Tal vez el recuerdo más simpático que tengo de un oso monumental es uno relacionado con la clasificación de la selección Colombia al Mundial de 1994. Yo era entonces Presidente y, por superstición, los jugadores del equipo colombiano que dirigía Maturana creían que les iba bien si yo estaba presente en el estadio. Esa circunstancia era muy grata y acompañé al equipo a cada uno de los partidos de la eliminatoria. Pero cuando llegó la hora del partido final de la eliminatoria, en Argentina, me encontré con un tropiezo insalvable. El presidente Menem me llamó y me pidió que no fuera a Buenos Aires porque con él sucedía exactamente lo contrario. La hinchada y los jugadores creían que su presencia perjudicaba al equipo argentino. Para Menem era impensable que yo estuviera presente en el estadio y él no. Frente a esa argumentación tan contundente, tomé la decisión de no ir y me perdí de la posibilidad de ver el que, sin duda, fue el mejor partido de la selección Colombia en toda su historia, el famoso 5-0. Vino luego el recibimiento del equipo, que desfiló por las calles de Bogotá, pasando por la Casa de Nariño inclusive, y unas cuantas horas después llegó la selección al estadio El Campín. Cuando me correspondió decir allí unas palabras de bienvenida, se apoderó de mí un sentimiento panamericanista y se me ocurrió decir que yo esperaba que Argentina clasificara en el repechaje frente a Australia. El estadio casi se cae por la rechifla que me pegaron. La gente estaba ya con bastantes tragos y mi ocurrencia violó el amor patrio. Sin duda, un oso monumental.

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