Mi papá no sufre de enanismo, pero mide como un metro y medio. Ninguna de esas diferencias de tamaño han impedido que en las fiestas familiares bailemos altos con bajitos. Esa ha sido una de las mayores diversiones de mis papás.

"El tamaño no importa", dice una propaganda, por ahí. Yo creo que a veces no, pero que otras veces sí. No importó para que mi mamá pudiera tenernos por cesárea a mis dos hermanas y a mí que medía casi la mitad de lo que ella medía, ni para que pudiera arrullarnos y alimentarnos, pero sí importó cuando necesitó ayuda cada vez que iba a salir con nosotras a la calle pues se enredaba en los andenes o al subir al bus con la pañalera o las cobijas.

Como a los tres años, cuando uno empieza a cuestionarse el porqué de todo, yo preguntaba que por qué mi mamá era más bajita que todos. Mi papá me decía que, así como algunos nacían altos, otros nacían bajitos, pero que el tamaño no importaba pues ellos me querían igual. Cuando entré a un colegio de monjas, a mis amiguitas les causaba curiosidad la estatura de mi mamá. Cuando iba a recogerme todos sabían que era mi mamá y yo me hice muy conocida en el colegio por eso. Me preguntaban lo mismo que yo preguntaba antes y yo les decía: "Algunos nacen altos, otros bajitos. Es solo una cuestión de escala". Pero a veces es incómodo porque la gente ignorante o irrespetuosa la señala en la calle y hasta la acarician para que les dé buena suerte. A mí me daba muy mal genio y a mi papá le tocaba tranquilizarme. A mí hermana también la he defendido. Les digo que respeten. En otras ocasiones es rico llamar la atención como lo hacemos siempre que estamos con mi mamá en la playa o en un centro comercial. Ella rompe el hielo y la gente no puede creer que seamos sus hijas. No pasamos nunca desapercibidas.

A los diez años yo ya era más alta que mi mamá, pero eso nunca fue un motivo para perderle el respeto o el sentido de autoridad. Lo que no tenía en estatura, mi mamá lo tenía en carácter. Era muy estricta, así que era imposible perderle el respeto por algo tan superficial como el tamaño y no me salvé de recibir una que otra merecida palmada.

Mi esposo quiere y respeta mucho a su suegra, sin importar que sea bajita. Cuando la conoció no se sorprendió, pues ya la había visto en fotos. No tuvo reparos en tener un hijo conmigo aunque existiera la posibilidad de que naciera con acondroplasia. Simplemente me hice un examen cuando quedé embarazada. No voy a decirles mentiras: descansé cuando supe que mi hija podría tener una altura promedio. A sus nueve años mide 1,43 m.

La gente no entiende que quienes sufren de enanismo son personas comunes y corrientes y, a veces, no las miran con respeto sino con burla. Yo les digo a ellos que mamá solo hay una, mida dos metros o un metro con treinta. La mía no será la mamá más grande del mundo, pero sí la mejor.

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