Confieso que he hecho tríos

Confieso que he hecho tríos

Angélica Blandón, la protagonista de la película Paraíso Travel recrea para SoHo cómo fue su primera vez con una mujer en presencia de su novio.


A los 19 años, cuando no existen compromisos más que el de experimentar la vida, no hay límites ni nada que te detenga. "¿Por qué no?", suele preguntarse uno ante el buen sabor que ofrece el peligro. Esta es mi confesión: las mujeres me parecieron atractivas, por primera vez, cuando cumplí los 16. No soy homosexual. Todo lo contrario, pero para mí no existen tabúes al respecto.

Soy una esteta, eso es todo. Son muchas las cosas sexis que veo en una mujer: una larga cabellera, un cuello sin arrugas y sin pelos, un abdomen de cortesana árabe, una pelvis geométrica… ¡Ah, la pelvis! Y algo muy obvio para todos: las tetas. La mías son pequeñas. Por eso, las prefiero grandes.

Nunca, a mis ocho años, tuve la oportunidad de confundir mi cabeza dentro de las piernas de una niña, usando máscaras con largas narices, para hacer brotar el color de la pasión, como sí lo hicieron los personajes de Evelio José Rosero en su libro Juliana los mira. En cambio, jugué con una primita a refregar nuestros cuerpos.

El sillón de cuero de mi abuelita fue testigo varias veces de cómo con un hielo calmábamos el calor de la Medellín de los 90, hasta que un día mi tía, o sea su mamá, nos descubrió y nos separó. Afortunadamente no me quedaron secuelas, no sé a ella. Espero preguntárselo después de que se entere de este relato.

Pasaron los días, los meses y los años —como en el bolero—. Pasaron también los novios y los amantes. Y en la edad del "¿por qué no?" salí con un músico. Para ellos, todo ocurre entre toque y toque (de las canciones), al sabor de la noche, de la Séptima (en Bogotá), de los Star Marts, de InVitro, de Magnolia... Él y yo, más que amantes, éramos cómplices.

Esa noche parecía transcurrir como de costumbre: arrancamos en mi casa, un traguito, empacamos equipos, desempacamos equipos y, al cabo de tres tequilas, cuando llegamos al sitio del toque, le conté una de mis fantasías, la misma que tiene el 80 por ciento de las mujeres: pasar la noche con una persona del mismo sexo.

A eso de las 11:30 de la noche, mientras en la oscuridad del bar él calentaba la percusión de la banda de son cubano, yo agitaba mi pequeña y corta falda blanca. A pesar de mi pelo rubio y de mi piel clara, me sentía como la más negra y sandunguera de todas las mujeres.

En el intermedio, mi músico me dijo: "Tengo una sorpresa a la que no te podrás resistir". Me dio una vuelta con los ojos cerrados y vi una abundante cabellera rizada, larga.

Cuando se giró, descubrí unos ojos claros, como el interior de una granadilla, unos labios rojos, como unas fresas jugosas, una camisa blanca, tipo ejecutivo, con los tres primeros botones desabrochados, que dejaba ver algo más que el inicio de sus naranjas y unas empinadas uvitas. Era una deliciosa ensalada de frutas. Él me susurró al oído: "Es una ex novia". En ese momento entendí por qué había sonreído tanto cuando hizo esa llamada de casi 20 minutos.

La miré pícara, casi nerviosa. Me vio y, seguramente, también me escaneó. Empezamos a bailar de manera muy sensual. Si el bar hubiera podido sudar esa noche, habría transpirado más que un negro en una playa. Después de mucho menear, nos invitó a su casa, nos dijo que su novio estaba de viaje y que no habría ningún problema en terminar la fiesta allá, que tenía tequila. Por ese entonces, mi trago favorito. No me pude resistir.

Llegamos los tres. Su apartamento, en el piso 16 de un edificio en el norte, dejaba ver lo más hermoso de Bogotá. En su bar, tenía una variedad de licores que iba desde el vino más barato hasta el whisky más exclusivo. No pude evitar enfocarme en sus sillones de cuero, que me recordaron mis ocho años. Me pregunté si la infancia de la mulata había sido parecida a la mía. Aunque seguramente ella necesitó más de un hielo.

Mientras bailábamos, ella jugaba con su pelo, dejando ver su cuello y sus caderas, que su pantaloncito ajustado no disimulaban. Ella propuso que jugáramos prendas: quien no adivinara la canción que el otro tarareaba debía despojarse de una de ellas.

Cuando propuse Una aventura, del Grupo Niche —canción muy fácil de adivinar—, ella, sin que nadie se lo pidiera y cantando la letra exacta del tema, se desabrochó la camisa y dejó ver lo que yo deseaba. Entendí que en este juego no había reglas más que la de disfrutar.

Al final, terminó solo con sus tanguitas moradas y mi músico completamente vestido, aunque en su cara se notaba lo cachondo que estaba. No era que no quisiera participar, sino que para él resultaba más excitante ver a dos mamacitas tocarse antes que entrar en su juego. Yo todavía conservaba mi brasier. Aunque no por mucho tiempo. Ella no esperó su turno para quitármelo.

Ahora, en las mismas condiciones, caminó hacia el bar de su sala, se llevó una copa de tequila a la boca, se acercó a mí y me besó. Como una niña, que recién lame una colombina, probé sus redondas naranjas. Palpé su espalda. Saboreé sus fresas jugosas y me dejé llevar por el tequila y un excelente coctel de sabores.

Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que mi músico estuvo allí solo mirando. Por un momento, sentí culpa. Pero comprendí que los dos habíamos disfrutado, él por su fetiche de observar y yo por haber saboreado mi fantasía. Después de unos días, ella me llamó para invitarme a su cumpleaños. Quería hacer, ahora sí, una fiesta de tres… "Pero con mi novio", dijo. Voy a pensarlo —le contesté— en un rato te llamo.

Ha pasado un buen tiempo y aún no hablo con ella. Los tragos y lo lúdico de la noche me llevaron a experimentar. Como actriz considero que darles veracidad a los personajes es lo que atrae al espectador y uno no puede comunicar sinceramente lo que no conoce. Por eso probé algo que me pareció delicioso. No sé si lo vuelva a hacer.

Por ahora, mientras me dedico a mi familia y a mi trabajo, me divierte recrear la historia con estas fotos y este relato.

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