"Ni en la muerte espero dormir"
Fernando Pessoa

Si todo sale bien, dentro de cien horas empezaré a temblar, perderé los reflejos, destilaré mal humor de alto voltaje, sufriré de angustia súbita y en el mejor de los casos tendré alucinaciones y sentimientos paranoicos. Enloqueceré. Son las siete y diez de la mañana de un martes.

El verano limeño ha hecho de las noches una actividad part time: el sol se las ingenió para rebotar en mi cara y acabó por despertarme. Despertar: cortar, interrumpir el sueño a quien está durmiendo. ¿Y si yo estuve durmiendo pero no soñando? En fin, la única certeza es que abrí los ojos hace un par de minutos y estoy dispuesto a no volverlos a cerrar hasta el próximo sábado. Cien horas: martes-miércoles-jueves-viernes-sábado. Si tengo suerte, seguiré de largo hasta el domingo. ¿Qué quiere probar este idiota?, se preguntará usted, somnoliento lector. Pues nada, siempre he pensado en la vigilia autoinducida como una prueba de fe en uno mismo. Es decir, me quedaré despierto todo el tiempo que pueda por la misma razón por la que otros deciden correr maratones o dar la vuelta al mundo en ochenta días saltando en un pie. Los límites existen para poder batirlos y mi entrenamiento no ha sido poca cosa: hace años que no duermo bien si es que antes no trago una pastilla. Primer paso, entonces: adiós pastillas.

Segundo paso: mentir. Es decir, no contarle a mi familia sobre esta idea loca. Después dirían, ya no te quejes más de tus dolores, y tendría que interpretar por el resto de mi vida el papel secundario del enfermo incomprendido. Tercer paso: escribir un diario de mi vigilia, una suerte de documento notarial cuya única función será la de dejar constancia de todo lo sufrido. La semana pasada le pregunté al neurólogo que me diagnosticó "trastorno del sueño" en el 2000, qué pasaría si uno, conscientemente, dejase de dormir (no me atreví a decirle que el inconsciente era yo). Su respuesta me dejó algo angustiado. "Se han hecho experimentos con animales y, después de algunos días, han muerto", contestó él mientras tomaba una gaseosa amarilla con cafeína. La decisión, sin embargo, ya estaba tomada. "El insomne es, por necesidad, un teórico del suicidio", escribió el filósofo E.M. Ciorán, quien fue el insomne más atrozmente ilustrado. Niños: no intenten padecer la siguiente pesadilla en casa.

Martes. Demasiada lucidez.
Empiezo mis días sin dormir y ya sé que mi desvelo no ganará ninguna competencia. He leído que el récord de vigilia lo tiene el californiano Robert McDonald, con sus invencibles cuatrocientas cincuenta y tres horas y diez minutos sin dormir. A su lado, mi objetivo de cien horas se hace merecedor de un concierto de risas grabadas. De acuerdo, lo mío no es nada frente a los diecinueve días que McDonald permaneció sentado en una mecedora mientras que el resto del mundo desaprovechaba la mitad del tiempo en cama. Pero por lo menos estoy haciendo algo para evitar el despilfarro de existencia. Y usted debería. Haga cálculos simples y despierte de una vez. Si la vida le alcanza para marcar, digamos, setenta y cinco calendarios, sepa que unos veinticinco años se la habrá pasado durmiendo, tumbado en la soledad adormecida de su cama. ¿Para qué cerrar los ojos? Peter Tripp debió preguntárselo un buen día de 1959. Él era un locutor neoyorquino que anunció que permanecería despierto todo el tiempo que pudiera. Estoy seguro de que su gesta hubiese terminado en la gloria de no haber sido por las secuelas de la cuarta noche: Tripp empezó a ver telarañas en sus zapatos, sabandijas sobre la mesa y hasta un conejo en un rincón de su estudio. Moraleja exagerada: el que permanece despierto tiene posibilidades de soñar. Pero cualquier exceso es malo, dirán los aguafiestas. Como recuerda el psicoanalista Pablo E. Chacón en su libro Historia universal del insomnio, el locutor neoyorquino sufrió un ataque de pánico antes de su último programa. "Supuso, en su descontrol, que uno de los médicos que estaba acercándose, quería enterrarlo vivo". Yo recién llevo unas cuantas horas en vela. Demasiada lucidez.

Lucidez. El horror que provoca no dormir tiene que ver con esa palabra. El insomnio es cruel porque supone la total conciencia de uno mismo. En mis peores noches he llegado a pensar en la proximidad de la locura, a solas con mis obsesiones, mis fantasmas y mis recuerdos. Así es, el insomnio convierte a la memoria en una fábrica de recuerdos inútiles. O en su versión más cruel: en una fábrica de un solo recuerdo que se repite y se repite como la voz de un tartamudo durante toda la noche. Pasan las horas, suceden los eternos instantes. "Mi cama es el lugar del terror", llegó a decir Maximiliano Gutiérrez, insomne creado a la imagen y semejanza de Alfredo Bryce, mi insomne favorito, en su novela Reo de nocturnidad. En ella, recluido en un colchón hospitalario de Montpellier, Gutiérrez se sentía una insomne piltrafa humana por culpa de uno de esos amores que son, en realidad, una tierna historia de horror.

¿Qué es el insomnio?, se preguntó Jorge Luis Borges, el insomne más célebre del mundo. "Es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado (...), es el horror de ser y de seguir siendo, es el alba dudosa". Visto así, parecería absurdo que un insomne oficial esté haciendo todo lo posible por permanecer despierto. Pero siempre hay que mirar el otro lado de la cama. Ya lo dije: lo mío es una prueba de fe y solo eso. A fin de cuentas, no estoy haciendo nada nuevo, sino recreando con intención alguna de mis tortuosas noches pasadas. Se termina el día: se apagan los televisores, se cierran los libros, los contactos del chat desaparecen. Un amigo preocupado me llama por teléfono: "En serio, hermano, ¿no vas a dormir? Estás locazo". Yo le recuerdo, con inteligencia prestada, que algunos monjes sirios demostraban su fortaleza permaneciendo de pie, sin dormir, días y noches enteras. Al otro lado de la línea, una risa apagada. Hombre, no seas tan desconfiado, que Dios creó el mundo en seis días sin pestañear (y qué mal que le quedó, ¿no?). Aquí voy, entonces, hacia mi primera oscuridad en vela. Buenas noches, señoras y señores. No haré bulla, ya sé que el mundo estará durmiendo.

Miércoles. El planeta empieza a conspirar contra mí.
He sobrevivido a las primeras veinticuatro horas de vigilia. Aquí me tienen, como nuevo, a horas luz de esas ideas suspicaces que me pronostican la muerte. Qué tontos: todo insomne es, por naturaleza, un sobreviviente. Desde que el ser humano se parecía al mono, allá por el plioceno y pleistoceno, tuvo que cuidarse las espaldas de otros mamíferos que podían mordisquearle el cuello. Por ejemplo, de las hienas gigantes que se reían de él. "Dormir es distraerse del mundo", escribió Borges con toda razón. Si el homínido dormía, estaba muerto. Es la conciencia de la vigilia lo que nos ha diferenciado del resto de los animales. Eso he leído esta noche, entre bostezo y bostezo. Además aproveché las horas muertas jugando "solitario" en la computadora (perdiendo conmigo mismo), tomando litros de agua, sorbos inverosímiles de café negro, curioseando por mi ventana esa calle sin gente, sin ruido, sin luz, a veces tan negra como el café y como supuse que sería la avenida principal de mis pesadillas. El tiempo avanzó muy lento, casi en reversa, y sobraron los minutos para suponer cualquier cosa. Caminar durante una eternidad en la ida y vuelta de los tres metros cuadrados de mi habitación, desesperado por no poder hablar con nadie ni mirar a nadie y leyendo párrafos de libros escogidos al azar del estante más escondido de mi aburrimiento. Juro que no tuve ganas de dormir, sino de despertar a los dormidos para que me hicieran compañía. Y mientras tanto seguía amaneciendo (o quizá, anochecía) y yo pensando en un asunto que, sobre la cama, parecía muy importante: ¿dormirán las moscas? No es broma: lo apunté en una libreta antes de que me olvide.

A partir de hoy apuntaré todo lo que siento, pienso, veo (y creo ver), en esa libreta. Porque no estoy seguro de poder continuar con este diario frente a la pantalla hasta el final de lo que espero sea mi victoria pírrica. Por ahora debo trabajar como si fuera cualquier día, editar historias y buscar nuevos temas para la revista peruana que junto a un grupo de amigos pretendemos sacar del coma. Hace algunos minutos que se ha hecho de día y de pronto me parece que he dormido ocho horas con tiempo suplementario. Me siento muy bien al salir de la cama y lo celebro con un capuccino sin crema. Sí, los últimos instantes de la noche estuve en cama, pensando en lo de las moscas y otras trascendencias, pero no estuve durmiendo. Como dice Anthony Burgess, autor de La naranja mecánica, "despertar es una cosa, salir de la cama otra muy distinta. La tortura tradicional no es abrir los ojos sino incorporarse de nuevo al mundo", y eso hice. Luego a mi auto, avanzo por esa avenida que anoche se sentía tan callada y que hoy es la antesala al tráfico más atroz del planeta. Al rato, un hincón en el cuello es el portavoz de las primeras malas noticias: no será tan fácil. Llego a la oficina y el editor general de la revista, preocupadísimo, me mira directo a los ojos: "Oye, huevón, ¿estás seguro de poder pensar?". No estoy seguro, pero le digo que sí. Si el editor se queda tranquilo es porque no sospecha la verdad.

Un grupo de científicos ha descubierto el impacto del insomnio en algunos noctámbulos que prestaron sus desgastados cuerpos para felicidad de las estadísticas. Y dice así: el 39% fue menos productivo en el trabajo, el 11% faltó a la oficina y el 10% tuvo problemas con sus jefes. El insomne suele estar cansado, tenso, deprimido, con dificultades de concentración, preocupado y adopta, muchas veces, el papel de víctima, o enfermo. Eso se dice en Historia universal del insomnio, pero yo supongo que quien la pasa peor no es el insomne, sino su novia. La llamo por teléfono. Son las cuatro de la tarde. Treinta y tres horas sin dormir. Intenso dolor en el cuello que ha empezado a bajar por mi espalda. Estoy cansado, ahora sí. Le digo hola, cómo andas, amor. Mi bella durmiente. Pasan tres minutos. Le digo chau, es culpa tuya, y uno de los dos cuelga el teléfono. Era mi culpa. Debo confesarles algo: no tengo tantas ganas de dormir, solo se me antoja llamar a cada uno de mis conocidos y mandarlos al demonio sin ningún motivo. Pienso y anoto en la libreta: ¿Llegaré a las cien horas? "Vivir sin dormir es imposible", ha declarado Richard Coleman, director de la Clínica de Trastornos del Sueño de la Universidad de Stanford, California. A él también me gustaría darle una llamada. ¿Acaso el doctor Coleman no sabe de la historia del cubano Tomás Izquierdo? Tomás, el que no duerme jamás, como lo conocen en el país de Fidel y de Tres Patines, asegura que no duerme desde la Segunda Guerra Mundial. Está en los libros, ¿acaso no han leído los libros? Aunque los libros, según mi doctor, también mienten. ¿O fue Fidel quien dijo eso? ¿Quién dijo eso, maldita sea? ¿Aló?

Jueves. Delirio.
¿Por qué elegiste contar esta historia? ¿En qué estabas pensando? La noche ha sido espantosa. Puedes dar fe de ello por lo que dice en tu libreta: "La noche es espantosa". Nunca mezcles dos tazas de café con una lata de esos energizantes que traen cafeína y taurina. ¿Qué cosa rara es la taurina? No lo sabes, pero durante algo más de una hora te sentiste Dios, querías estar en todas partes y bailar y cantar y escribir mil novelas y vivir dos mil vidas en una sola noche. Luego, la infinita tristeza. No eras Dios, no eras nadie: solo un pobre tipo que no podía dormir. O peor: que no quería. Ahora tiemblas y sudas y deliras. ¿Te das cuenta de lo que haces? No puedes leer, no puedes escribir. No quieres hablar con nadie. Vas a la oficina. Llamas a tu madre. Sí, todo bien, un poco cansado. Nada, mucho trabajo, solo eso. Mientes, mientes, mientes. Te haces el despierto para el aplauso de la platea. Tu agenda se llena de pendientes imposibles de cumplir. Te apagas de a poquitos, sin darte cuenta. Pero vamos, ánimo, tú puedes. Sobrevive el que se queda despierto. Muere el que decide dormir. Siempre ha sido así. Desde el plioceno y las hienas. Por eso es que el insomne suda, vive intranquilo, a la defensiva, alerta ante cualquier peligro. La noche, tú lo sabes más que nadie, es el momento del horror, de la vulnerabilidad. Desde tiempos bíblicos cuando aparecían las lilith, esos demonios nocturnos que secuestraban a los niños mientras dormían, y los vampiros rusos y el príncipe Vlad Tepes y su remedo de ficción, el conde Drácula, que te chupa la sangre de noche, porque sólo en la oscuridad de tu sueño él puede vivir.

Huye el jueves, llega el viernes. ¿Viernes?
Sean bienvenidos a la más terrorífica de mis noches. A mi tercera y penúltima noche. Empieza mal, con un zumbido agudo en el oído izquierdo y la amenaza cada vez más real de un tsunami migrañoso. No hay adonde correr. Solo me queda la supuesta salvación de un duchazo de agua fría, que ahora mismo cae sobre mi cabeza como una serpiente pesada. Tiemblo. Es fácil notarlo porque el tenedor que viaja hacia mi boca ha empezado a lanzar arroces por todas partes. Recién me doy cuenta de que la vigilia ha aumentado mis ganas de comer. Pienso: estás bien, concéntrate, estás bien. Pero no puedo. Estoy mareado y en medio de un ataque de dolor de cabeza. Busco una llave, un cajón, por fin una pastilla. La trago. Comienzo a sentir un hormigueo en mis pies y me pregunto si será posible manejar mañana en calidad de estropajo viviente. El problema mayor no será llegar al trabajo, sino un poco más allá: he sido invitado a pasar el fin de semana en una playa a noventa y siete kilómetros al sur de Lima. A mi novia le fascina la playa y yo la llevaré para que sea testigo de esta locura. Total, ningún cartel grita en la carretera "Si no duerme, no maneje". Tres de la madrugada. Mis ojos han empezado a darle una extraña luminosidad a los objetos. Una especie de aura, de sombra de luz. Decido largarme a la calle. Llego a la puerta. Sufro un repentino ataque de razón: ¿Tres de la madrugada? Ni modo, prendo la tele. Un valeroso taxista evita un asalto, y muere. El presidente español visitará Brasil. El Chavo del Ocho recibe con un golpe a don Ramón. Bostezo. Lástima: el bostezo acaba de amplificar el volumen del zumbido. Se hace de día.

Setenta y dos horas. Seis apuntes sueltos en mi libreta y una oración desesperada: 1. Alquilar versión gringa de la película Insomnia. Aparece Al Pacino en Nightmute, Alaska, donde nunca es de noche y él no puede dormir. Ya sé el final: al protagonista lo matan luego de su sexta noche de vigilia. Duerme en paz. 2. Las moscas sí duermen. El que no duerme eres tú, y quizá las hormigas. 3. ¿Por qué dormimos? 4. Respuesta al punto 3, según el neurólogo que me atendió en el 2000: recuperamos energía, relajamos los músculos, regulamos el sistema nervioso, incrementamos la testosterona y robustecemos el sistema inmunológico. 5. De algo hay que morirse, si no qué. 6. Dice Ana María Shua, la sueñera: "En la selva del insomnio no es necesario internarse. Crece a mi alrededor".
No soporto más.

Sábado. El fin.
Acabo de ver a mi gato atravesar la puerta de la sala. Algo anda mal. Estoy en esa casa de playa a noventa y siete kilómetros al sur de Lima. Primer absurdo: odio la playa. Segundo absurdo: mi gato está en Lima. No puede estar paseando por esta sala, es imposible. Aunque ya me habían advertido que todo era posible a las cien horas. Sábado-viernes-jueves-miércoles-martes. Cien horas por fin. Así que de esto se trataba: solo era el espejismo de mi gato, nada de qué alarmarse, queridísimo público. ¿O sí? "Me estás asustando", dice mi novia y se ríe, y yo me río, pero ella se ríe de mí y yo con ella. Durante todo el trayecto a la playa me estuvo hablando de cualquier cosa. La escuché como uno escucha una canción, pero a dos kilómetros de distancia. Ella solo me había permitido la velocidad de una competencia de triciclos y los automóviles nos pasaban muy rápido. Por suerte no pasó nada. Que gran estupidez manejar hasta acá. No era para tanto, pienso ahora, en la orilla de un trance imaginario: mi gato en la sala, mi sala en mi gato, yo persiguiendo a mi gato inexistente, en mi gato y en mi sala. ¡Hey! ¿Ah?, perdón. Ya pues, ganaste, vete a dormir, me pide ella. Lo que ahora quiero, le digo, es estar despierto. Despertar: renovar o traer a la memoria algo ya olvidado. En Cien años de soledad el insomnio es una peste novelesca que hace perder la memoria a los habitantes de Macondo. Aureliano Buendía buscaba un yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. El pueblo entero no dormía y el olvido se fue apoderando de él. En la cima de la desesperación, las cosas empezaron a ser marcadas con papeles. "Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y la leche hay que hervirla para mezclarla con café y hacer café con leche". Hasta donde recuerdo, nunca fue mi objetivo llegar tan lejos. ¿O sí? Se acabó. Nueve de la noche. Ciento diez horas de soledad, es mi límite. Continuar sería enfrentarme a fuerzas desconocidas. Lo siento, damas y caballeros, pero debo engullir una de mis pastillas preferidas que tiene el tamaño de un frejol: Melatonin. Do not drive or operate machinery after use. Un cálculo rápido me hace pensar que dentro de diez minutos estaré muy lejos. Ustedes no traten de alcanzarme. Do not disturb.
*Gracias al doctor Darwin Vizcarra Escobar, especilista en Neurología Clínica y Transtornos del Sueño.

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