La relación que establece el domador con un león se basa en la comida, la herramienta fundamental para que el animal cumpla con las órdenes que uno le da, pero de igual forma es el principal factor de riesgo. La comida es sagrada para un león y hay que saber manejarlo. El felino debe entender muy rápido que el domador no es su alimento.

En este momento tengo mi propio criadero y cuento ya con siete leones, las grandes estrellas del circo con el que recorro todo el país. Sostener a estos "hijitos" no es fácil y no se ve compensado en el sueldo. Al día, un león consume unos 15 kilos de pollo. Antes, cuando había abundancia, los alimentaba con caballos y otras bestias, ahora el pollo es su plato principal. Al mes, la manutención de un león puede ascender a 1.000.000 de pesos. A la comida hay que sumarle los gastos del aseo de las jaulas, el sueldo de un par de empleados que ayudan a cuidarlos, los gastos de veterinario y cualquier inconveniente.

Todo lo anterior debe ser costeado por el domador, quien, en la mayoría de los casos, se puede ganar 2.000.000 al mes. Uno mismo debe pagarse la seguridad social, algo fundamental debido al riesgo que implica mi labor. Uno trabaja por temporadas, recorriendo ciudades y pueblos y se convierte en su propio promotor, empresario y jefe. Afortunadamente en Colombia somos muy pocos los que de verdad estamos calificados para ejercer este oficio. Sin temor a equivocarme, puedo decir que hay ocho domadores de primer nivel en el país. El mejor se llamaba Elías Mitrovich, él nos enseñó a muchos, aunque irónicamente, murió por un ataque de un elefante.

Mi primer león lo conseguí en parte de pago por una deuda con un colega. Luego recibí una leona que me entregó CorTolima y así completé la pareja. Pero según he podido averiguar, en México un león puede llegar a costar entre 8.000 y 10.000 dólares.

Dentro de este mundo me ha ido bien y ya tengo mi propio circo, transporto a mis leones en un tráiler acondicionado y siempre están enjaulados. El único accidente con mis felinos ocurrió en un pueblo cuando unos borrachos se acercaron a las jaulas. A uno le mordieron un dedo, pero la cosa no pasó a mayores.

El domador se debe a su público. Por eso, lo mejor, cuando llego a un pueblo perdido de la geografía colombiana donde nunca han visto un león, es la cara de asombro de los niños cuando escuchan el rugir de uno de mis felinos. Eso me hace feliz, más que la plata.

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