Uno sabe que el día no va a ser tan grandioso cuando a las cinco de la mañana suena el teléfono y es el avezadísimo primo segundo con el que lleva meses sin hablar:
-¡Feliz cumpleaños!
Queda uno impávido allí sobre el colchón, pensando qué le pasa a este tipo. ¿Y a continuación? A continuación la primera parte que odio de cumplir años. Ese largo silencio después de la felicitación, la colección de frases banales, la vocecilla de ese que habla como si el solo hecho de cumplir años lo convirtiera a uno en Forrest Gump:
"Me imagino que la celebración es en grande" (Claro, ¿cómo crees que voy a ahuyentar la horda de alcohólicos que se propone invadirme esta noche?), "¿Listo para comer pudín?" (En eso piensas, canalla, en venir a comer torta gratis), "¿Muy felicitado?" (¡Cuál felicitado si apenas son las cinco de la mañana!).
Y luego remata:
-Quería ser el primero en felicitarte.
Merece la Cruz de Boyacá esta lumbrera, que invariablemente agregará:
-¿Y qué siente uno recién nacido?
-¿Qué va a sentir si le acaban de robar tres horas de sueño?
El mejor cumpleaños de mi vida lo pasé en Los Ángeles, una cuadrícula infinita, impersonal, de vehículos herméticos y veloces, donde nadie sabía que cumplía años. Ya había aprendido que en ciertos fragores, para cierta gente, el cumpleaños pierde sentido. "Cindi", una combatiente de 15 años, me contó una vez en El Plan, Guajira, que había pasado su quinceañero en el monte y que ese día se había dado plomo con el enemigo. Quedé impávido. Alcancé a tener la absurda visión de esta betuliana morena, con sus brazos de boxeador, vestida de tafetán rosado, bailando Danubio azul con un chico de cabello engominado. Pero era evidente en el rostro de alias "Cindi" que estaba más fascinada con sus botas pantaneras que con la promesa de unas zapatillas de cristal.
Le pregunté: "¿Y no celebraste el cumpleaños?".
"Ni siquiera me acordé", me dijo, confirmándome con sus ojos que estaba demasiado imbuida en su revolución como para preocuparse por algo tan baladí como sus quince años.
Volviendo a Los Ángeles, debería escribir un cuento sobre ese día: el bus, que en Los Ángeles circula cada 45 minutos, pasó más temprano y me dejó; en el restaurante de desayunos la máquina de café amaneció dañada; pretendí "atacar" las calles de Westwood con una bicicleta y casi me aplasta un vehículo de la guerra del golfo al que llaman Hummer; el profesor de la primera clase no asistió y el de la segunda clase se burló delante de todos los estudiantes de mi idea para un cortometraje.
Tuve ganas de estallar en lágrimas y gritarle, mientras oía risillas en derredor, que era el santo día de mi cumpleaños, que merecía piedad, consideración, un buen trato, una supertorta llena de velitas. Fue el único instante del día en que estuve a punto de flaquear: nadie me cantó feliz cumpleaños y tampoco incurrí en ese bisoño pecado de contarle al vecino de puesto en el bus; me fui a ver dos películas en un teatro del centro y cuando llegué a mi cueva de ratas, pasadas las doce de la noche, el contestador automático estaba lleno de tiernas llamadas:
-¿Qué dice el recién nacido?
Ya poco importaba lo que dijera el recién nacido. Eran pasadas las 12 y había dejado de cumplir. Estaba a salvo.
La última de esas llamadas, de un pobre pariente iluso, decía: "¡Debe estar ese Los Ángeles prendido!".
El maestro del sarcasmo Hugh Elliot odiaba los cumpleaños, creo que aún más que yo:
"Personalmente pienso que los cumpleaños son como los cólicos menstruales, un habitual dolor en el trasero que de alguna forma está conectado al nacimiento", decía.
Una amiga, escritora, dice que también los odia: "Nunca están los que quieres que estén y en cambio todos los 'desparchados' caen a tu casa como chulos".
La humanidad no se ha puesto de acuerdo sobre los cumpleaños. Mientras los noruegos sacan la bandera, como si fuera una fiesta patria, algunos africanos y los saudíes los ignoran por completo.
Hoy, cuando un amigo me llama a invitarme a su cumpleaños, le digo sin contemplaciones:
-Los únicos varones que celebran sus cumpleaños son los mafiosos y los gay.
No hay manera de que esa frase le guste a alguien que está a punto de gastarse una pequeña fortuna en la orquesta de Joe Arroyo y en diez cajas de whisky traídas de Maicao.
Le digo entonces:
-¿Alguna vez has oído hablar del cumpleaños de Poncho Zuleta, el macho remacho del vallenato?
-No.
-¿En cambio, te suena el cumpleaños de Mario, el estilista?
Silencio total. En los apoteósicos cumpleaños de Mario suelen presentarse Paloma San Basilio, Madonna y Jennifer López, no necesariamente en versiones originales.
-¿Te imaginas algo más cursi que el cumpleaños de Mike Tyson?
-No.
-En cambio, ¿no recuerdas aquel cumpleaños en una finca cerca a Cali, donde corrieron ríos de champaña y hasta dicen que Rocío Dúrcal, esta sí en versión original, cantó hasta la madrugada?
Silencio total.
De este último cumpleaños se dice que el patrón quiso comer comida fina y mandó traer la más costosa de la ciudad. Le trajeron sushi, por supuesto. Al examinar la bandeja, preguntó detalles y cuando supo que todo ese anago y ese maguro no eran otra cosa que pescado crudo, mandó a echar todo en un caldero #32 y a preparar un sancocho valluno.
Lo peor de todo es que nuestro imaginario cultural ha convertido el cumpleaños en tremendo acontecimiento, del que uno no puede librarse, por más aversión que le produzca: no solo la llamada del primo Orlandito, sino las tarjetas electrónicas con textos escritos en letras bailarinas de color rosado; o las velas que no se apagan, en medio de un coro de que uno ya no sopla, como si esta caterva de borrachines supiera lo que uno estaría haciendo si ellos no estuvieran allí, chupando gratis; o ese manifiesto categórico del talante indoamericano que son las piñatas, en las cuáles un pequeño demonio de nueve años, con los ojos tapados como un verdugo medieval, hace zumbar un garrote sobre las cabezas de unas niñas inocentes; o los regalos de cumplimiento, medias, pañuelos, portarretratos; o la jerga del evento: ¿habrase visto una palabra más cursi que "cumplimentado"?
Aclaro: no odio cumplir años. Odio ese ritual pequeño-burgués, musicalizado con una cancioncita boba compuesta por dos maestras de Wisconsin.
Detesto el hecho de que a alguien lo felicite tanta gente por ningún mérito en especial, sino por el solo hecho de haber nacido; el hecho de que la gente que se la pasa vegetando por la vida se sienta tan indestructible en ese día, solo por el accidente genético de la vida: porque una pareja copuló una cierta noche, en una experiencia que a lo mejor desembocó en un mal polvo.
Como si en el día del cumpleaños de uno no corrieran los intereses de las hipotecas, o las busetas no se le atravesaran por las calles, o no hubiera porteros en los edificios de Bogotá.
Ya una parienta muy querida sabe que odio los cumpleaños. De allí que sus llamadas sean siempre trémulas, en medio de tartamudeos, como si esperara que de repente el cumplimentado fuera a estallarle por el auricular como una bomba.
Comienza su felicitación diciendo:
-Ya sé que a ti no te gusta cumplir años, pero.
No es que no me guste cumplir años, ni me avergüenzo de mi edad. Nací en 1961 y tengo 34 años muy bien cumplidos.

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