La cosa empezó así: un amigo mío me dijo que la mujer con que salía tenía una amiga, que le hiciera el cuarto de salir con ellos para que los cuatro nos fuéramos a tomar algo. Acepté, y casi me muero cuando vi que mi date era, ni más ni menos, Catalina Aristizábal. Por ese entonces, Catalina había terminado con su pareja con quien ahora, por el bien de los dos, de ella y de él, regresó. No había nada de raro, salvo una cosa: le pregunté cómo se llamaba su ex novio, y me dijo que Lucas Jaramillo. Es decir: su ex novio era mi tocayo.

No es que me llame Iván Díaz, típico nombre de propaganda de tarjetas de crédito, de modo que la coincidencia era especialmente graciosa.
Llamarse como el ex novio de la pareja tiene desvantajas y ventajas. En mi caso no fue grave porque debo decir que mi homónimo es un tipo que, aparte de ser muy buena persona, es muy exitoso en lo que hace. De modo que, una vez desatada la confusión, mucha gente me pedía autógrafos pensando que yo era un gran centrodelantero. Una vez me salió una carrera gratis. Un taxista sabía que yo era Lucas Jaramillo, el de Catalina: el que cabecea como pocos, según me dijo. Pero confieso que una vez hasta me salvé de una multa por la misma razón: el policía que me paró me empezó a hablar no sé qué cosas del Santa Fe y yo le seguí la cuerda para salvarme. Le dije que este año si ganábamos, que me pareció una frase que encajaba para todo sin quedar al descubierto. Si el pobre hubiera sabido que mis conocimientos futbolísticos se limitan a preguntarme por qué no le dan un balón a cada jugador para que no tengan que pelearse por el único que hay, estaría todavía haciendo la fila para pagar el parte.
Ser homónimo de un ex novio también tiene de bueno que todas las invitaciones que iban para la pareja, siguen sirviendo. Pero tiene de malo, me imagino, que todo puede avivar los celos.
No fue mi caso, porque gracias a Dios no soy celoso. Pero siempre me pregunté si para ella el asunto era complejo: ¿cómo haría para saber a cuál de los dos Lucas devolverle la llamada? ¿Cuál se imaginaría que de los dos le había dejado unas flores en la portería con una tarjetica remitente con el nombre? Me imagino que le tocó desarrollar técnicas extrañas, aprender a reconocer las letras y encontrar cómo diferenciarnos, tal y como lo hizo en su celular: yo aparecía bajo el rótulo de Lucky, y él como Lucas.
Terminé con Catalina y ella regresó con él y mucha gente nunca supo que en el medio había un Lucas Jaramillo cuyo segundo apellido era Vélez. Los equívocos a veces seguían: una vez recibí un domicilio que él pidió y otra vez, que siempre agradecí para poderla saludar, la mamá de Catalina me llamó pensando que estaba llamando a su verdadero yerno.
Mi relación era buena, yo le preguntaba por su fútbol y él por mis lámparas y ya, hasta que una vez nos invitaron a que presentáramos juntos los premios Shock. Poco antes de salir al escenario, nos tomamos un whisky que nos ayudó a romper el hielo y entendí lo buena persona y lo bien que me cae.

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