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Publicado 2012-09-21

Cuando Feliza murió delante de nosotros

Por Enrique Santos Calderón

Cuando el director de esta revista me pidió contar en 4000 caracteres mi mejor anécdota con Gabo, se me vinieron a la cabeza 4000 recuerdos de mi vieja amistad con el más sobresaliente de los colombianos.

Cuando Feliza murió delante de nosotros. Fotografía: Archivo Particular
Entre los turbulentos de la revista Alternativa en los años setenta, los que compartimos en París a comienzos de los ochenta, los del noticiero QAP en los noventa es demasiado complicado escoger la mejor anécdota. Que imagino significa la más divertida, amable o simpática.
Tal vez por esto, o por estar radicado en este momento en París, me decidí por un recuerdo que nada tiene de lo anterior. Pero es el que más grabado tengo con García Márquez en esta ciudad, donde coincidimos durante dos años a partir de 1980, cuando me desempeñé como corresponsal de El Tiempo.
Es más bien la peor anécdota con Gabo, porque se refiere a la inverosímil muerte, frente a nuestros ojos, de una querida amiga en un restaurante ruso de París cuyo nombre por fortuna olvidé.
En un viernes helado de enero de 1982, nos reunimos hacia las ocho de la noche antes de salir a cenar en el pequeño apartamento que tenían Gabo y Mercedes en Montparnasse. Cuando llegamos con mi señora de entonces, María Teresa Rubino, ya estaban allí Pablo Leyva y su esposa, Feliza Bursztyn, la conocida escultora vanguardista de chatarras, célebre también por su personalidad irreverente y ácido sentido del humor.
Yo había conocido a Feliza en 1964, cuando le hice una entrevista sobre su revolucionario arte de soldar y moldear latas y hierros viejos. Me la encontré luego varias veces en locas veladas culturales bogotanas, pero hacía años no la veía. Esa noche me extrañó lo circunspecta y achantada. Sus brillantes ojos verdes estaban apagados y no escuché sus sonoras carcajadas.
Seis meses antes había vivido un episodio traumático del que no se recuperó: tras sufrir el allanamiento de su residencia a medianoche por unidades militares vestidas de civil, fue conducida en la madrugada a calabozos de la BIM, donde fue interrogada con los ojos vendados durante once horas. Era la época del Estatuto de Seguridad del gobierno Turbay y su cacería frenética del M-19, que produjo el exilio de muchos colombianos, entre ellos García Márquez. Y poco después el de la propia Feliza, una mujer de izquierda que no ocultaba sus ideas y tuvo que salir del país con el alma rota ante las amenazas reiteradas.
Gabo y Mercedes narraron con indignación pormenores de su detención, que conocían bien, pues Feliza se había refugiado en México, donde ellos vivían. Nunca se supo qué buscaban los militares entre sus retorcidas esculturas metálicas. Quizá la espada de Bolívar que el M-19 había robado años atrás. O fusiles o metralletas o morteros... Eran mis polvos perdidos, dijo en típica salida de Feliza en una posterior entrevista. Quise averiguar más detalles, pero ella, siempre tan locuaz, no quiso hablar más del tema.
Pese a que estaba nevando, preferimos caminar al cercano restaurante ruso donde los García Márquez habían reservado. Y fue allí donde, muy poco después, ocurrió lo inconcebible. Recién sentados, mientras revisábamos el menú y discutíamos qué platos pedir, Feliza, sentada a la izquierda de Gabo, comenzó a desgonzarse silenciosa, lenta, casi imperceptiblemente sobre la mesa.
Nos pareció extraño y hasta algún chiste le hicimos sobre si se habría tomado un vodka de más. Pero no respondió y parecía totalmente ida, desplomada ya sobre un costado. Pablo la sacudió, luego le gritó, le dio palmadas, le tomó el pulso. Feliza no reaccionó. Tenía un semblante inerte y aterradoramente plácido.
Es posible que ya hubiera muerto. O que estuviera muriendo ahí, frente a nosotros, paniqueados, atónitos, impotentes. Gabo comenzó a gritar si había algún medico, mientras la acostamos sobre el piso y Pablo le daba respiración boca a boca.
Los comensales del atestado restaurante contemplaban tan asombrados como molestos el insólito drama. Es lo que más se me grabó de esa cascada de imágenes confusas que se sucedieron. La indiferencia de las mesas vecinas, la irritación de los meseros que iban y venían en medio del bullicio y pasaban sin mirar por encima de Feliza desplomada, el evidente desagrado del dueño del lugar por esta perturbación de su negocio en la hora pico de un viernes. Sentí ganas de estrangularlo y un súbito odio por este país de tenderos sin alma.
Salvo un joven médico que se acercó, examinó y dijo que había que sacarla ya al aire libre y llamar de inmediato al Samu (servicios médicos de urgencia). Los intentos de reanimar a Feliza no funcionaron. No parecía tener pulso. María Teresa y yo nos mirábamos angustiados sin saber qué hacer. La Gaba daba sabias instrucciones que nadie oía y Gabo llamaba desesperado al Samu.
A los 15 minutos de esperar medio congelados en la puerta del restaurante, con Feliza en brazos de Pablo, apareció la ambulancia con sus sirenas y luces azules.
El “desolé, monsieur” (lo siento, señor) de los paramédicos que la examinaron aún me retumba en la cabeza. Feliza había muerto. Una realidad tan brutal como inaceptable y absurda. ¿Cómo así, si hace dos horas estábamos echando cháchara donde los Gabos.
No tengo claro lo que siguió, tales eran el estupor y el desconcierto. Creo recordar que García Márquez y Pablo Leyva salieron con los del Samu para medicina legal y que con Mercedes nos fuimos a mi apartamento a tomarnos algo y tratar de asimilar lo ocurrido. Aún no lo he logrado.
Gabo escribió semanas después un estremecedor artículo titulado ‘Los 166 días de Feliza’ (los que llevaba en el exilio), en el que asegura que murió de tristeza, sin una palabra, ni un suspiro (...) y sin saber por qué había muerto tan lejos de su casa. Releyéndolo, reviví mi peor anécdota con García Márquez.
Revivamos nuestra historia
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