Ambos son el mismo, o algo muy parecido al mismo: uno con nombre de músico italiano de los 60 y el otro de ciudadano colombiano promedio.

Mi papá era en 1975 una figura reconocida de la canción en el país (y de algún modo todavía lo sigue siendo, por cierto). Había grabado varios discos exitosos y —créanlo o no— se constituía en el sumo delirio de muchas adolescentes.

Mi mamá, Beatriz Ospina, dos años mayor, acababa de graduarse de Economía y se había ganado una beca para especializarse en Gerencia de Cooperativas de Consumo en Moscú. Se habían conocido años atrás, antes de que mi padre fuera famoso. A mis abuelos maternos no les complacía ver a su hija convertida en la esposa de un díscolo músico, por lo que hicieron esfuerzos por frenar sus ímpetus románticos.

Creyeron haberlo logrado cuando la pareja rompió su accidentada relación, meses antes del viaje a tierras soviéticas. Una tarde, Billy se apostó a la salida de la oficina de Beatriz para decirle que no viajara. Era justo la víspera y la maleta, el llanto y los abrazos de despedida ya estaban ensayados.

Pero Billy era un hombre determinado y no iba a dejar que las cosas se acabaran sin luchar. Tras caminar por el parque del entonces residencial barrio de Sears la disuadió, y minutos después ambos volaban a San Antonio de Táchira para casarse, sin que mis abuelos lo supieran. Mi abuelita llegó a pensar que mi madre había sido víctima de algún psicópata y que su cuerpo podría estar en un anfiteatro capitalino.

Al final, un siniestro no menos grave se había consumado. Billy Pontoni era el orgulloso marido de Beatriz Ospina. La unión se prolongó, como era de esperarse, por apenas cuatro meses, suficiente para que mi madre volviese arrepentida al materno hogar y para que yo fuera concebido.

Nunca viví con mi padre. Lo vi poco durante mi infancia, aunque no puedo decir que fue una figura ajena a mi vida o antipática. Era frecuente encontrarlo en televisión, prensa y revistas. Incluso a veces iba a visitarme para cantarme sus propios unpluggeds de "El patico chiquito no puede ir a nadar" o del "Vamos, hagamos un trato" de Amanda Miguel.

Cuando llegó la hora de entrar al colegio se hizo evidente que por lo que me restara de vida seguiría siendo visto como el hijo de Billy Pontoni. Al verme había quienes rumoraban, entre curiosos y risueños, acerca de mi procedencia.

Los chismes se sucedieron por doquier. Alguna vez en el programa radial de Julio Sánchez Cristo se debatió si yo era en realidad su hijo no reconocido, y que ella, para esconderlo, me había cedido a su mejor amiga.

Es imposible ocultar las obvias evidencias genéticas de mi nexo con él, pero ello nunca fue algo que me avergonzara. Me gusta ser hijo de mi padre y de mi madre. Me gusta oírlo cantar. Me gusta hablarle por vía telefónica. Lo admiro. Lo quiero.

Gracias a él tengo a Juan Carlos, un hermano, muy cercano en edad y espíritu a mí, a quien dado que vive en Aruba, solo llegué a conocer hace unos meses, en medio de un encuentro mágico en otra telenovela, esta enmarcada en un viaje al Quindío, gran consuelo para una depresión que por entonces me afligía. También profeso cierto filial cariño por Robert, su otro hijo, un loro que vive con él.

De Billy, o de Guillermo —mejor—, heredé algo del escepticismo e ironía, así como una pasión enfermiza por la música. Somos buenos amigos y compartimos una pasión por las tiendas de barrio.

Aclaro, para terminar, que no llevar mi apellido paterno es una forma de rendir cierto homenaje a mi mamá, quien es la responsable de lo poco o mucho que soy; pero no un rechazo a quien, para mi orgullo, es mi progenitor.

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