Por ser variados y recurrentes, los  osos que he hecho en mi ya cansada y prolongada biología (como diría un poeta greco-caldense  o un mandatario de  carnitas o huesitos evidenciables), han sido muchos, y ameritan hasta un prólogo.

Por allá a mediados del siglo pasado cayó por Bogotá, y justamente al Teatro Colón (a donde no entra la "lobería" al decir de los encumbrados cachacos bogotanos), la compañía de Louis Jouvet. Para impresionar a una novia diurna que creía saber francés, la invité al teatro, previa acicalada con el traje de un amigo, pero cuando iba a ingresar a la función me encontré en la puerta a un condiscípulo que me conocía suficientemente a mí y a mi precario ropero, y me largó esta: "Bejarano, qué vas a hacer allá adentro, si vos no sabes un carajo de francés". Me abochorné, pero de inmediato se me vino a la memoria lo que dijo en idénticas circunstancias un magnate abuelo del Sindicato Antioqueño: "No joda que yo no sé latín y sin embargo voy a misa".

Otro oso memorable de mi colección inagotable también requiere introducción previa: los periodistas pobres y de provincia para poder viajar al exterior tenemos que añadirnos casi lagartamente a los famosos de la capital, y mucho más cuando han dejado de "ser guerrilleros del Chicó". Un día, por obra y gracia de Daniel Samper Pizano, aparecí incluido en una lista de comunicadores invitados a visitar Alemania Occidental. Alisté unos pocos dólares previa venta de una pequeña escultura que me había obsequiado el maestro Negret. Nos pusimos a órdenes de Samper Pizano en la utópica creencia de que hablaba alemán, cuando él lo que habla es un horrible inglés de vaquero de Oklahoma. Entonces quedé a merced de él, y en la caudalosa simpatía de la nada enfática, por entonces, María Jimena Duzán.

Un día nos invitaron a visitar una planta de Mercedes Benz, y en el recorrido se agudizó mi eterno dolor de la columna vertebral. Pasé a una de las cafeterías de la inmensa fábrica, me serví una porción de café y buscando leche vi algo semejante. Lo alcancé, lo deposité profusamente y resultó ser mostaza. Los obreros que observaban fijamente lo que acababa de hacer con esa extraña mezcla, no salían de su asombro. Algo se dijeron entre sí en su gutural idioma, pero yo muy orondo revolví la horrible pócima y me la engullí tranquilamente, y para no mostrar el cobre o la condición de "buen salvaje", me serví otra porción  de café, le añadí la misma cantidad de mostaza y me la tomé de nuevo. Supongo que desde entonces algunos alemanes creen que así consumimos los colombianos el mejor café del mundo.

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