Esta profesión es de riesgos. No es como cualquier otra, a pesar de que solo se necesita tener un pase de quinta categoría, ser bachiller, aprobar unos exámenes psicotécnicos y físicos y aprobar el curso de bombero. Si usted no tiene vocación para ayudar al prójimo y si no está dispuesto a jugarse la vida, es mejor optar por otra cosa. Tampoco piense que siendo bombero usted va a salir de pobre, pues con el salario que recibimos vivimos con lo justo y con dignidad.

Mensualmente me gano unos 800.000 pesos, que pueden subir con los turnos nocturnos y festivos. Tengo un contrato legal con EPS, pensiones obligatorias y primas. Si comparo mi sueldo con el de otros bomberos del mundo, la diferencia es abismal. Un colega en Estados Unidos se puede ganar 4.000.000 de pesos colombianos por mes.

Eso sí, gozamos de ciertas prebendas pues estamos catalogados como profesión de alto riesgo, por eso podemos jubilarnos tras 25 años de trabajo, con 55 años de edad cumplidos. También recibimos una vez al año una bonificación de medio salario.

Aquí, por los 800.000 pesos tenemos que atender emergencias que van desde escapes de gas, incendios, accidentes vehiculares, incidentes con materiales peligrosos, rescate en alturas, bajar gatos del techo y hasta salvar a uno que otro hombre que intenta suicidarse. También hacemos funciones de prevención en colegios y empresas y dentro de la estación también barremos, trapeamos, prestamos turnos de guardia en donde, además, también somos los vigilantes de la estación.

En esta profesión uno convive con el riesgo. Hace menos de un año sentí la muerte cerca en un incendio en los Sanandresitos del centro de Bogotá. Por salvar una iglesia, que es patrimonio de la ciudad, por poco me voy a un hueco donde estaba el foco del incendio. Nadie me hubiera podido sacar de ahí.

Todos los días, cuando me pongo mi traje de dotación, que puede llegar a costar entre 4 y 7 millones de pesos, siento que mi profesión es digna, da estatus y la gente nos mira con admiración y respeto. A esta altura de mi vida y con ocho años en el servicio, puedo decir que lo hago más por vocación que por el sueldo mismo. Sin que suene cursi, si me toca dar la vida por otra persona, la doy con gusto.

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