Los cerdos, y también las cerdas por lo visto, se apresuran por alcanzar la plenitud como si anhelaran llegar al día cruento del sacrificio y la desmembración. Aurelia, desde la mañana azul cuando la compré siendo apenas una bebé de pelambre incipiente y pajiza, y la pesé en la báscula para tomarle las primeras fotografías de su vida, se ha convertido a estas alturas en una jovencita llena de bríos, de un metro largo de largo desde la punta de la trompa hasta la base de la cola y cincuenta y seis centímetros de estatura, y su peso ya pesa: cuesta llevarla en brazos como una pena aunque es mansa. Y le gustan, es evidente, juegos, y mimos. Ya no cabría en el costal en que la traje a la casa asomando el hociquito por un agujero como una monja de clausura.

La pelambre, antes apenas una cubierta blanquecina, menos repelente que ahora al tacto, ha madurado: ahora viste una cerda rala del color del alambre de cobre o el oro viejo. Sobre todo en el lomo que ama mi mano. Cómo me ama. Como todos los críos de los mamíferos al comienzo de su existencia era una cosita adormilada de ojos grises más tímida que comunicativa, y comía sin interés como si fuera un deber impuesto por la Naturaleza. Ahora que es una hembrita curiosa y dinámica devora su comida con el entusiasmo de un huno. Que come como un cerdo, suelen decir para describir el modo de alimentarse de algunas personas. El habla tiene la razón. Aurelia produce un sonido pastoso al comer, plástico, sería la palabra adecuada, que me recuerda a un amigo mío que fue soldado, y después trabajó, comillas, en el Senado, y luego se dedicó al carterismo y el uñeo. Aurelia chasquea como él.

Aurelia lo hace con despreocupación. No como mi amigo el ex soldado. No molesta como este cubriendo el plato con el pecho ambicioso, poniendo esos ojos de susto mientras tragaba, los mismos de cuando era el asesor del representante antioqueño experto en artimañas de aduana. Lo que en mi amigo parecía un irrespeto a la especie, en Aurelia es una expresión inocente de felicidad y gratitud, una forma de decirme que está contenta, y que le importa la comida que le regalo. Y me hace sentir bueno, y útil. No como mi amigo que me avergonzaba de mí mismo. No solo por la manera de yantar.

Los encantos de la Aurelia del principio se han acrecentado pues, demasiado pronto, a mi entender. La gracia de los ojos grises tiene una luz más definida, y el marco de las pestañas cenicientas les concede una apariencia de bondad y de resignación misteriosa que no se parece a tu tristeza. Los moralistas, los profesores de ética, y de etiqueta, que es la ética doméstica, pueden decir lo que les plazca: a pesar del desorden y del olor inconfundible de los chiqueros, los marranos, y las marranas como Aurelia, irradian un ambiente místico, que tampoco es mi candor, y que pone en entredicho nuestro pragmatismo, nuestras lindas razones que convirtieron este planeta en un desastre infinito, y nuestros aires de superioridad de reyes de la creación. Qué risa.

Me gusta quedarme contemplando a Aurelia por las mañanas. Y recuerdo a los marineros que fueron convertidos en cerdos por una bruja hiperbórea en un libro de Homero. Y la piara de Eumeo el porquerizo que recibió el primero a Odiseo en las cocheras de Itaca al regreso. Y la cerda con alas que nació en Clazómenas según cuenta Artemón en sus anales de la ciudad. Y las cerdas incendiarias que pusieron en fuga a los elefantes de los macedonios en Megara. Los elefantes temen a los cerdos como los leones huyen ante la presencia del gallo.

Y me acuerdo del cerdo del atracón que mató a Buda según la más impía de las leyendas sobre sus cuarenta y dos desencarnaciones. Y de John Potter Hamilton, un caballero inglés enviado del gobierno británico en los tiempos de la fundación de la república. Hamilton dejó consignado en su diario de viaje el incidente. En su ascenso hacia Bogotá por el río Magdalena vio unos cerdos de viaje empacados en un barco tan estrecho que la tercera parte murió por asfixia. Y acabaron despedazados y salados en una playa de Pueblo Viejo antes de que se los comieran las moscas que hacían sufrir de un modo atroz al diplomático.

Aurelia, cuando voy a la cochera a mis contemplaciones desvergonzadas de erudito, me recibe con un trío de saltos que ponen boca arriba los comederos y termina metiendo las cuatro patas en la palangana del agua. Allí, en su bebedero como en un pedestal improvisado, alza la cabeza fuerte y bien formada, dirige hacia mí las orejas traslúcidas como dos anturios, esperando que le comunique algún secreto que le falta para ser feliz, y luego viene a la puerta despacio, levantando sus hermosos ojos grises. Me pregunto qué clase de cosas seremos en el ojo del cerdo. En qué nos convertimos en el fondo de esa mirada limpia que nos escruta. Aurelia no espera alimentos tan solo como me dijo un cínico. Debe haber otra cosa en su actitud. Aunque quizás tanta inteligencia está conectada con el estómago de todos modos, según los principios de Pavlov, también es cierto que disfruta mis caricias con honradez. Cuando paso la palma de la mano derecha sobre el lomo con todo el cariño de que soy capaz, y toda la ternura que tengo, Aurelia es una masa serena, agradecida con mi gesto, con mis recuerdos míticos que ensanchan su pequeña historia individual, con mi compañía y afecto.

Claro. Cuando le echo un aguacate en el comedero, la espinosa sidra, o bellota, o papa de pobre, corre al escuchar el rebote, voltea la cola y me ignora como si jamás hubiera existido y no la hubiera llenado de atributos valido de mi memoria de rencoroso. Y se pone a despedazar la pepa con buen instinto. Reconoce al punto el punto débil de la materia propuesta y ataca. Hinca el diente. Le da vuelta. La desmenuza en un santiamén. Y chasquea. Pero podría ser una expresión de conocimiento, nada más, una manifestación de gentileza. La cortesía que encarece el aguinaldo. La cola de Aurelia es distinta de la espiral rígida de los cerdos de antes, esos negros y escuetos que corrían nuestros campos hace años, descendientes de los que regaron los conquistadores por las trochas inhumanas de Sudamérica. La cría doméstica ha sido reemplazada en Colombia por una porcicultura de cruces de razas, tecnificada. Large White de patas largas y huesos grandes con Gloucester Old Spot, poco recomendada para la cría por su tendencia a producir camadas pequeñas, Landrace de cerdas dóciles y maternales con especies antiguas de Inglaterra.

Aurelia es un producto magnífico de cruces genéticos con predominio del Pietrain, que poco a poco estabilizan un tipo de cerdo nuestro, con las ventajas del cerdo moderno y las cualidades de los del pasado. Y nuestros defectos nacionales. La cola de Aurelia es corta. ¿Tal vez la mutilaron en la cuna? Quién sabe. Las personas son capaces de cualquier cosa. Así hacen con algunos perros. A los cuales les cortan la cola para que no tumben los floreros de estos apartamentos exiguos. O para lucimiento de su amo. Como hizo Alcibíades con el suyo para descrestar a los atenienses en tiempos de Sócrates.

Los hombres hemos decidido que podemos mejorar el perro. Y enseñarle modales al caballo para que se ajuste a nuestra vanidad. Nos esforzamos por inventar a partir del toro original uno más fiero. Le enseñamos a maldecir a la lora. Y a los elefantes, a pararse en un tarro. Somos inteligentes. Pero cómicos.

Cuando vinieron los fotógrafos para la segunda tanda de fotografías tuvimos que sacar a Aurelia del chiquero donde la luz era pobrísima. Entonces sentí lástima. Y me compadecí de nuestra crueldad con todos los seres. Crecida en un corral de cemento estéril Aurelia no había conocido la hierba, el olor del suelo, el gusto del barro caliente. Y al descubrir una parte querida de su carácter, que ignoraba, se lanzó a practicar con fervor eso que hacen los cerdos con fervor. Hozar.

La forma de la cabeza del cerdo no fue diseñada para facilitarles el trabajo a los dibujantes de Walt Disney. Sino para cumplir una función: hozar. La pirámide trunca terminada en la jeta redonda, un callo con el borde superior afilado, se hunde en la tierra con alegría y cada golpe deja una linda marca en la superficie. Algunos agricultores utilizan los cerdos para arar. Son mejores que los peones. Y ahorran insumos. Porque a medida que avanzan en su trabajo depositan un estiércol cálido, muy parecido a los excrementos humanos, además.

Somos muy semejantes a los cerdos por otras razones. Por dentro, detrás del traje, donde acaba nuestra apariencia de sensatez, tenemos corazones, sistemas circulatorios, hígados y riñones parecidos. Lo cual nos condena al mismo tiempo a consumir en cada cerda como Aurelia a una querida prima hermana. Pero estas analogías conducen a remordimientos paralizantes. Los moralismos a la postre son tan solo formalidades para lavar la conciencia y sentirnos más decentes de lo que somos. Nuestras cosas son como son. El primer legislador que prohibió matar era él mismo un asesino fugado de la justicia. Y tenemos un buen código de derechos humanos. Y unas lindas leyes de guerra que son eso, apenas. Leyes de guerra y códigos de derechos humanos para enmarcar en las paredes de comandancias y juzgados.

Omnívoros llamamos a los cerdos. Otro prejuicio que me ayuda a superar mi convivencia con Aurelia. Aurelia es selectiva. Los concentrados industriales la aburren. Las sidras le gustan. Los aguacates la enloquecen. Pero es el maíz lo que más disfruta. Lo rompe con paciencia, y después... lo aprovecha. Es obvio que le aprovecha. Miren ese cuerpo torneado que ya pide a gritos el cuchillo. Esa plenitud procera de diva de una ópera de Wagner. Y escuchen ese sonido vigoroso que no se sabe si se queja o si canta como el fagot. Hay un instrumento folclórico del sur de Colombia llamado marrana. Se toca frotando un palo encerado que se apoya en una vejiga (de cerdo), y hace de caja de resonancia una totuma. Pero yo prefiero comparar su voz con la voz del fagot, ese instrumento en vías de extinción como muchas otras cosas buenas en este mundo. Ay, el mundo será mucho más pobre el día que dejen de sonar los fagotes.

Tan pobre como cuando terminemos de comernos a Aurelia. Porque lo seguro es que un día será sacrificada para que nosotros tengamos el gusto de hartarnos con la materia blanda de este ser simpático, vilipendiado, insondable y, sobre todo, útil. No existen animales más útiles que los cerdos aunque no pongan huevos como las gallinas ni trinen como los cucaracheros. Todo resulta utilizable en estos prójimos. La carne, ya se sabe, siempre es bien vista en las mesas de comer. La piel, en las de los talabarteros. Las válvulas cordiales y los entresijos, en las de los cirujanos. Los huesos y los dientes son usados para hacer baratijas de artesanía. La industria aprovecha la pancreatina y la oxitocina, y la sangre para fabricar los fijadores de los insecticidas. Los fabricantes de tambores, las vejigas para sus cajas que convocan a la guerra y la feria. Los cosmetólogos usan la glicerina. Los pintores aprovechan sus cerdas para hacer pinceles. Y hasta los escritores se valen de su majestad para ejercitar a su costa el difícil arte de la prosa, cuando llegan la inspiración, el aburrimiento del ocio, o la necesidad, que tiene cara de perro. Los sacerdotes de la Inquisición, nótese que la palabra oculta un cerdo, impregnaban con manteca los pies de los torturados con fuego para ayudarles en sus santas confesiones. Y encima, consideramos abyectos a los pobres marranos. ¿No les parece una enorme bellaquería, reducir así un animal tan complejo y rico en posibilidades? Oink. Oink. Como dice Aurelia.

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