Querida Aurelia. La libertad es un don monstruoso. No tiene que ver con la esfinge marina que vigila Nueva York con una tea en la mano sobre las olas heladas. O con la que figuran los partidos libertarios y los sindicatos en sus banderas, un mutilado brazo con el puño apretado. El romanticismo confunde la libertad con las alas, los pájaros, el vuelo. Pero si existe libertad para los pájaros debe relacionarse con los puntos donde se posan y con los puntos a donde parten. La libertad se ejerce a partir de pequeñas acciones y de pequeñas elecciones que van conformando los desastres de la historia. Pero tú qué sabes de estas cosas.

Mientras tomaba una decisión sobre ti, Aurelia, bajo la presión de los directivos de esta revista, pensaba en esos personajes de las novelas sombrías, malas y farragosas de Jean Paul Sartre, que viven una libertad insensible, entran sin saberlo en el amor o en el infierno al traspasar un umbral o al girar un picaporte, y se deciden todos, enteros, para siempre, mientras se afeitan. La libertad es humilde y terrible. Porque además está el aspecto grotesco de la libertad del asesino que le permite dirimir sobre otro ser, otra carne, dar la vuelta de tuerca sobre la rosca de otra existencia, ajena y, sin embargo, en sus manos. Como esos personajes de Sartre, que cavilan si deben hacerle un aborto a una mujer o botar unos gatos en un arroyo de París. Pero leí sus novelas hace años. Y mis recuerdos son conflictivos y dolorosos, aunque difusos. Y tú prefieres una papaya madura.

Ayúdenme ustedes, les decía yo, a Daniel, yo carezco de imaginación y de coraje, y a Diego, hagan lo que ustedes quieran. Pero ellos, implacables, lo dejaban a mi albedrío, si te sacrificaríamos o te perdonábamos la vida. Usted verá. La alternativa es suya.

El recurso fácil del cuentista malo es mostrar un personaje boca arriba en su cama, al claroscuro de un cuarto en plena noche, fumando cigarrillos, y preguntándose. ¿Muerte? ¿Vida? ¿Sacrificio o indulto? Pues ese personaje flojo era yo, responsable, en un cuento mediocre. Y a veces dejaba la cama y daba vueltas por la terraza bajo las estrellas indolentes, indagándome. Tal vez tú me veías desde el chiquero. O dormías ignorante de todo.

Te imaginaba chillando sobre una mesa, dispuesta de mala gana para el matarife. Imaginaba tu sangre brotando a chorros hacia el cielo y las vísceras marchitas y el despresamiento. Y al cabo una buena reunión de amigos junto al fogón donde tú, mi Aurelia, te ibas transformando, pasabas de lo crudo a lo cocido a fuego lento, mientras nosotros, los invitados al dichoso, anunciado acontecimiento, charlábamos de libros nuevos y antiguos, de otros marranos muertos que vimos antes, de política y de nada, y contemplábamos los hilos azules del humo del fogón confundiéndose con las nubes.

No me dabas lástima. No soy bueno, virtuoso, ni lucho por los desvalidos con mi voz como algunos arrogantes. No tenía remordimientos. Te confieso. Hace tiempos perdí la esperanza de cambiar el mundo con adjetivos patéticos y me convertí en un individuo realista después de haber sufrido mucho por haber esperado mucho de la vida.

Tampoco soy un cínico. Soy uno, a lo sumo, que se puso de acuerdo con las cosas. Que las toma como siempre han sido y seguirán siendo hasta que San Juan agache el dedo. Las cosas dan vueltas. Nos sorprenden porque son limitadas en el número y el tiempo singular de cada uno. El animal hipotético, hombre o cerdo, a quien le fuera concedido permanecer por siempre, enloquecería de aburrimiento. Los objetos cambian, las máquinas se perfeccionan, el mundo es cada vez más rico en artilugios tecnológicos, pero el repertorio de los sentimientos es estrecho.

No me parecía pues, injusto ni perverso ni que me disminuyera en lo moral el hecho de convertirte en mi alimento y al mismo tiempo fraternizar con unos amigos escogidos y admirados. Además, quizás estarías contenta de servir de pretexto para la amistad en una Tierra fragmentada, plagada de malentendidos y confrontaciones.

En El profeta, colección de poemas sentimentales de Gibrán, el poeta más famoso del Líbano aconseja pedir perdón al cordero antes de arrancarle la vida. Yo no te hubiera pedido perdón, Aurelia. Fuera del reino del poema sentimental, es cómico uno que pide perdón a un animal, con la boca hecha agua, y un alboroto de jugos gástricos. Y si la indulto. Meditaba. Y tiraba el cigarrillo al jardín desde la terraza y veía su parábola roja en la noche cerrada.

Y te indulté. Por fin. Sin motivo aparente. Porque sí. Porque me dio la gana. No tienes que agradecerme.

Después de perdonarte no dormí mejor que otras noches. Suelo acostarme cansado después de largas jornadas de lecturas ociosas y de mis ejercicios cotidianos de mecanografía y no tengo problemas con el insomnio. Y por la mañana, cuando fui a verte, la mañana no era más clara, y no alumbraba un sol magnífico sobre los naranjos, ni yo me encontraba de mejor humor que otras veces. Tan solo fui. Y abrí la puerta de la cochera y te miré y dije. La dejaré vivir. Qué importa si la dejo vivir. De cualquier modo inventar una fiesta no es fácil en un mundo triste. Aunque sea con los amigos que uno quiere y eligió.

Entonces, tú oíste el timbre, sonó el teléfono en el bolsillo. Ahora los teléfonos suenan en los bolsillos, como jamás hubieran imaginado nuestros abuelos. Al otro lado habló Gloria, la secretaria de SoHo: habían decidido ayudarme, librarme de los tormentos de mi libertad, y de mi falta de imaginación y coraje: vamos a sacrificarla, dijo. SoHo hará una fiesta en honor de Aurelia. Quedé frío. Pero no me defendí. No dije, acabo de indultarla, qué pena. Era simple contradecir al perdonavidas que hay en mí. Y entregándote a la muerte por mano de otros, como en la fábula evangélica, me lavé las manos igual que Pilatos. Está bien, acepté. Y cerré la puerta de la cochera con indiferencia. Que se muera. La Tierra es una carnicería formidable. Hubiera podido justificarme. Sin embargo, en el fondo me importaba un carajo que vivieras o que murieras. Aunque eres hermosa. No eres demasiado importante para mí.

Después de colgar el teléfono algo se rebeló en mí; sin embargo, algo más fuerte que yo. Y desde allá, desde el fondo de la conciencia de los huesos, alguien dijo. Que se joda la fiesta. Aurelia está indultada. Ya no es la hora de cambiar lo decidido.

Aurelia, estás indultada. No sé si te parece buena o mala la nueva. Estuve a punto de clavarte el cuchillo allí donde se les clava el cuchillo a los marranos. Pero después de cavilar, voy a dejarte vivir. Sigue asistiendo a las infelicidades de este país volcánico de asesinos y borrachos y políticos corruptos y cardenales sosos. Escucha. Esas cosas que atruenan el cielo no son los rayos divinos del Dios de los cardenales, ni las estrellas que estallan. Es la pólvora de los borrachos de mi pueblo, amantes del ruido y las borrascas. Los hombres de este país amamos el ruido sobre todas las cosas, Aurelia. Y las mujeres. Y los niños. Como habrás escuchado en el radio encendido de nuestro vecino moliendo algarabías, esas canciones que difunde la radio en Colombia, tan parecidas a la música. Aullidos, berridos vergonzosos. Que hieren la sensibilidad y los tímpanos. Y el ruido de los noticieros catastróficos cuenta los muertos y las descomposiciones sociales y las canalladas de una nación atormentada por sus insumisiones. Pero no te dejo vivir por odio aquí. No tengo por qué odiarte después de todo al cabo de una convivencia tranquila de un semestre, donde me he limitado a comprar tu alimento, el maíz y los concentrados, y a lavar las porquerías de tu lecho por la mañana, mientras tú dices, oink. Además, la vida también es hermosa. Y hay gente divertida. Y apreciable. Escucha, canta el sinsonte. Y eso que sientes, pero no puedes ver es el olor de las azucenas.

No sé si hubiera sido mejor para ti el sacrificio, cumplir el destino de los marranos comunes y corrientes. Ni sé si te sentirás lastimada en tu orgullo porque no vas a ir a esa fiesta que habían preparado, que anuncié en estas crónicas muchas veces mientras hablaba de ti, y contaba cómo crecías y mirabas y cambiabas y te desarrollabas y emitías tus desabridos gruñidos. Ustedes, las mujeres noveleras, son capaces de ir a una fiesta aunque sepan que a la postre van a comérselas. También yo estaba ilusionado con la fiesta, te cuento. Por ver a mis amigos, los colaboradores de SoHo, amigos míos y tuyos que acabaron por enamorarse de ti después de verte crecer en las fotografías. Pero no sonrías así. No creas. No encontrarás la gloria en estas páginas. No hay por qué ufanarse. Aurelia, la gloria es una fantasía romántica. Todo pasa. Todos nos vamos yendo de la superficie planetaria, primero, y después de su memoria. Al fin no queda nada, nada más que un poco de polvo sin nombre.

Déjame mencionar algunos de los amigos que teníamos invitados para que se divirtieran alrededor de tu sagrado cadáver. Íbamos a invitar a Antonio Caballero, si no tenía objeciones. A Daniel Samper Pizano, el papá del director de la revista. A Camilo Durán, cuya cicuta precipita un elemento espantoso que a veces no les hace justicia a los inocentes cajones de los nocheros. A Jotamario, Arbeláez, no el títere de la televisión (vos no sabés, pero yo te cuento, en Colombia la tontería es rentable), sino el poeta. A Jotamario. Ese amigo de mi adolescencia. Con quien mantengo una amistad inacabable, porque cuidamos de una palabra vacía de la cual nos pegamos para sobrevivir. Y... pero dejemos los nombres ahí.

Alégrate, Aurelia. Sursum corda. Estás a salvo. A partir de hoy serás un animal simbólico. Yo convertiré mi decisión en un símbolo de paz. Para dejar que descansen los cuchillos en Colombia un día, un rato. No sé si se necesita un alma más grande que la mía para matarte. Sé que desdeño el honor de las naciones que levantan monumentos a sus grandes matarifes. Que no me importa perpetuarme en la galería de Bolívar, Napoleón, Alejandro Magno, Carlomagno. Que llenaron de sangre los continentes y los sembraron de cadáveres. Ya verás. Entenderás muchas cosas mientras envejeces a mi lado. A medida que madures el regalo de la vida, verás y aprenderás. Y quizás te explique al final de todo, lo que te pasará cuando comience a caerse el pelo de tu lomo, y sientas que falta la luz en los ojos, y que te quedas sorda y sin fuerzas, porque envejeces, como yo ahora. Tal vez maldigas entonces mi decisión de ahorrartte el cuchillo en la plenitud de tus gracias, para ver cómo arrastras tu decrepitud, como van a maldecirme los invitados a la fiesta de SoHo, porque no permitiré que vayas a esa fiesta que prepararon, y los dejamos con los crespos hechos y los corbatines puestos y los cuchillos alzados y a los cantantes con la boca abierta y a los meseros con las bandejas lustradas. Porque decidí reservarte para otra muerte. Más lenta y degradante quizás, pero menos vistosa. Tu muerte. La tuya, la que guardabas en ti, para ti sola.

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