Soy bombero hace 27 años, cuando llegué a Bogotá desde Chiquinquirá, mi pueblo, a los 17. En ese tiempo he trabajado en tres estaciones de servicio y en la que estoy ahora llevo 14 años.

Cuando comencé en esto nos llamábamos bomberos, ahora somos vendedores de servicio; no me acuerdo a cuánto estaba el galón, pero sí sé que una camioneta grande que en esa época se llenaba con 1.000, 1.200 pesos, hoy se llena con 160.000 pesos, y eso si la gasolina es corriente; de ser extra puede llegar a 220.000 pesos. Un carro promedio de unos 15 galones, antes se llenaba con 600 pesos, hoy se necesitan por ahí 80.000.

Yo me gano el salario mínimo y me lo pagan quincenalmente, con prestaciones, primas, afiliación a salud y a fondo de pensiones. Tengo 49 años y me estaré jubilando a los 60. Los turnos son de ocho horas, por la mañana, por la tarde o por la madrugada, a nosotros nos rotan en esos horarios una vez por semana. Durante el mes descanso un día, máximo dos. Antes nos pagaban horas extras, nocturnas o en festivo, pero ya abolieron ese sistema. Yo me cuadro con las propinas de los clientes, que en un día pueden ser de unos seis mil pesos.

En un turno promedio de ocho horas se pueden tanquear unos cien carros, lo que equivale a vender 600 galones de gasolina. Durante el turno se consignan unas tres veces y al final de las ocho horas se hacen cuentas y se cuadra la caja, así que nunca estamos con toda la plata en efectivo en un solo rollo; además, muchos clientes pagan en cheque, tarjeta débito o vales. En ocasiones, uno se descuadra y esa plata toca completarla del propio bolsillo. El descuadre viene cuando un cliente pide una parte de corriente y una extra y uno por el embolate le cobra solo una de las dos.

A pesar de manejar tanta plata ajena, nunca se me ha pasado por la cabeza coger algo para mí y tampoco nunca, afortunadamente, han llegado a robar en la estación de servicio donde trabajo.

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