Cuánto gana... Un sicario

Cuánto gana... Un sicario


Ante todo, quiero decir que mis deudas con la justicia están saldadas. Mi primera arma la cogí cuando tenía 11 años. Nací en la Comuna 13 de Medellín, pero me crié en las duras laderas del barrio Manrique. Ver a mi mamá y a mis hermanos aguantando hambre me hizo seguir el ejemplo que en ese momento veía en mi barrio. Tras dos años de "escuela" sicarial con enfrentamientos entre bandas, a los 13 años cometí mi primer homicidio. Ese primer trabajo fue bien remunerado: 1.400.000 pesos. Ahí me convertí en un sicario profesional y así empecé a asumirlo, como una profesión como cualquier otra, en donde los trabajos deben salir bien para cotizarse y cobrar un buen precio.

Tras ese primer muerto figuran ocho víctimas: cinco por encargo, dos por circunstancias de la vida y uno por solidaridad.

Nunca maté por placer y la mayoría de las veces me armé de valor con marihuana, no con licor ni otras drogas. Dentro de este gremio se ve de todo, hay matones que lo hacen por gusto, otros por droga. Y están los "profesionales", como yo, que matamos por encargo de gente importante o para solucionar los líos de los clientes.

En 11 años, el trabajo más barato lo cobré a 600.000 pesos. La víctima ni valía la pena, casi lo hago gratis. Era un violador que abusó de una niña y quien lo mandó a matar fue la mamá de la criatura. Me sentí como un justiciero, ya que tengo una hija y creo que hice una buena obra. El trabajo más caro, dar de baja a un jefe paramilitar, lo hice en Boyacá. Me dieron 30.000.000 de pesos. Hubo que hacer trabajo de inteligencia, participaron otras personas a las que les pagué y al final me quedaron 17.000.000 libres.

Pero no todo es ganancia, pues hay sicarios que matan hasta por 15.000 pesos y dañan el mercado. De igual forma a veces, aunque no lo crean, lo estafan a uno. Una pareja me mandó a hacer un trabajo, pagaron la mitad (el trabajo valía 3.000.000) y se me desaparecieron.

Lo que me gané en el mundo del sicariato lo gasté en mi adolescencia en mujeres, vicio y rumba. Hoy, la situación de mi mamá y mis hermanos ha mejorado.

Mi presente es distinto, estoy retirado de la profesión por mis hijos, mi mujer y mi madre. Trabajo en las calles vendiendo confites en los buses. Ese ha sido un buen refugio para pasar desapercibido, ya que nadie duda de los venteros de la calle, pero todos tenemos nuestro delito. Volvería a matar si veo a mis hijos aguantando hambre, aunque estoy buscando un trabajo estable y digno para no volver a pensar en esto.

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