Cuando digo que me llamo Pablo Emilio Escobar no me creen. "¡Ay, ya resucitó! ¿Qué se hizo? ¿La liposucción? ¿Y dónde está la caleta?", dicen. Yo les contesto que cambié el polvo blanco por el oro negro, que son las llantas que vendo. Luego saco la cédula y ahí sí se convencen. 

Antes no era tan chistoso. Cuando monté el negocio, vinieron los del F-2 en una 4x4. Se bajaron y me preguntaron: "¿Usted es Pablo Escobar?". Preocupado, les dije: "Sí, soy yo". Como era muy joven y delgado, dijeron: "No, este qué va a ser", y se fueron, pero habría podido terminar en la cárcel por quién sabe cuánto tiempo, como les ha pasado a varios homónimos de delincuentes.

En el 90, cuando mi tocayo empezó a poner bombas y se sabía lo del narcotráfico, fue tremendo. Me preguntaban que qué era lo que estaba haciendo, que dejara de matar tanta gente. Era más riesgoso. Ya no solo lo buscaba la Policía, sino también la Interpol, el Bloque de Búsqueda, los Pepes, el Cartel de Cali y quién sabe quién más. Yo sabía que si me confundían o me relacionaban con él, me podía meter en un lío o me volaban la cabeza. Al fin y al cabo, "yo" era uno de los hombres más buscados en el mundo. Me sugirieron cambiarme de nombre por si tenía que salir del país. No lo hice, y una vez que me propusieron viajar a Estados Unidos para expandir mi negocio, no acepté por miedo a que me detuvieran y terminara en una cárcel gringa de por vida.

Tomé precauciones. Salí poco y andaba en un taxi que, por lo viejo, no lo paraban en los retenes de policía. No saqué el pasado judicial por miedo a que me detuvieran en el DAS y no viajé casi por carretera para que no me parara la guerrilla, me preguntaran el nombre y me llevaran.

No faltaban los que me molestaban: "Te están buscando Pablito, te están buscando"... "Por ahí van 5.000 millones andando", gritaban cuando pasaba, pero a mí me preocupaba que alguien con mi nombre fuera un botín tan deseado. Cuidaba más de lo normal mi cédula y temía que en cualquier momento llegara alguna persona extraña a obligarme a cobrar un cheque que estuviera a nombre del capo.

Para mí era muy duro ver que alguien con mi nombre causaba tanto daño. Luego de la bomba de la calle 93, me postré y oré por Pablo Escobar y por las personas heridas. Sabía que no era él, sino una fuerza maligna que se había apoderado de su alma. En la bomba del DAS casi caigo. Pasé por ahí unos minutos antes, cuando iba al negocio, y a pocas cuadras escuché la explosión. Fue muy fuerte, el carro se movió, sentí una oleada y vi una columna de humo inmensa. Por cosa de cinco minutos, Pablo casi mata a Pablo. Afortunadamente no me detuvieron ni recibí amenazas, pues tuve la precaución de no sacar mi nombre en el directorio telefónico y evitar, así, confusiones. Después de la muerte de Escobar registré mi teléfono en el directorio pues ya estaba más tranquilo.

Pero es una cosa de nunca acabar: cuando la gente oye mi nombre se voltea aterrada. Lo bueno es que cuando hago una vuelta y digo que está hablando Pablo Escobar inmediatamente se acuerdan de mí: "Ah, sí, don Pablito, el patrón". Mis hijos les dicen a los compañeros del colegio cuando los molestan: "Yo soy hijo de Pablo Escobar y usted no sabe con quién se está metiendo". Santo remedio. Esta cruz no la llevo solo; una vez un señor me dijo cuando me presenté: "Pues entonces está reunido el cartel en pleno. Yo me llamo Gonzalo Rodríguez. Como Gacha".

Al contrario que mi tocayo, yo no tomo, no me gustan los caballos ni el fútbol. Mi hobby es la pasión por Jesucristo. Cuando hablo en un grupo de oración todos me ponen cuidado, quieren saber qué tiene que decir este otro Pablo Escobar. Pero no me siento orgulloso, no quiero ser el Pablo Escobar narcotraficante que arruinó vidas, sino el bibliotraficante que trafica la palabra de Dios. Por eso, como hice un día que no llevaba papeles y me paró la policía, muestro la Biblia que siempre llevo con mi nombre grabado en la carátula y digo: "Yo soy Pablo Escobar el bueno, el del cartel de Jesucristo", y como el que nada debe, nada temo.

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