no necesitaron de ningún intérprete. Cuando yo nací también se las arreglaron para cuidarme. Así como tienen un despertador que en vez de sonar prende un bombillo que los despierta y un timbre de luz en la puerta, tenían un aparato que percibía cualquier movimiento o llanto en mi cuna. Esa ayuda y el gran instinto maternal de mi mamá les hicieron posible identificar y atender cualquier necesidad mía de alimento o enfermedad. Además, mis tíos y mis abuelos siempre estuvieron muy pendientes y se encargaron de enseñarme todo los que mis papás no podían hacer por su discapacidad. Cuando nació mi hermano Andrés la cosa fue más fácil aún. Me tenían a mí y yo era sus oídos y su boca. A las reuniones del colegio los acompañaba un tío siempre por si las moscas.

Mi mamá perdió el oído a los tres años de nacida, pero ese tiempo fue suficiente para que se familiarizara con ciertos sonidos y le resultara más fácil que a mi papá aprender a hablar. A él muchos lo toman por ruso por el acento extraño que tiene. Ambos, además de las señas, leen los labios. Por eso era que mi hermano se tapaba la boca cuando me iba a insultar en frente de ellos o por lo que preferíamos gritarnos cosas de un cuarto al otro sin que se enteraran. Pero nunca hemos abusado de su discapacidad. De niño yo tenía un pianito y mi hermano una especie de batería. Podíamos hacer ruido frescos ahí o en las rumbas que después hicimos, pero nunca nos aprovechamos. Estaban los vecinos, había que respetarlos y ellos podían darles quejas. Además, en la casa nunca hemos tenido equipo de sonido, el de las fiestas de mis papás lo llevaba alguno de sus amigos.

En los cumpleaños cantamos el Happy Birthday como si ellos oyeran, pero un domingo en mi casa no suena nada. Solo el teléfono. Cuando la abuela llama yo contesto y le voy diciendo a cada una lo que dice la otra. Así estemos peleando con ellos, ninguno se ha negado a ser su puente de comunicación. Es curioso. Yo nunca estuve en cursos para aprender el lenguaje de las señas. Lo aprendí sin notarlo como un niño aprende su lengua materna. Algunos creen que los sordomudos pueden comunicarse con señas con cualquier otro sordomudo del mundo. No es así. Entienden algo, pero saben que es otro idioma. A veces nos toca explicarle a mis papás lo que significan palabras que leen en el periódico como "ortodoxo" o "parlamentario" pues no son de uso frecuente entre los sordomudos y no se las enseñaron. Antes les poníamos un beeper, pero ellos no podían contestarnos. Ahora, con los mensajes de texto y el messenger el problema de comunicación está superado.

Aparte de su caso he conocido el de una amiga suya que nació sorda y se quedó ciega. Es admirable: distingue las señales tocando las manos de su intérprete. Tengo también un amigo que es sordo de nacimiento. Lo operaron y recuperó el oído. Me acuerdo que lloraba con los ruidos fuertes como los gritos o los chiflidos. A veces me dan ganas de irme a vivir a Bogotá. Mis viejos me dicen que vaya, pero, aunque sé que ellos pueden vivir sin mí, me da muy duro dejarlos. Su discapacidad no es un impedimento ni una carga para nosotros, sino todo lo contrario: nos convirtió en seres más sensibles que tratan siempre de aceptar, querer y respetar a las personas tal y como son. Sé que así como el amor es ciego también puede ser sordo, pues nunca ha faltado entre nosotros.

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