El cristianismo rompió el tabú del cerdo desde los tiempos de los Hechos de los Apóstoles, cuando en la revelación del mantel le fue ordenado a Pedro, el apóstol díscolo: mata y come. No llames inmunda ninguna criatura.

El catolicismo, sincretismo de la religión de Jesús con oscuras tradiciones paganas europeas, incluso puso a san Antón como adorno emblemático un tierno cochinillo, para que no faltara su Majestad el Cerdo en los altares, nidos de serpientes, dragones, asnos y palomas.

El Dios de Moisés y Abraham que es el mismo de los cristianos, había proscrito el consumo del inocente marrano hasta el día de la revelación de Pedro, supongo. El Islam, la más joven de las religiones monoteístas, mantuvo la prohibición. Los musulmanes excluyeron al verraco de la dieta, y jamás cuenta entre los invitados a la mesa de los fieles de Mahoma.

¿Qué razones tuvo el Dios pavoroso del desierto, tan inclemente en otras cosas, para prohibir el consumo de ese animal prolífico y manso, tierno al paladar, fácil de digerir y de beneficiar en los minifundios de los pobres, y fuente de proteínas baratas? ¿Caritativas? ¿Familiares? ¿O higiénicas? Nadie sabe. Todo es tan irracional en esta historia que cualquier hipótesis no sobra.

Tal vez Dios copió nuestras relaciones ambiguas con los cerdos. Dignos y sucios al mismo tiempo. Dignos de comer. Y sucios de imitar. Tal vez el cerdo es para Él, es decir, si es mentira que ha muerto, como dicen algunos, y si no es un fantasma del miedo y el orgullo, como repiten otros, un animal predilecto. O por lo menos muy cercano y querido. Y quiso preservarlo de la voracidad de los hombres buenos. Ya que con los desobedientes nada se puede hacer, y es inútil legislar para los impíos.

¿O quizás lo consideró un animal inmundo que trasfiere a sus elegidos cualidades innobles, y enfermedades como la pelagra que atacó al pueblo escogido en su fuga de los arenales de Egipto, harto de levantar pirámides como las hormigas y de adorar a los bueyes y al Ibis? Me inclino por lo primero con algunos teólogos líricos, vegetarianos pasados de beatos y miembros de las sociedades protectoras de animales.

Hagan el ensayo y me darán la razón. Miren un cerdo desde el alma, como si fueran el mismo Dios sin prevenciones ni prejuicios. Contémplenlo, si tienen uno a mano, o a ojo, que no sea en Animal Planet, el televisor es demasiado superficial en sus argumentaciones. Consideren su cerdidad sin hacer consideraciones de glotones sobre el sabor y la salsa de ciruelas ni sin pensar cuánto cuesta engordarlo. Sin hacerle cálculos de utilidad y mercadeo. Hagan migas con él como con un hermanito torpe. Conviértanse en él por la meditación honrada o por la reflexión imparcial, consubstanciándose. Y verán en lo que se convierte poco a poco. Noten que les va ganando el corazón sin hacer aspavientos como el perro (el tercer mejor amigo del hombre después del cerdo y el cajero automático).

El que ha tenido la suerte de vivir con un cerdo como a mí me tocó este semestre por privilegio, por motivos poéticos, y pecuniarios, seamos francos, (pecunia, de pecus, pezuña), acaba por encontrar tarde o temprano el misterio del cerdo más allá de lo que piensan del cerdo los hermanos Salinas del restaurante Salinas, los perejiles, o el gerente de la Asociación Colombiana de Porcicultores. La inteligencia que brilla en los ojos del cerdo intriga. Recuerda la expresión de tristeza de los ángeles caídos de los altos algodones de los pesebres. El ojo del caballo deslumbra con su fuerza penetrante y alerta como una chispa. El perro, este perro llamado Pedro, por ejemplo, tiene la mirada triste de Paul Valéry en su madurez, carente de desesperación, y densa de reflexiones inacabadas. Este gato de nombre Emilio la tiene fría como las agujas del telar. Pero entre los mamíferos superiores, el cerdo y la mujer tienen la mirada más perturbadora.

Hay que ver a Aurelia cuando Roque, mi hijo, y Manuel, el mayordomo, charlan sus cosas por la tarde junto al chiquero bajo el rumor de los naranjos en flor. Entonces vuelve la luz de sus ojos hacia la puerta de tablas, y atiende como un actor a las voces de sus compañeros de elenco, absorbiéndolas, compenetrado con cada palabra como esperando la hora de replicar. Y como la réplica demora, se hace un nudo metafísico entre todos nosotros. Qué significa esto. Preguntaría Samuel Becket.

Uno sabe entonces que Aurelia ha sido condenada a rastrear. Que el cerdo no tiene contactos conocidos con el cielo. Los gansos alborotan contra los aviones que usurpan su espacio aéreo. Los lebreles nerviosos le ladran a la luna como los poetas. El cerdo ignora todo lo que sucede sobre él. Obligado a tomar el partido del barro tiene siempre la misma actitud de quien nada aguarda de la tiranía de los sueños y los dioses. Porque está sometido al suelo, a lo presente igual que un filósofo existencialista, sin resignación y sin esperanza. Aurelia expresa la derelicción sartreana mejor que Simone de Beauvoir.

No es fácil explicar lo que es un cerdo. O mejor dicho, los vínculos que nos unen con el bendito. Porque también está el peligro de preguntar de qué hablamos cuando decimos cerdo. Es ahí donde caemos en un berenjenal por el agujero de un bisílabo.

Para empezar, tan solo por una convención abusiva llamamos cerdo a este cuadrúpedo hirsuto que nos mira con asombro auténtico, tensas las orejas hacia el diálogo, y que gruñe mejor cuando se queda solo. Cerdo, decimos. Pero cerdo no puede ser esta cosa con patas tan solo. Debe haber algo más detrás de la palabra cerdo que este cerdo. Más que este paquidermo ungulado de cuerpo grueso, hocico cilíndrico, patas cortas y orejas caídas como lo describe el diccionario con relativa inexactitud. Porque, para empezar, Aurelia, la protagonista de estas crónicas, tiene las orejas altas, en especial cuando está a la escucha, contradiciendo a la señora María Moliner que escribió su diccionario en su cocina, tan lejos de las porquerizas y tan cerca de los cerdos procesados del supermercado.

Cerdo es una palabra permutable. Lo mismo daría cambiarla por chancha para nombrar a Aurelia, o por cochina, de probable origen italiano, o por marrana, voz de origen árabe, del árabe mahran, tal vez. O por verraca, o verrionda que es como suelen adularse las feministas cuando se alzan la bata y se pasan de copas en Salomé o en Café Libro. El diccionario de Covarrubias dice que cerdo es una palabra moderna, que debió aparecer por una rareza en Soledad, Atlántico. Marrana tiene más autoridad que cerdo. Aunque suena tan feo como cochina. Y no tenga el mismo alcance universal.

Marrano se convirtió en un vituperio en la España de los Reyes Católicos para referirse a los moros y a los hebreos conversos. Y por asimilación, en Colombia, otra vez, nombra también a ciertos individuos, estúpidos y cándidos, fáciles de engañar en los negocios y en las mesas de juego, en especial, tastás, las de billar.

Chancho, de origen americano, de uso generalizado en las zonas andinas, tiene también implicaciones, implicancias, como dicen los locutores deportivos, despectivas. Sancho y Chancho estarían relacionados para los filólogos. Los más suspicaces preguntan si Cervantes, que tanto anheló vivir en estas repúblicas informes, puso a su escudero Panza, Sancho, por asociación con el discutido sujeto de esta crónica.

Para Covarrubias, que se las sabe todas, hasta dónde ponen las garzas, cochino es el más universal de los apelativos del cerdo. El apelativo pasó por extensión a convertirse en sinónimo de desaseado e inmoral. Fue empleado ya, asegura, en el Lazarillo, y por Boccaccio.

Cochino, puerco, marrano, chancho, suelen usarse como insultos casi equivalentes. Igual que rata y perro. Y que, claro, burro y mula. Aunque el burro y la mula no tienen la culpa de ser lo que son. Mientras que perro, y rata en cambio guardan connotaciones morales. También existe zorro. Pero si el femenino, zorra, denigra de una mujer, el masculino es símil de sagacidad y avivatez. En Colombia proliferan los zorros, los perros y las ratas. Entregados a la política muchas veces. Pero eso es harina de otro costal.

El zorro, en la acepción de hombre astuto, no siempre es artero, en el sentido de traidor. Otros zorros encuentran su vocación en las finanzas y en las especulaciones filosóficas en la academia. Los primeros lucen bien en los cuellos de las cortesanas como las estolas de zorro. Los segundos, en las revistas universitarias afilando sus hocicos conceptuales hacia el futuro.

A este propósito, es incomprensible, como casi todo en el tema eterno de los cerdos, que Wall Street, el siniestro callejón en Nueva York donde fritan el mundo, tenga en la entrada un enorme, agresivo novillo de bronce, símbolo rebajado del becerro de oro. El famoso muro de la infame calle de Manhattan fue construido para salvaguardar la corrompida y maravillosa ciudad incipiente de las manadas de los cerdos asalvajados de los segundos peregrinos habitantes.

Perro, recuerdan mis lecturas, era una palabra muy empleada en los conciliábulos de los varones en las novelas rusas de los tiempos del zar, Gogol y los otros, esos tiempos cuando el hombre ruso se mantuvo en la exacerbación malsana que lo rescató de las miserias insondables del zarismo para hundirlo en los terrores de los comunistas. Pero con perro pasa como con zorra. Perra es una perra, ya sabes, las conoces. Zorra es una que se revuelca con cualquiera como una puerca y como una perra. Pero no lo hace en cualquier parte. La zorra exige un escenario. Le gustan los diamantes. La compañía de los artistas y los millonarios, los quirófanos donde las perfeccionan. La perra, menos exigente, es la zorra de los pobres. La perra se contenta con poco siempre que le den gusto en la cama y una paliza de vez en cuando.

Aurelia, ahí donde la ven, y como vemos, es capaz de precipitarnos en un gran enredo de reflexiones, de ires y venires semánticos y asociaciones que a la postre no dejan nada claro pero enriquecen el vacío vivir. Dije al principio que me recordaba los arcángeles destronados. Pero además, el cerdo está vinculado a los terrores de la religión de otras formas menos inocentes. Ya olvidé cuántas veces en los Evangelios, Jesús exorcizó algún pobre judío maldiciente, echando sus demonios en una piara vecina que huía entre berridos espantosos. Una injusticia del Profeta desde un punto de vista. Un misterio para los humildes pensadores como uno, que se acogen a la perplejidad y carecemos de una opinión firme sobre alguna cosa. Y tan solo tenemos preguntas para cambiar por preguntas y caminos para andar hacia otros caminos, y hemos dejado de esperar que somos conducidos a alguna parte ni buena ni mala.

Advertencia a modo de coda. La próxima crónica no estará dedicada a la historia de la domesticación de los cerdos reales, no los de los diccionarios y los libros, iniciada cinco mil años antes de nuestra era corrompida en China. Y en Eurasia milenio y medio antes de Cristo. Tampoco contaré cómo llegaron a América en 1537 con el conquistador Hernando de Soto. Ni si los primeros en la Sabana de Bogotá eran propiedad de Belalcázar o de Federmán. Y no contaré, por qué lo haría, la historia del hombre que se convertía en cerdo en Brasil a principios del siglo veinte para robarles las gallinas a sus vecinos. Lo más probable es que me dedique a la descripción, como mejor se pueda siempre, del festín adonde está invitada Aurelia desde que era apenas un puntito de grasa en la memoria de Dios. Entonces desharemos el nudo de la verdad, de las "cerdidumbres" extraídas de este experimento periodístico, a boca llena. Y el que quiera repetir, que repita. Habrá suficiente Aurelia en las bandejas, hasta el hartazgo. Si Dios quiere. Y el matarife cumple.

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