Contando un chiste en Sábados felices

Contando un chiste en Sábados felices

El cronista José Alejandro Castaño se le midió a participar en el programa más visto y más antiguo de la televisión colombiana, un espacio que detrás de sus 37 años al aire recoge, de paso, la historia del país.


Hace años estuve tirado en una montaña con el rostro contra el piso de hierba mientras un helicóptero del Ejército disparaba ráfagas de balas punto cincuenta contra un grupo de guerrilleros de las Farc escondidos por ahí, entre árboles y piedras. Era periodista de El Colombiano y entonces pensé que seguro nunca tendría tanto miedo. Las rodillas me temblaban y sentía el corazón saltándome en el cuello. Esta mañana no corro el riesgo de morir por un disparo de mortero y el ruido que lo domina todo es apenas un estruendo de risas en algún lugar, dos pisos más abajo. Nadie va a lastimarme hoy y sin embargo, como aquella vez, las rodillas me tiemblan, aprieto las manos y el corazón me salta en la garganta. Una mujer me unta pegamento debajo de la nariz y luego me acomoda un bigote de charro mexicano. Ella dice que me parezco a alguien, pero yo no la oigo. Quiero ir al baño, le digo con una voz que no parece la mía. Ahora recuerdo que la gente muy asustada, igual que los moribundos, ya no logran controlar los esfínteres. Dirán que exagero, pero qué va. Esta mañana participaré en los cuentachistes de Sábados felices. ¿Qué hago aquí?

El baño tiene un espejo del largo de toda la pared. Allí, junto a mí, descubro la imagen de Álvaro Lemon, el 'Hombre Caimán'. Lleva una peluca de risos negros y parece que repite algo de lo que dirá en un rato. La idea, intento recordarlo para darle sentido a todo el miedo que siento, es esta: el programa más antiguo de la televisión nacional acaba de cumplir 37 años, y aunque muchos lo critican y hace tiempo dejaron de verlo, ninguno otro lo supera en sintonía. Todos los programas que le han puesto a competir en el mismo horario de los sábados en la noche, no importa los millones invertidos y las estrellas contratadas, han caído vencidos, igual que fichas de dominó. ¿Cómo sobrevive un programa así todo ese tiempo, con un humor tan predecible y repetido, en un país triste y solemne como el nuestro? Yo, me lo recuerdo mientras reparo la corbata de bolas rojas que viste el 'Hombre Caimán', vine a participar en un segmento ya clásico, uno que representa el concurso más famoso y antiguo de la televisión colombiana: los cuentachistes. Tendré, igual que otros cuatro participantes, todo ellos humoristas veteranos, cinco minutos para un monólogo que se supone hará reír a los más de 400 invitados que hacen de público.

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Sábados felices se emitió por primera vez el 5 de febrero de 1972, a las 8:00 de la noche, por el Canal Dos. El país tenía 23 millones de habitantes, la mitad eran mujeres y un tercio niños que le rezaban a la Virgen María para evitar que el diablo les jalara los pies por la noche. Todavía en esos años, Colombia era una nación de campesinos, los televisores eran en blanco y negro, Pacheco tenía 40 años, las Farc eran una guerrilla de 200 hombres armados y aún faltaba una década para que los primeros carteles de la droga nos convirtieran en un país de mierda, de dolor y de sangre, de miedo. El programa fue un desastre al que bautizaron Campeones de la risa. Pocos meses después alguien propuso cerrarlo porque no le veían futuro, pero entonces llamaron a Alfonso Lizarazo, el joven presentador de Estudio 15, un musical exitoso que la gente, a falta de equipos de sonido en las casas, sintonizaba con fervor. El más sorprendido fue el mismo Lizarazo, flaco, bajito, de dientes irregulares, con una calvicie prematura y una fe en sí mismo que cualquiera creería injustificada.

Ahora Lizarazo vive en Barranquilla. Tiene un programa de humor en Telecaribe, un canal regional con una sintonía que apenas suma una fracción de la que tendría si decidiera volver a la televisión nacional. Uno puede verlo en uno de los clubes de golf de la ciudad almorzando alegremente. La gente que pasa lo llama por su nombre con tanta familiaridad que casi nadie ve la urgencia de pedirle un autógrafo, como si fuera seguro que se lo encontrarán mañana otra vez. Lizarazo, con uno de los rostros más recordados del país, tiene la singular virtud de parecerse mucho al tío de cualquiera, uno al que se puede saludar palmeándole el hombro. Él no recuerda que diez años antes, cuando renunció al programa para hacerse congresista, yo le pregunté si la risa, que lo había hecho tan famoso en las casas de millones de colombianos, le había cambiado por culpa de los malnacidos senadores. Fue una pregunta excesiva, claro, la redundancia de un periodista recién egresado. Pero fue él quien me sorprendió. Me dijo que sí: que viendo cómo trabajaban y en qué trabajaban los congresistas ya no quería reír sino llorar. Una vez la guerrilla lo secuestró y fue noticia nacional. Conociendo la estúpida maldad de la que son capaces los guerrilleros, el país temió que lo mataran.

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En el estudio hay cuatro cámaras, una de ellas en una grúa para hacer tomas aéreas del auditorio. Están prohibidos los celulares, mascar chicle y poner cara de aburrido. En un mismo día, hasta ahora lo sé, se graban tres o cuatro programas, y cada capítulo se hace con un público diferente. El éxito de Sábados felices es tan grande que la gente hace filas de horas para entrar al estudio. Desde hace años, una parte del público se escoge entre las cartas que mandan decenas de alcaldes pidiendo salir en el programa. Las delegaciones llegan de cualquier parte, de pueblos a uno o dos días de viaje. Todos llegan en bus, la misma mañana de la grabación, después de travesías que a veces también les han impuesto trayectos en canoas, en mulas, a pie. Algunos traen regalos. Hernán Orjuela, el actual presentador, recuerda al alcalde de un pueblo del Chocó que llegó con un bagre de 20 libras que retrasó la grabación porque nadie supo dónde guardarlo. Como los programas se graban uno tras otro, el ganador de los cuentachistes debe permanecer en el estudio hasta que ingrese el nuevo público y comience la siguiente grabación. El esfuerzo es agotador para el que logra seguir con vida varios capítulos. Ahí mismo, sin casi descanso, el ganador debe repasar la nueva rutina de chistes con los que vencerá a los contrincantes recién llegados. Esta mañana el campeón de tres programas consecutivos es Jorge Londoño, 'Puntilla', un humorista de Medellín que lleva 20 años concursando en Sábados felices y que, sin embargo, se ve tan asustado como yo, o quizás no tanto.

Yo iré de último, me explica un hombre y a mí me parece que es el orden en que por supuesto quedarán las cosas hoy. Alguien más me acomoda un micrófono por entre el disfraz de médico que decidí usar para ocultar el poco de dignidad que tal vez logre salvar tras mi fugaz estrellato como cuentachistes. Una hora antes entré corriendo a una tienda de suministros médicos y me compré una bata desechable, un gorro de cirugía y un par de guantes quirúrgicos. El estetoscopio que me cuelga del cuello es utilería del programa, igual que mi bigote. Fue una idea de último minuto. El personaje que había ideado para participar era un recién liberado por los bárbaros de las Farc. Se supone que llevaría una peluca de pelos largos y desorganizados, botas de plástico, una cadena al cuello y un pequeño morral. En algún momento sacaría la toalla del difunto 'Tirofijo' y uno de los turbantes de Piedad Córdoba, y diría cosas sobre las manías higiénicas de ambos, y también pensaba sacar uno de esos sombreritos bobos que a veces usa Uribe y la boina roja de Chávez y las gafas de sol de Juan Manuel Santos, idénticas a las de Pinochet, y, en fin, después de pensarlo mejor me di cuenta de que los chistes eran demasiado políticos para el estilo de Sábados felices y que seguro no me dejarían presentar. Pero hay un seguro a mi favor, debo admitirlo.

Siempre que alguien quiere participar en Sábados felices debe pasar por la mirada escrutadora de Jairo Susa, un veterano libretista del programa que rara vez se ríe y que lleva años sin oír un chiste nuevo. Los aspirantes a concursantes deben recitarle sus monólogos y él, que no admite apelaciones, regresa a la mayoría para su casa, no importa si queda a 700 kilómetros de Bogotá. Algunos de los aspirantes rechazados reciben un premio de consolación y pueden participar al final, en "El Paredón", contando solo un chiste. Si ganan reciben 250.000 pesos; si pierden, una lluvia de harina. Jairo Susa es de estatura mediana, se peina de lado, nariz recta, ojos pequeños, buzo de lana verde debajo de una chaqueta café, zapatos negros con las suelas desgastadas, cejas que suben y bajan conforme aprueba o desaprueba un chiste, o una palabra, o un gesto. A los concursantes seleccionados para participar, Caracol Televisión les paga una habitación en el Inter Bogotá, un hotel de tres estrellas cuya tarifa no incluye comidas ni llamadas telefónicas. Como todos saben que la mayoría de los concursantes llegan sin más dinero en los bolsillos que el pasaje de regreso, el canal les da 70.000 pesos por cada día que deban permanecer en la ciudad, aunque rara vez es más de uno, o dos, cuando el concursante logra pasar el límite de cuatro programas. Yo, y este es el seguro a mi favor, no tuve que hacer fila para aspirante a cuentachistes. Solo Jairo Susa, él y el director del programa, Alí Humar, saben que en realidad soy un cronista encubierto. Para todos los demás, incluidos los miembros del elenco, soy otro de los que llegaron esta mañana tras los dos millones de pesos que le entregan al ganador.

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Fue el 13 de noviembre de 1994. Alfonso Lizarazo y el resto del elenco iban para el aeropuerto de Palmira después de una presentación en Florida, Valle, en una de esas giras de la famosa campaña de Sábados felices "Lleva una escuelita en tu corazón", que logró la construcción de casi 500 escuelas en todo el país. En el carro en que viajaba Lizarazo iban otras cuatro personas, incluido el 'Guachimán', ese cuentachistes famoso que salía con una escopeta con el cañón retorcido y un girasol sembrado en el largo tubo. "Menos mal me van a secuestrar con mi escolta", pensó Lizarazo cuando los guerrilleros armados con fusiles les ordenaron salirse del camino. Tras varias horas en carro por una carretera destapada, los guerrilleros los subieron a unas mulas y siguieron montaña arriba, por entre un cañón de paredes de piedra. Todos guardaban silencio y pronto anocheció. Al fin llegaron a un cambuche en lo alto de un monte. Era domingo. Los guerrilleros se lamentaron de que no fuera sábado para ver el programa. "Nosotros nunca nos lo perdemos para ver qué empresas ricas pautan ahí", le dijo un guerrillero y se rió. A Lizarazo no le hizo gracia. Esa noche vieron los noticieros en un televisor a blanco y negro. La noticia más importante era el secuestro de Alfonso Lizarazo y de cuatro de sus acompañantes. El Ejército creía que los tenía el Sexto Frente de las Farc, pero resultó que los bárbaros eran otros. La columna disidente Báteman Cayón, del M-19, había escogido al presentador más popular de la televisión para mandarle un mensaje al gobierno de Ernesto Samper. Esa noche del secuestro, vaya país nuestro, se escogía la ganadora del Reinado Nacional de la Belleza en Cartagena. A medianoche, a oscuras, bajo un frío que le dolía en los huesos, Alfonso Lizarazo oyó en un radio de pilas la voz de la ganadora. Era Tatiana Castro, candidata por el departamento del Cesar, que le dedicaba su triunfo a él, que años antes había sido censurado por disfrazar a los humoristas del elenco de candidatas y burlarse de sus respuestas fingidas, de sus dedicatorias bobas. Esa noche, mientras sonaba el himno nacional en el radio de pilas, rodeado de hombres armados con fusiles y granadas, Lizarazo pensó que todo aquello parecía un chiste, la caricatura de un país.

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Yo no recuerdo los detalles. Los primeros en salir a escena son unos humoristas venidos de Cali. Se hacen llamar 'Máscara' y 'Chiquilino'. Llevan cinco años participando en el programa. Yo intento verlos por encima de las cabezas del público. Todos ríen y el hombre que provoca los aplausos anima a la gente para que los ovacione. ¿Hará lo mismo por mí cuando sea mi turno? A mi lado, por fuera del alcance de las cámaras, está la 'Gorda Fabiola' y Hugo Patiño, el 'Príncipe de Marulanda', el primero en imitar en televisión a presidentes, ministros, curas famosos y presentadores. Él me pregunta si estoy asustado, y antes de que pueda contestarle me lanza una risa llena de burla. Un rato después me dirá que ya casi cumple 80 años, que tiene una hija de tres, que sí es cierto que el buen humor casi vence a la vejez y que él también siente miedo cuando sale al escenario, no importa que sea el más veterano de los humoristas de Sábados felices, uno de los tres fundadores que aún quedan con vida junto con el 'Flaco' Agudelo y el 'Topolino', que lleva años retirado de programa. El tiempo corre en mi contra. Hugo Patiño intenta tranquilizarme y recuerda al que, según él, fue el maestro de todos: el 'Mocho Sánchez', que murió en el 2005 por un cáncer de estómago. "Y un día antes de morirse, me llamó para tomarme el pelo, así que ánimo muchacho que el humor es de valientes". Los dedos me sudan. Intento recordar el orden de mis chistes. No soy capaz, pero tal vez no importe: escribí todo en unas hojas y saldré con ellas aunque pierda puntos con el jurado, al fin de cuentas no vine a concursar sino a participar. ¿Y si me niego a salir? El temor compartido por todos no es solo verse frente a las casi 400 personas del público sino a las millones que verán el programa el sábado siguiente. Lo juro: no le tengo tanto miedo a nadar en mar abierto ni a, por ejemplo, lanzarme en paracaídas, como a esto de hacer el ridículo por televisión nacional, durante cinco largos minutos. Ahora estoy a dos pasos del escenario, sobre un armazón de tablas por donde ya pasaron los humoristas que me antecedieron, uno de ellos un tipo con el ojo morado porque su mujer le pega. Un camarógrafo sentencia que ese cuentachistes ya ganó, que fue genial. Vaya palabras de ánimo para el siguiente aficionado. Cómo estaré de descompuesto, quiero decir, de afectado mentalmente, que casi estoy a punto de persignarme antes de cruzar el corredor de entrada al escenario. Ya no recuerdo la última vez que practiqué ese gesto que los futbolistas nuestros repiten cada vez que se pierden un gol. "Y desde la ciudad de Medellín esta noche nos acompaña José Alejandro Castaño". Entro corriendo y digo buenas noches, eso creo. Al menos no me tropecé. Después comienzo a hablar y la gente se ríe. Hasta me parece que el animador de aplausos se esfuerza por ayudarme. Otro chiste, más risas. ¿Qué chiste sigue? Miro las hojas. ¡Ah sí, el del paciente al que le receté pizza! De nuevo risas.

Marcelino Rodríguez, 'Mandíbula', me dijo que la gente se ríe de él porque es un feo sin atenuantes, tan feo que todos se sienten aliviados de no tener su cara y sus orejas. ¿De qué se ríe la gente que me escucha? ¿qué parte de mí celebran que no sea suya? Alí Humar cree firmemente que el éxito de Sábados felices consiste en que se parece al país, con todo lo bueno y todo lo malo, y lo triste y lo gracioso. Tendrá razón. Es posible que, contrario a lo que muchos intentamos creer, Colombia no es muy distinta a la de hace 37 años, y todavía subsiste en su imaginario colectivo una mentalidad rural, no importa que la mayoría de gente viva ahora en ciudades saturadas de carros y de humo. Quizás por eso, aunque hoy cualquiera tiene televisión satelital y puede escoger entre decenas de canales extranjeros, el dedo sobre el control remoto no vence la costumbre de volver de cuando en cuando, los sábados en la noche, a ese programa de siempre. Lo dicen las encuestas, aunque ahora nadie revela su rating: ningún otro programa, ni siquiera alguno de los celebrados canales National Geographic, Discovery, HBO, Fox o History Channel, ninguno, convoca a tantos televidentes como este donde yo, justo ahora, remedo de humorista, me libero de esa falsa dignidad tan colombiana, esa de creerme de mejor estrato intelectual que la mayoría porque sí, porque tengo suscripción a un par de revistas, porque detesto por igual a los traquetos de derecha y de izquierda, porque mi pasaporte tiene sellitos de entrada a Hong Kong y visa a Europa y también, seguro, porque llevo años sin ver Sábados felices, aunque era el programa preferido de mi papá, vendedor de pan, y de todos mis vecinos de la infancia en el 12 de Octubre, arriba, en una de las lomas occidentales de Medellín. Sí. Uno de puro engreído termina por creerse de mejor estrato que el país que lo parió. ¿Con qué chiste sigo? Miro las hojas. ¡Ah sí!, ¡el del examen de próstata!: "Imagínense que le estaba tanteando la próstata a un señor y el pobre hombre me dijo con voz desgarrada: ¡Ah, doctor!, ¡por qué me está metiendo dos dedos! Y yo le contesté: ¡es que quiero una segunda opinión!". De nuevo risas. En algún momento, sin haber terminado de contar todos los chistes que tengo preparados, entiendo que ya es suficiente y renuncio a seguir en el escenario, entonces me doy vuelta y me marcho. Creo que alcanzo a despedirme del público, no lo sé. Hasta ahora me niego a ver las imágenes del programa porque me invade un sentimiento de genuina vergüenza.

Unos días después comienzo a averiguar los otros lugares donde la gente se sienta a ver Sábados felices: la sala de urgencias de un hospital con pacientes conectados a bolsas de suero, a sondas que les cuelgan por ahí. Son risas dolorosas, y quizás por eso tan sinceras. También un hotel de indigentes con un sanitario y una ducha comunal, y la sala de necropsias de una funeraria donde asean y luego visten a los muertos, y el pabellón de una cárcel con presos condenados a más años de los que tienen, y la plenaria del Congreso donde un celador hace turno, y la habitación donde un piloto de la Fuerza Aérea espera la orden para salir a bombardear un trozo del país, y la cabina de un bus de pasajeros que sigue loma arriba esquivando curvas tenebrosas, y el cuarto de mi madre, por supuesto, que insiste en que los colombianos les debemos más gratitud a los humoristas que a lo políticos. El otro día me llamó a preguntarme si el médico que salió de bigote a contar chistes era yo. "¿Tenía mucho susto, mijo?". Sí mamá, como rara vez en la vida. No sabes cómo me temblaban las rodillas.

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